Los colores negros del dado verde: Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (cuarta parte)

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (cuarta parte)La única vez que me he sometido a una sesión de hipnosis, el terapista me ofreció la posibilidad de obtener un resultado concreto derivado de la sesión. “¿Qué buscas —me preguntó— obtener por medio de la hipnosis?” Mi respuesta fue casi la misma que un año más tarde le dije a una conocedora de las artes blancas, con quien tuve comunicación exhaustiva en algún momento de los circunscritos por la puesta en práctica del enamoramiento, sea ello lo que signifique, y quien me supera varias veces en sentido común, cuando no en sexto sentido, que había dispuesto un círculo de velas, cuyas llamas serían el canal depositario de cuanto quisiera yo renovar en mi discurrir existencial. No recuerdo los términos exactos con que en esas dos ocasiones ensayé un vago “escribir con soltura natural”, “conocer el secreto-quid de la escritura” o “mejorar mis tentativas por escrito”. La sesión de hipnosis comenzó: “Escribe en esta hoja lo primero que escribiste en la vida”, solicitó, en contra del sentido común y aun de las propiedades netas de la memoria, el terapista. Sin detenerme a pensarlo, me puse a llenar la hoja que me había dado con “bolitas” y “palitos” casi sarcásticamente. Edmond Jabès dice que, de niño, cuando escribió su nombre por primera vez, fue consciente de que empezaba un libro. En lo personal, mi nombre me fue útil para rayar una mesa de mi casa y para llenar solicitudes de inscripción a revistas que de todas formas ya llegaban allí. Mi más cercano acercamiento al dominio de lo libresco cuando fui niño, ocurrió en una ocasión, en que leí un libro para niños en una librería, El túnel, como quizá apuntaría su título, en cuya portada se veía a un niño metiéndose túnel adentro pero volteando la cabeza en dirección a la niña que apenas estaba por entrar. “¿Qué hay —decía en la contraportada— del otro lado del túnel? X y Y se proponen descubrirlo…”. Nunca lo supe, pues estaba envuelto en plástico, pero con un ansia que anticipó mis tropiezos frente al teclado, me invadió la nerviosa necesidad de entrar por el medio que fuera a esa portada, entrar en “el túnel”. Por aquellos años, ignoraba, con todo, que la escritura, semejante a las pirámides compuestas de corazones, tréboles, picas y diamantes, se puede erigir en “máquinas de perversidad”, como rezara Giordano Bruno.

Despertarse deliberadamente tarde dota de una perspectiva particular sobre los pendientes que teníamos para el día; tener, por ejemplo, un único pendiente, y que antes de dormir se constituyó como la alarma fatídica de algo que de no ser resuelto implicaría la desdicha segura, connatural al error que prometía hacer pagar, es algo que puede resolverse de ese modo: el día nos recibe con su carga de ruidos, y optamos por seguir durmiendo: así la onda de la mala suerte, del mal augurio, de la desdicha temida, cuando no inventada, no podrá alcanzarnos. Preferiremos despertarnos cuando el día lleve ya varias horas transcurrido, sólo para que su cotidianidad nos rebase varias horas y logremos, así, situarnos en la sombra, para poder ignorar ostensiblemente la abrumadora superstición nocturna en torno a aquello que parecía estaba por ocurrir como consecuencia de la desidia con que hubimos ignorado ciertos hechos al entroncarse unos con otros, para poder no tratar ya de someterlos a ningún sistema de seguridad, seguros como podemos llegar a estar de la ineficacia de todos los ensayos en la tentativa de obtener una garantía perdurable de felicidad, eudaimonia, o como desee llamársele. Allí me veo: poniéndome un disfraz oportuno para salir a comprar cigarros a la 1:00 de la tarde, después de que una taza de café despertara el rumoroso llamado del aire envuelto con tabaco en mi pecho. Y, ya después, en medio de una repentina tranquilidad, habiendo olvidado por completo la proposición del mal que pude reconocer recientemente entre mis propios papeles. Allí estaba, descargado, el archivo: y yo había desplazado el cursor hasta el momento exacto en que la proposición había sido sustantivada; mas nada podía hacer ya; llamarme “ingenua víctima del proceso liberador del texto”, quizá sería exagerar, en cierta medida, lo que podía llegar a ocurrir realmente después de su inscripción original; dejé que transcurriera el día sin hacer nada. Al final, meditaba en silencio sobre los alcances de la respiración en una posición intencionadamente cómoda, cuando reconocí que el malestar se disipaba, con la cortina abierta pero en total oscuridad. Me di cuenta de que no se podía ya, tan fácilmente, llamarme a comparecer ante la Inquisición.

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (cuarta parte)

Practicar el arte adivinatorio consistente en consultar al azar alguna página de la Eneida, famosamente compuesta por Virgilio, y poner el índice sobre la primera palabra que salga, no siempre conlleva una absoluta claridad. Como en el caso del I Ching, los resultados derivables de la práctica, son casi siempre crípticos, y es entonces que, aunque reconozcamos a la palabra que sale, como a un conocido en la calle, aunque podamos vagamente intuir su significado y más o menos ofrecer una definición, este arte es complementario de uno más común: consultar el diccionario. Sucede con las palabras que conocemos bastante bien y estamos tan acostumbrados a usar cuando las buscamos en el diccionario, que la sensación de ridículo aumenta conforme nos damos cuenta de que nosotros no hubiéramos, ni en nuestros momentos de mayor lucidez, sido capaces de definirlas de un modo tan particular. La primera acepción registrada por el DRAE para ´tiempo´, por ejemplo, es ´duración de las cosas sujetas a mudanza´. En esa sola afirmación, está contenido el mito de Maya, la diosa de la tradición hinduista que no fue muerta por un guerrero gracias al dios Nrishimha, materializado de pronto en la garra metálica de un león, que es como se lo representa, que desgarró el vientre de dicho guerrero cuando este aprestaba su espada en dirección al cuello de Maya, diosa de la transitoriedad. “Todo, esa flor, por ejemplo, es ilusorio, perpetuamente transitorio”, me dijo en 2005 el estudiante budista que me enseñaba a cantar el mantra de Nrishimha, cantado contemporáneamente en ciertas representaciones teatrales, proverbialmente la puesta en escena de dicha historia, que es casi como decir: “Observa esa flor; su color parece ser movido por el viento. Es el resultado de la duración de las cosas sujetas a mudanza”.

He tenido, a raíz de mi negativa a levantarme de la cama ese día, que consultar a Virgilio, temeroso de lo que podría sucederme. Y cuando mi dedo índice estuvo puesto sobre la palabra ´flanco´ (´látus´) me encontré con uno de esos momentos glosados por el arte adivinatorio en torno a Virgilio, que exigen consultar el diccionario. Una vez que leí la primera acepción, (y comprendí de golpe mis alternativas): “Cada una de las dos partes laterales de un cuerpo considerado de frente. El flanco derecho. Por el flanco izquierdo.”, volví a la proposición que me hizo, revisando como estoy revisando a cierto número no deleznable de autores condenados por el gobierno de Luis XV, por el gobierno de Ginebra, por el gobierno en general, temer el peso inquisitorial por sobre mi persona. Volví, pues, a mi proposición, y revisé precisamente sus flancos, como una moneda al girar que de un lado muestra la máscara cuyo rictus representa a la Comedia, y que del otro tiene un rictus que representa a la Tragedia. Cantando el mantra alguna vez, me di cuenta de que no se trata de evocar la heroicidad de Nrishimha inopinadamente. Cantar su mantra requiere de una disposición de ánimo particular para evitar cantar no digamos en vano, sino contraproducentemente, garra de león, después de todo, que sale de la garganta al entonar su invocación. Girando por sus flancos la moneda de la “proposición sustantivada del mal”, me pregunté si lo mismo que sucede con el mantra sucedía con la Tragedia y con la Comedia. Entonces, de tanto girar la moneda conjetural de mis alucinaciones en torno a lo que había escrito, como si se tratara de un holograma que me mostraba o secuestrado por el CISEN, o integrante de una sociedad civil autónoma, como la reclamada por los ilustrados franceses, reconocí, de pronto, entre los dos rictus, la naturaleza de la transitoriedad anímica, el rostro conmovible del azogue, el límite entre la risa y el llanto, e imaginé un diálogo entre los dos personajes, el trágico, y el cómico, cuya caracterología quedaba descrita por la inventiva relativa a cada caso, conversación ocurrida tal vez en una mesa de café en una ciudad donde se lee en el nombre de las calles la dirección hacia el “café de la charla con el destino”.

En alguna ocasión, escribí algo así como que “el cuadro perfecto de la humanidad, podría estar pintado al desnudo, con el fin de encubrir todo lo demás”. Sí y no, me equivocaba, aunque la frase sea funcional en sí misma. Por una parte, el esplendor de la libertad humana se afianza por medio de la mirada, y de eso me di cuenta un día en que perdí una apuesta con cierta novia que tuve y hube de vestirme con peluca, tacones y vestido, en una fiesta mayoritariamente gay. Ese día, por decir lo menos, sentí un efecto de “realización” pero, claro, los aditamentos de que estaba revestido formaban parte del cuadro; sin embargo, me gustaría trasplantar esa misma sensación satisfecha al ánimo de todos los seres humanos que aparecerían en mi cuadro: y allí la desnudez sería la Comedia, la Felicidad Perpetuada en la Sonrisa, de la Sensación de Calor Placentera, pero no el bochorno. ¡Pero no puedo, por culpa de ciertos ánimos abatidos antiguos, que legaron estructuras textuales convincentes, dejar la cosa allí! Retomando el estudio de la frase, he de anotar que, por una parte, el aforismo (complementario del epigrama con el que amonesté, en su momento, a Ángel Hernández: “Lo necesitaba, Ángel, y no dudaste en ayudarme. ¿Y después hablaste conmigo a oscuras? ¿Es que aun el alma de un luchador, Hernández, es humana?”) hace el retrato de la humanidad cuando se asume libre, pero, por la otra, por medio del claroscuro, de la sombra y la luz, de la lumbra, la penumbra y la sombra, “del gesto en la mirada”, descubre al ladrón, al estafador, al crupier que tiene arreglada la ruleta. La desnudez, supone mi cándido aforismo, es un medio útil para encubrir el coeficiente de negatividad que pueda haber en la psique. Todos nos sabemos de memoria la historia del ignoto Papa de lejanos tiempos, proverbialmente el contemporáneo a Miguel Ángel, cuyo nombre puede rastrearse en los apuntes de los estudiantes de teología, que dictaminó o “curó” la Cappella Magna, o Capilla Sixtina (¿Sixto, era el nombre del Papa?). La ropa que le puso el Papa a Dios, como si su desnudez fuera vergonzosa, es un acto desmedido que califica como auténtica “osadía histórica”, y cabría preguntarse si no desató el encolerizamiento del que fueron resultado todas las catástrofes subsiguientes. Esa ropa es un remedio útil contra la vergüenza (y contra la vergoña y contra la verecundia) que encubre la causa de la felicidad inocente, del mismo modo en que, según mi frase, la desnudez encubre la infelicidad culpable, la de la lengua y la mirada manchadas.

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (cuarta parte)

La electrificación, entonces, el toque, la chispa del índice divino por sobre el adánico, descarga en la conciencia su verdad: ¡ay!, su verdad cómica… o su verdad… ¡trágica! Llamo la atención de mi lector llegado este punto. Poniéndolo en guardia en contra del carácter que de circunspección amarga su destino le puede tener reservado. Llamándolo a rebelarse, pongo en este momento mi propio índice por sobre la catarsis favorita de Jabès (cito —adultero— de memoria): “De los dedos de mi mano, mi favorito es el índice, pues siempre estará allí para enjugar una lágrima” para exorcizarla. La última —y única— vez que he asistido al Carro de Comedias, escuché, al inicio de la representación, lo siguiente: “Nos duermen con un cuento, y despertamos en un sueño”; ese día estuve bastantes horas enajenado después de la representación, por razones de las que no me quiero privar en tanto secretas. Con la tragedia es distinto. Las “máquinas de perversidad” de la escritura, heroifican a quien han de someter al designio negro del destino. Ello me devuelve a la apreciación y amor que le tengo a Publio Terencio Africano, el autor cómico del tardío siglo II a. C., quien tiende, indefectiblemente, lo que quienes se rigen por los cánones que establecen que no hay otra vía que no sea la de la catarsis trágica para poder llamar “sublime” a un producto del arte, aborrecen: finales felices. Puedo concebir finales inesperados, finales perturbadores, finales memorables, me gusta leer también novelas con finales en blanco (o deplanamente anodinos), que no lo serían si no es que una fecha o un pie de imprenta les suceden, pero cuando me encuentro con finales tétricos, finales malévolos, finales escalofriantes, intento comprender la llamada “hipótesis del exorcismo”, en contraste con la de la “prestidigitación”, la que vuelve efectivo un factor x de la escritura respecto de su despeje y, su carácter de regente del destino. A esto habría que añadir que un cuerpo textual depende en sus instancias presentes como lectura del final que se le tiene previsto en la última revisión. Sin embargo, por lo que toca a Terencio, esclavo original de un senador de nombre Terencio, en cuyo honor, tras ser puesto en libertad debido a su habilidad con la pluma, se llamó así él también (gesto magnánimo si nos detenemos a pensar que de ese modo Terencio, el senador, obtuvo la de otra forma inimaginable posteridad), por lo que toca, digo, a Publio Terencio Africano, siempre estaré allí dispuesto a representar sus finales felices.

Me gusta imaginar, por ñoño, cursi o entusiasta que pueda parecer, y aunque el hilo de mis razonamientos pueda rebotar y hacerme caer, que el “diálogo con el destino” del que hablaba, aquél que se llevaría a cabo en una cafetería, y cuyos participantes serían el cómico y el trágico, está moderado por la glosa de esas dos formas literarias, la filosofía moral. Gobernarse a sí mismo como acto mesurado de elegibilidad razonable sería, pues, lo propio del moderador del diálogo entre el trágico y el cómico. Las apuestas suben, y se radicalizan las posturas. Ocupar, entonces, la posición de personaje y adoptar su personalidad, entrar en el circuito por escrito de una página que al doblar sigue estando escrita según sucede en el contexto de un derredor de mesas con sillas todas vacías, un foco sobre los manteles, y un par de cucharas pequeñas, implica que el hálito del destino nos acompaña de forma permanente. Es entonces que, tras quince minutos de espera, llega aquél con quien teníamos una cita. La Comedia, o la Tragedia, en frente de uno mismo, con nuestro mismo rostro, supone que la vitalidad del diálogo por efectuarse depende no tanto de la observancia con que ese filósofo moral conduce sus acciones e hilvana un razonamiento, a veces apresado por el dilema, como de la improvisación con que, asistidos por un ingenio más parco que exuberante, en el caso de que dialoguemos con el cómico, y, por ende, nosotros seamos el trágico, o más exuberante que parco, en el caso de que lo hagamos con el trágico, y, por ende, nosotros seamos el cómico, con que, digo, planteamos nuestras prestas respuestas. Preocupado por qué podría llegar a decirme si fuera el personaje resucitado por medio de la escritura para llevar a cabo su acto, y dándome cuenta de que la entrevista no podría llevarse a cabo si tratara de reconocerme en un espejo, opté por colocarme a unos cuantos pasos de distancia respecto de mí mismo en el reflejo de un vidrio incrustado en una puerta semidoblada hacia el interior de un cuarto, y eclipsado por la posición de alguien más en donde yo debería estar proyectado. Sin embargo, no fue nada lo que le dije a quien me impedía verme a mí mismo; acaso balbucí algo, pero al final ni siquiera entré al cuarto. Con todo, esa especie de imagen conjetural de la sombra, esa especie de retrato del “modelo de la sombra” ofrecía, precisamente, la negativa del azogue, de la superficie bruñida, algo así como “su contra-interior”, en donde debería llevarse a cabo el acto inaugural de una hoja de cuaderno donde anotaríamos, finalmente, los pormenores tácticos de una revolución a título personal respecto del carácter inconmovible del destino, para trasplantar su aura de definitividad al transcurso de todos los días: cada día sería una capítulo del destino, y su carácter trágico y/o cómico nos haría apresurarnos a redactar en esa misma hoja de cuaderno los pormenores en torno a los alcances prácticos de la filosofía moral, el sistema de seguridad perfecto que nos permitiera vestirnos y desvestirnos frente a un espejo en el que es la eudaimonia, o como desee llamársela, lo que rebota a la velocidad de aquello que tenemos la expectativa de aprehender, como al animal al que se le atribuye la invención de la filosofía, para encerrarlo de una buena vez por todas en algún párrafo propiamente alucinógeno, cuya base fue suministrada por Descartes con su estampa del “engañador maligno”.

Si me demoro en buscar las acepciones ofrecidas por el DRAE para ´secreto´, además de descubrir, o recordar, más bien, que ya había consultado en alguna ocasión de 2015, mientras escribía un poema, el diccionario en exactamente esa palabra, contra lo que dije al inicio de este bufete de platillos anómalos, quedo más bien decepcionado; hay para esa palabra, de la que el diccionario ofrece hasta tres distintas entradas, la primera con 12 acepciones, la segunda con 7 acepciones, y la tercera con una sola y poco informativa acepción, una sola definición que no satisface (la única que está más cerca de hacerlo) del todo cierta voz o registro con que se la emplea, sobre todo entre compañeros de escuela, amigos, novios, o, comúnmente, niños: “Conocimiento que exclusivamente alguien posee de la virtud o propiedades de una cosa o de un procedimiento útil en literatura o en otra ciencia, arte u oficio”, y me refiero, claro, a aquella que contemplaría algo así como «Conocimiento que exclusivamente alguien posee de algún hecho o intriga» o, tal vez, «Conocimiento del que se posee cierta exclusividad respecto de un hecho que forma parte de una intriga en la que se tiene un papel de testigo»; es ese tipo de secreto, el que le decimos a alguien más, urgiéndolo a que no lo difunda, el que me interesa en este momento. Como poseedor de secretos de otras personas, he visto dibujarse en el escenario mental de mi sentido de apertura, el hilo conductor de una intriga que se corresponde con la certeza de que el resultado de incrementar pausadamente la sensación de euforia producto del consumo de bebidas embriagantes, se sucede paso a paso en el itinerario de una noche memorable en la que podremos incursionar en un naufragio del que despertaremos en la orilla de un mar compuesto de sed, sí, pero, también, nos permite, al menos por una noche, ensayar a nuestro personaje íntimo, ese que llevamos a cuestas, y cuyos deseos no siempre estamos, como un filósofo moral (alguien que óptimamente deberíamos ser todos, desde la seductora de Sansón hasta Bruto), dispuestos a satisfacer, pero que son una seductora sibila y un Bruto cuyos crímenes son meramente deslenguadas asociaciones. Desde exnovias de primos míos que se han besuqueado con el novio de su mejor amiga, hasta amigos míos que no han podido resistir el malestar de una ruptura amorosa sin volver a los brazos de exnovias suyas, la gama de secretos que conozco me hace pensar en una novela a voces en la que finalmente todos los habitantes de la ciudad son personajes: el edificio de Perec vuelto ciudad, empresa narrativa ambiciosísima si consideramos que la Ciudad de México se considera la mancha negra de América Latina, mancha cuyo crecimiento no impide su constante condensación en núcleos inteligentes de producción pintoresca. Pero un libro semejante sólo podría escribirlo un escritor abducido por otro libro, un protolibro que substrajera al escritor a un estado de redacción febril. Por lo que a mí respecta, me pregunto si, como en el caso de la forzada y artificiosa “analogía” de los interlocutores del diálogo de que hablaba, los libros hablan entre sí y si, es más, “se cuentan secretos”.

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (cuarta parte)

He llegado a la conclusión de que eso es irrelevante. Los secretos que conocen los libros, son los secretos de los lectores, quienes asisten al lento proceso de maquillado frente a ese espejo inteligente que es el libro, y que, a su vez, los lee a ellos, dispuestos a soñar el sueño que el libro les provee, pero que soñadoramente se quedan a ratos pensando en su propia vida, y que, además, cada vez que hacen sonar las campanitas de la entrada, el présago —que anuncia, adivina o presiente algo— dependiente de una tienda de libros, está, mientras el comprador no lo ve, consultando al azar la Eneida que tiene escondida en la parte inferior del mostrador.

 

Por Jerónimo Gómez Ruiz

 

Escrito por Jerónimo Gómez Ruiz

Jerónimo Gómez Ruiz dice haber, una mañana, al salir de la “sinagoga de los escritores”, tras apurar en un restaurante, ubicado entre carpas, unos huevos a la mexicana y un jugo de nopal, leído su propio nombre entre las páginas, su propio nombre entre los libros.

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