El primer amor

El primer amor. Capítulo 8 de Bahía de Sal (Huso Editorial)A aquel muchacho con nombre de cantante lo conocí en un plante abakuá, ritual de esa sociedad secreta de hombres, que por mis calles les decían ñáñigos, aunque para mí la palabra sonara tan rara. ¿Qué hacía yo metida allí? No lo sé. Si mis viejos se enteraban seguro me tiraban de los moños y echaban candado a la puerta. Yo iba ya a la secundaria y me estaba volviendo un poco rebelde, eso decía la abuela, que se sacaba esas frases de la manga; sospecho que eran de un tiempo anterior. Nuestra rebeldía de aquellos años resultaba bastante frugal e inocente.

En casa dije que me iba a donde las jimaguas, y nadie sospechó que terminaría, a mis castos trece años, metida en una fiesta como esas que escuchábamos desde casa, cuando los viejos nos encerraban a mi hermano y a mí. Nadie imaginó tampoco que ese día iba a enamorarme, ni siquiera yo, y que iba a conocer el infortunio, todo junto, la misma tarde. Las mellizas me remolcaron hacia la frontera de lo real y lo imposible, y yo me dejé arrastrar. Se suponía que las mujeres no tenían acceso a aquellas ceremonias, mucho menos las niñas, pero por alguna razón incomprensible para mi curiosidad, ya íbamos en camino.

Apenas racionalizaba las consecuencias, cuando adentramos el terraplén por Valloculto y nos metimos a una casita desvalida, de techo de zinc y maderas crujientes, que mandaba para abajo un calor desquiciante. En una esquina divisamos un ventilador gigante, hecho con el motor de algún aparato que en Bahía de Sal ni conocíamos, y nos atrincheramos frente a sus aires, de espaldas, para que nos secara el cuello tieso del vaho de aquel verano sin fin. El armatoste empujaba el pelo a soplido limpio, que se iba metiendo a los ojos, la boca, las orejas. Era necesario sacarlo constantemente de los párpados y las narices, en un juego diabólico de vientos y cegueras que aguardaban aún irreconciliables desparpajos de amor y lúgubres sobresaltos.

En el recinto había una mesa inmensa, de tablas con patas de hierro en las cuatro esquinas. Encima, ollas por cuyos boquetes se desmembraban aves destripadas, envueltas en sus propias sangres, mondongos, plumas. La cabeza de un pollo, con los ojos abiertos y el pico también abierto y gris, no se perdía un gesto. Alrededor, vasijas de hierro desvencijado rebosaban líquidos pútridos. En bandejas, pedazos de carnes destazadas en trozos informes se podían oler. En el centro, candelabros con velas y velas sin candelabros, encendidas en llamas rojas y amarillas, depuraban el ambiente mítico y sofocante al que me había dejado llevar. Me sentía en una novela de terror, de esas que leía mi viejo y ocultaba de los muchachos, totalmente en vano.

En una esquina de la lúgubre habitación se tambaleaban trastos de cocina con comida acabada de sacar del fuego. Carnes fritas de cerdo y animales que no pude identificar, frijoles bayos, blancos, grises, arroz, plátanos maduros fritos, yuca con mojo y viandas con mojos también, salsas endurecidas y poco apetecibles. En otro rincón, bandejas derramadas en dulces que por los años de la crisis no habíamos vuelto a ver. Yusleidis me dio un codazo en la costilla para enseñarme las delicias que nos habían llevado a aquella casa embrujada y maloliente. La gente iba llegando, en bultos, y la habitación se llenaba en cada golpe de cabello apartado del rostro. En uno de esos grupos llegó Roberto Carlos, vestido de blanco, de Yabó, porque acababan de hacerle un santo. Traía en la muñeca izquierda las cuentas del mítico Orula, y los collares, que solo les había visto a los santeros del pueblo, bajo la camisa a medio desabotonar. Entre los rojos y negros de Changó, los azules de Yemayá y toda la paleta de colores del panteón yoruba, los pocos vellos de la juventud contrastaban con el blanco del pecho y con la conmoción que me provocaba contemplarlo, como una maldición recién estrenada.

Nos vio atrincheradas en la esquina del ventilador y se acercó a saludar; las jimaguas lo conocían. Repartió besos al descuido, pero su roce en mi mejilla vació la sangre de mis venas hasta la lividez. Durante un rato hablamos de alguna cosa que más tarde no pude recordar, por más que intenté reconstruir cada segundo. El movimiento de sus labios carnosos me remolcaba a un misterio desconocido. Con al menos una cabeza por encima de mi estatura, y los ojos más tristes que yo había visto en años de mataperrear por Bahía de Sal, aquel joven se apoderó de lo que yo había sido hasta entonces, incluso antes de haber nacido.

El primer amor. Capítulo 8 de Bahía de Sal (Huso Editorial)Dos negros, completamente de blanco, salieron a bailar sin cánticos ni concierto. Se doblaron sobre sus cinturas, y desplegaron piernas y brazos en un fragor movido por alguna música que, silenciosamente, brotaba dentro de ellos. A media pieza, entró en el local ya repleto una orquesta de tambores, y otras parejas de blanco salieron al ruedo a moverse, perturbados, en una danza onírica, llena de representaciones que no pude comprender. En aquel ritual se desplumaron sobre los pechos negros gallinas y palomas que iban infectando de sangre el recinto. Para evadir los efluvios desperdigados, me fui a esconder detrás de Roberto Carlos, y saqué la cabeza por sobre su hombro. De ninguna manera iba a perderme aquella liturgia sin nombre. Él ni se movió, pero lentamente corrió las manos hacia atrás, y las ubicó en mi cintura, para protegerme. Temblaba toda yo, de demasiada emoción. Esa tarde se me revelaron los verdaderos secretos de Bahía de Sal, y así, de casualidad, también los del amor.

No hubo sacrificios de niños; nadie mató a nadie ni se hicieron brujerías en contra de presentes o ausentes. Aquella fiesta del ñañiguismo, donde solía haber puro hombre, involucraba, esta vez, las representaciones de todas las sectas religiosas de Bahía, porque habían decidido unirse, confraternizar, compartir experiencias y, lo más importante, aliarse contra el enemigo mayor: el éxodo inevitable de nuestra gente. Lo más aterrador que iba a sucederme en la fiesta de todos los santos fueron las manos de Roberto Carlos, que apretaban mi cintura escuálida. Mientras me iba atrayendo a su lado, para que pudiera ver el plante y sus irrepetibles misterios, revelados de un soplazo en una tarde inolvidable, yo me despojaba de las nociones de tiempo y espacio hasta caer en una fiebre desvaída que me iba a dejar en cama por varios días.

—Estás temblando, mujer, me dijo al percibir mis espasmos. Vi entonces sus ojos infinitos, cargados de tanto daño, que me penetraban desde la altura. Mi trepidar era hondo, pero lo justifiqué con los malabares con que los orishas se personificaban en aquellos cuerpos recios, poseídos por el don de la danza y lo ignoto. ¿Cómo iba a saber él que, en medio de la penumbra de las velas, mi cuerpo se iba entregando a unas ganas antiquísimas que él había despertado en aquel instante absolutorio? A mí nunca me habían llamado mujer. Yo era una niña, un muchacho más, yo no era nada.

El círculo de danzantes se fue abriendo, y en medio una mujer cayó con un ataque similar a los que tiempo después le dieron a la abuela. —Está poseída, dijeron las jimaguas a dúo, como si no pudieran ser más que una sola; la misma frase repetiría mi vieja cuando la Maíta se nos puso loca y empezó a retorcerse sobre el colchón. Me colgué de su brazo, y Roberto Carlos me miró burlesco. —Se le montó un muerto, dijo bajito, en mi oreja. Yo no sabía nada de muertos montados ni desmontados; sabía, eso sí, que su aliento podía hacerme desfallecer en cualquier momento, por el sudor grueso que me bajaba de la cabeza hasta colmar mi femenina vergüenza.

La mujer bailó en una danza prodigiosa sobre el tablón de la casucha. Con los ojos alborotados y la melena de pelos erguida entró en las tinieblas, donde anduvo revolcada, entre plumas y brebajes, hasta que una voz estridente sonó en la boca que era suya. Era un sonido viejo, cansado, que le venía de las vísceras para estallar contra el zinc, las maderas y los espectadores atónitos: yo, sobre todo.

Era la voz del muerto, que buscaba comunicarse con los vivos y que, por toda desventura, no dejó más que sentencias nefastas. A Roberto Carlos le tocó la peor. Entre contorsiones frenéticas, la poseída levantó la cabeza, cada cabello entripado se le pegó al cuello, mientras de su boca salían las aciagas palabras: —Morirás joven y trágicamente. Todos los dictámenes de aquella tarde, de aquella voz siniestra y en desuso, habrían de cumplirse.

Cuando mi nuevo amigo volvió a mirarme, la profundidad de sus ojos iba demasiado lejos y yo no podía alcanzarla. Entre la vaguedad de lo inexpugnable, el primer abrazo fluyó como si lleváramos toda la vida de abrazarnos. Yo estaba aniquilada por el olor a hombre y él por el advenimiento de una desgracia.

Aquella liturgia tan peculiar, como no había existido en Bahía de Sal, duró horas. Vinieron bailes tradicionales, toques de tambor y güiros que subieron por mis arterias y me adentraron, de una vez por todas, en la desdicha del amor. Abandonada en sus brazos, descubrí el dolor de perderlo, mientras el techo de metal se iba llenando de tataguas hasta desaparecer casi por completo. Entre las alas de los coleópteros, sus ojos se apropiarían de mi alma como sus manos de mi espalda. En un instante me hice grande, me alcanzaron sentimientos terribles, y la fatídica admonición me volvió polvo de aquel pueblo maldito, donde nada duraría para siempre.

 
Por Gabriela Guerra Rey
Fotografía de Juan Gordiano
 

Capítulo 8 de Bahía de Sal (Huso Editorial)
Premio Juan Rulfo para Primera Novela, 2016

 
El primer amor. Capítulo 8 de Bahía de Sal (Huso Editorial)

Escrito por La Mascarada

Loading Facebook Comments ...