Oscar Wilde o la vida dirigida por la belleza

Hablar sobre cierto escritor irlandés hedonista, esnobista, dandista y relacionado con el decadentismo (aunque él siempre se proclamó esteticista), quien vivió y escribió adorando la belleza y el arte, es fácil cuando sólo se emiten opiniones sobre su vida personal. Aún más porque siempre estuvo ligado al escándalo y la fama, pues, cuando no perdió en amores ante Bram Stoker recibió burlas en operetas por su peculiar modo de vida y fueron trágicamente célebres sus últimos días, en la ruina, en un hotel de Paris. Hablar sobre Oscar Wilde es aludir al retrato que hay en toda su obra de una decadencia social generada por el aburrimiento, la decepción y la monotonía; es referir cómo condenaba en su literatura la hipocresía de la sociedad victoriana y su descomposición que, no obstante, consideraba parte intrínseca de su carácter moderno. Como esteticista no creía en el estar en crisis, concebía solamente un periodo de transformación, complejo y contradictorio.

Wilde creía que era posible encontrar el sentido de la existencia en sí mismo y en el mundo a través del disfrute de las experiencias de la vida, es decir, al hallar manifestaciones de belleza en cada sensación vivida. Para poder ser bello, creía que cualquier actividad realizada por el ser humano, dirigida por la belleza, crearía una sociedad más justa, más ética, más libre y, justamente por ello, más bella. Sabía que ese sentido de belleza se había diluido en una sociedad victoriana cansada y gastada que tenía el sueño de recuperar su armonía por medio de una moral exacerbada.

Wilde escribió sus exitosas obras de teatro con eso en mente, transformar la sociedad influyendo en ella a través del arte, despertando ese sentido de belleza en la política o en la religión, pues estaba convencido de que era lo único que podría mover hacia la bondad social, hacia una sociedad mejor.

Evidentemente su punto ético es aristotélico, pues para él vivir representaba el único medio para desarrollar el auto conocimiento, que es el sentido de la vida y la forma en que se desarrolla el alma. Solamente a través de una búsqueda de experiencias guiadas por la belleza y el arte se descubre ese camino. La paradoja esteticista de esa búsqueda no es disfrutar de la pasión que la dirige, sino también de las consecuencias.

No obstante, dejarse dirigir por la belleza resulta bastante complejo, primero se debe ser lo suficientemente sensible a ella. Conocerla. Después, definir en los términos más concretos posibles esas manifestaciones, encontrar la fórmula que las exprese más adecuadamente. Encontrar belleza en todo. Un disfrutar vivir valorando la fugacidad y unicidad de emociones o sensaciones. Buscar reproducir la experiencia tantas veces como sea posible. Conocer las pasiones que alimentan la rutina, convertir ese deseo en arte.

En su novela más famosa Wilde explica, en el capítulo XVII y a través del personaje y maestro esteticista Henry Wotton, que: “El romance vive por la repetición, y la repetición transforma un apetito en un arte. Además, cada vez que uno ama es la única vez que uno ha amado sin duda. La diferencia del objeto no altera la singularidad de la pasión. Solo la intensifica. Podemos tener la vida nada más que una gran experiencia a lo sumo, y el secreto de la vida es reproducir esa experiencia tanto como sea posible”. Según el artista irlandés se trata de pensar en la experiencia de vivir como un evento único lleno de oportunidades nuevas de sensibilidad y que resulta un puente para desarrollar la personalidad. En suma, al disfrutar ese proceso y embellecer la experiencia, el deleite quizá sea mejor y más intenso, como creía Wilde.

 
Por Esther Alvarado H.
 

Escrito por La Mascarada

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