La quinta dimensión (primera parte)

LIBRE DE MI PROPIA LIBERTAD

Libre bajo mi propia rama,

con sardinas y sinsontes, mejillones y lombrices,

a pocos metros de distancia.

Sin mandos ni autoridad.

Emancipado y en soledad junto con sombras,

congojas y sonrisas del paisaje

 

Libre del cielo en algunos horarios.

(tengo gastado ese cielo de mirarlo).

Libre de indicadores a la hora de intemperies.

Libre yo de falta de humedad y lluvia.

Libre, adicional y sinceramente, en el tiempo disponible

para discrepar, exaltar a dúo, estrechar diestras

y excusarme o abrazar en las despedidas

Exento de no disponer de ramas para atar hamacas

y de caudal de agua para mojar los pies.

 

Libre de no disponer de orilla y duna.

Lejos para gozar resbalón del pie o el viento

entrando como insectos por los ojos.

Soberano o que garantice libertad del sol y

mi propia libertad para ver la luz.

Alejado del peligro mayor de no atisbar barcos

cruzando a la distancia. O de ver no barcos

entrando a Regla y Casablanca.

Alejado del accidente fortuito de relacionarme

a ciertas ataduras de pensamiento que conducen

a una gama atroz de intolerancias.

 

Libre de techo. De paREDES que cancelan

pájAROS y nubes.

Libre de las 4 paredes, del suelo de hormigón.

 

Árbitro de mí, aunque cerca de Ella

(con irrefutables y esporádicos acuerdos de reloj,

nada grotesco, riguroso ni absoluto).

 

Contemplados apenas por ternura sin horarios.

Apenas por los DOS.

Libertad que no obliga a amar

con estrictez ni estridencias ni a la hora

de bostezo y rutinas.

 

(Aunque a ratos, en los extremos, confieso,

proclamo alegre y libremente,

la he amado, la amo a ELLA más

que a mi propia libertad

 

SET  FAMILIAR

Calle de nadie. Aceras pisadas

por ninguno. Anonimia

de las  avenidas al atardecer

y cifras del tercer milenio.

Regreso con fatigas y salario.

Me reconoce la tropa familiar, LUEGO

DEL TANTEO DE LLAVES. Debajo

de la manga tengo un NO TENGO.

Entre otros y nosotros, nosotros y otros, velo de incógnitas, que también llaman llamarada.

Hijos me despeinan, esposa

trae vaso de agua desbocada. Me dedico

a estos árboles. De forma pragmática, no otros árboles ni hijos de cualquiera, ni nadie mismo

en manga de camisa, tendría valor

ni ternura de jugar con mis cabellos.

Pero. No. No renuncio al bosque de allá afuera.

Ni menos calmar sed

de abrazar a todos los NADIE ni a cualquiera, ni renuncio a reclamar un manantial de vasos.

Parece actualidad, CON MISCELÁNEOS RETRATOS

de compatriotas mundiales, pero también resulta set de anteayer,

que fue a su vez set de ayer en tantos parajes radiantes y prevalecientes intimidades familiares.

En el apogeo y glorificación de la gran intimidad, no obstante,

no logro, no puedo, no deseo, NO RENUNCIO

AL BOSQUE DE ALLÁ AFUERA.

BIGOTE LUEGO DEL CAFÉ

Al desalojar arsenal de rencores,

los ojos se purifican de un tirón.

Deambular entre laberintos del paisaje,

despeja odio. Baño de mar desempercude y

descifra poros del entendimiento.

 

Libro abierto y cama compartida:

miradas que se tornan traslúcidas.

Si se sube a la Sierra, olfato interpreta

y desentraña. Si trepan juntos él y ella,

el verso purifica la escritura. Y dilucida

el sentido de la luz.

 

Cima misma y no solo sendero

de subir, no solo sendero sino igual

la montaña, implican torbellino

de comprensiones y ascensos. Cercanas

lejanías descorren cortinas, tanto

como rocío friega higiene y la ingenuidad

espiritual.

 

Al subir montaña la criatura descubre

en nubes perfiles de personas que ama

o que ni siquiera vio nunca

pero ama. Descubre dimensiones

personales del paisaje.

 

Mirada de poeta, mía incluida, aclara

si limpia sus zapatos.

Si enjabona y raspa las habitaciones.

Si acicala labios y bigote luego del café.

HAMBRE DE GRUPO

Tengo apetito. Preferentemente

desayunaría aljófares recién labrados.

Una tortilla de aerolitos inflamados.

O engulliría aire sin té, espigas

de lágrimas, mermelada de  conciencia

con rebanadas de sol untadas.

Tragaría peñascos o de una mordida

los arrecifes del amanecer.

Lamería cascadas y migas con la ilusión

de que trago diminutos panes acuíferos.

Comería corpúsculos de vals,

de algún vals que humedezca

los pies.

Devoraría finuras en el

postre:

flan de amapolas, luciérnagas

al plato,

tupidos aguaceros. Arroz con

leche

si no se quiere casar. O aquellas

natillas jurásicas de abuela.

Pan untado de montaña fresca

y lágrimas fatídicas de cocodrilo.

 

Es un apetito que crece con la lluvia.

Y aumenta cuando escampa.

Es hambre de libertad.

De libertad mía, personal, mayoritaria.

Hambre recrecida, humana, de hatajo

generacional, multitudinaria.

Para la estampida o para

contenerse. Para pretender cosas

estrictamente indispensables

que sin embargo nunca hemos

tenido. Para correr desbocado,

con la misma prontitud con que antes,

y muy seriamente.

nos detuvimos a pensar la Historia.

Para rumbear a caballo o ir a galope

con las patas de mi cuerpo.

 

Escrito por Félix Guerra Pulido

Poeta y periodista cubano. Ha recibido la Distinción por la Cultura Nacional y el Premio Nacional de Periodismo José Martí.

Loading Facebook Comments ...