Abrojos y Rimas: Manuel Illanes

TURNER, OVIDIO DESTERRADO DE ROMA

Afuera de mi ventana el verano

atonta a los ángeles, embelesa

con sus cánticos a distraídos gatos

que se esconden entre la maleza

/ crecida.

No puedes ocultarte del calor, no:

su fulgurante espada corta nuestros

cuerpos dibujando una tenue herida.

Como una perra agitada, la vida

se revuelca, brinca insensata,

ansioso animal que husmea

entre las piedras, ávido de sangre

y sesos con que llenar una panza

/ insaciable.

 

El sol dibuja malamente un sendero

de luz sobre azoteas de edificios

apenas estucados. Una vereda

de claridad humeando como

una mancha, un hervidero

de brasa que brota ante los ojos

entornados de los inquilinos.

La luz devora los contornos

de las cosas como en un cuadro

/ de Turner.

Como en Ovidio desterrado de Roma:

la visión del exiliado se despliega

en las sucias paredes mientras

alguien que no eres tú, que no

puedes ser tú aturdido por el calor

del día, graba por vez última

en las tablillas de la memoria

los trazos de las casas, las sombras

de las estatuas y de los templos,

rostros y palabras acariciadas,

la figura imprecisa de ese numen

que se yergue como un obelisco

sobre la ciudad de las siete colinas

y mantiene encendido el fuego

/ de los ancestros.

 

Esa visión que se enlaza con la tuya

por un instante, un segundo tan sólo-

los ojos del destierro y los del estío

unidos entre la luz y la sombra.

Pero tu sino permanece incierto,

no se dirige galopante hacia

las congeladas riberas de un Ponto

/ que amenaza en latín.

El verano sigue atontando ángeles

afuera de mi ventana. Campamento

2 de octubre, pequeñas insurrecciones,

esperanza de victorias contra Capital.

Los gatos corren entre la maleza

y se refugian bajo los árboles

antes que la canícula envuelva

los edificios en una vaharada inmensa.

OROZCO, LOS TEULES

La conquista de México no ha finalizado

dice el pintor mientras su reflejo desaparece

lentamente de las aguas del Omega:

el ojo del cronista, del extranjero

recién llegado vislumbra en el paisaje

-tal como en la tela enhiesta-

los mismos brochazos agrestes

de la realidad y sus esquirlas.

Las calles siguen viendo estrellarse

a compactas filas de caballeros

armados contra los muros

de una ciudad que se derrumba,

de una Tenochtitlán cuyo mito

más anhelado ha adoptado la forma

de una pesadilla sin rostro.

Si Bernal Díaz regresara

de la tierra de los muertos

se sorprendería quizás

de ver los tianguis bullir

por el cuerpo erosionado de la ciudad,

pero jamás, jamás podría mirar

extrañado las cabezas expuestas

de los prisioneros de las guerras floridas

-del Narco o de Huitzilopochtli-

apilarse en la periferia, llenar

los titulares de la prensa de un rojo sin fin:

un catálogo de muertos más largo

que el de las naves por Homero,

otro cantor de la cólera y la carnicería

sanguinaria de los Atridas & Aquiles.

 

El pintor dice que la conquista

de México no ha terminado,

que los dioses continúan

batallando por la copa de la sangre

y los trazos son, desde luego,

cuchilladas que escarban en la tela

para exhibir a los cuatro rumbos

el corazón de esta violencia.

 

No es la vida imitando al arte,

tópico manido hasta el aburrimiento,

ni el arte alentando los gestos obscenos

de la vida sino un torbellino amplio

como ala de aeroplano

que se abre al centro de la tela

y explosiona entre pinceladas oscuras

y versos de ceniza arrebatada.

“La conquista de México,

la conquista de México…”

balbucea el pintor airado

mientras su reflejo desaparece

bruscamente de las aguas del Omega

y el rescoldo de sus imágenes

es un cuerpo destazado que arrojan

los sicarios hacia una fosa.

Clamor, clamor atravesado

por disparos en la noche de estas ruinas.

EL DIFICIL ARTE DE INVOCAR A LOS MUERTOS

La vida es un sueño, un vértigo

del que despiertas ahogado en sangre.

Tantas veces leí esa sentencia

a sombríos estoicos. Tantas,

a borrachos perdidos descubrir

el abismo cuando la madrugada

tendía sus escalofriantes redes.

Brotaba entonces el llanto,

el tartamudeo, aquilatábamos

a la noche en su real peso.

Tantas y tantas veces

el lugar común acusándonos.

 

No había visto a Víctor

/ en mucho tiempo.

Demasiada realidad que soportar.

Adoraba llegar de improviso

a La Esperanza y disfrutar del vacío

de las cuatro de la tarde un jueves X.

Sólo el sol arando el piso del salón,

los libros y una Victoria, naturaleza

/ muerta sobre la mesa.

Dominando el gran espejo,

Víctor se erguía silencioso

entre botellas de mezcal y tequila.

Como una pregunta surgida

de la nada. Su cabello engominado,

canoso, parecía ocultar una edad

imprecisa, una duda creciente

que su conversación espantaba.

Solíamos hablar de viejos éxitos

de Emmanuel mientras bebía

mis cervezas. Del corto grabado

para una pequeña productora.

Sobre la malicia que se necesita

para ser un chilango de verdad.

En una mesa cercana, un par

de jugadores de dominó

homenajeaban a Bergman

y su Séptimo Sello enfrascados

en un duelo épico contra la calaca

/ sólo para matar el tiempo.

 

No había visto a Víctor en mucho,

/ mucho tiempo.

 

Pienso en Gilgamesh, en Enkidu

entregado a los gusanos sin compasión,

en ese lugar común que somos:

algunas líneas emborronadas

de un poema que el polvo sepultará.

 

Del libro No es país para nadie

Abrojos y Rimas: Manuel Illanes

Manuel Illanes (Santiago, 1979)
Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. Ha publicado algunos libros de poesía, como Tarot de la carretera (Fuga, Santiago de Chile, 2009), Crónica de Tollan (Piedra de Sol, Santiago de Chile, 2012; La Ratona Cartonera, Cuernavaca, 2013) y Memorias del inframundo (Mantra, México, 2016). También figuran poemas suyos en las antologías Chile mira a sus poetas (Pfeiffer, Santiago, 2015) y Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, México, 2016).

Escrito por La Mascarada

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