La prisión literaria de Ricardo Piglia

La prisión literaria de Ricardo PigliaHabría un tipo de lectura, dice Piglia, en la que nosotros podríamos tomar lo que está ahí escrito, cada palabra, cada idea, como si nos estuviera personalmente dirigido. En una conversación con Arcadio Díaz Quiñones y sus alumnos en la Universidad de Princeton, publicada posteriormente en Crítica y ficción, Ricardo Piglia cuenta que cierta vez recibió la carta de un recluso. Éste llevaba dos años encarcelado y llegó hasta él un libro de Piglia: Prisión perpetua. El texto, claro, debía hablar sobre su situación, sobre sí mismo, así que leyó el libro y le escribió al autor. Mantuvieron la correspondencia por cinco años más, los que le faltaban para cumplir su condena. Piglia le mandaba libros, de otros escritores, los que creía podían gustarle. El preso además conseguía por su cuenta los libros de Piglia, los leía vorazmente, le escribía de nuevo: “Me hacía preguntas, sacaba conclusiones fantásticas. La literatura lo ayudó a resistir la prisión, empezó a vivir de noche; cuando todos en la cárcel se iban a dormir, él se pasaba las noches leyendo, escribiendo”. Al principio, dice Piglia, le contaba sobre los libros que había leído, sobre su propia vida, después empezó a escribir sobre los otros, sus compañeros presidiarios, hacia el final terminó por componer relatos. Cuando salió se encontraron alguna vez.

La prisión es sin duda uno de los motivos insistentes en la literatura de Ricardo Piglia. Basta repasar sus novelas, donde invariablemente alguno de los personajes principales o determinantes ha estado preso. Recordemos a Marcelo Maggi, en Respiración artificial (1980), cuyas causas de encarcelamiento no son del todo claras, y oscilan entre una versión apegada a venganzas domésticas y otra que tendría que ver con un poder estatal. De igual manera podemos traer a la mesa a Yoshio, el conserje inculpado y encarcelado en Blanco nocturno (2010); a Munk, el asesino de El camino de Ida (2013), entrevistado por Renzi en el presidio mismo; o a varios de los delincuentes de Plata quemada (1997), igualmente con un pasado tras las rejas. Incluso en «La invasión», cuento publicado en 1967 en el libro del mismo nombre, nos encontramos a un joven Renzi que es conducido a una celda donde cohabitará con un par de presos homosexuales; las causas del confinamiento de Renzi no son esclarecidas pero se deja adivinar un trasfondo político. Este recurso en un relato tan temprano de Piglia reaparecerá constantemente, y en sus cuentos habremos de buscar la «segunda historia», la no explícita.

En Prisión perpetua (1988), la obra que llegó a aquel recluso al que se refiere Piglia en la anécdota, descubrimos un sistema carcelario que busca moldear y condicionar las acciones de los sujetos que han caído en él. La cárcel es vista, de hecho, como una institución educativa o, más precisamente, de amaestramiento, que abarca todos los aspectos de la vida, y que busca extenderse, incluso, al salir de la penitenciaría. Así lo leemos en la novela: “Una educación integral, sistemática: física, cerebral, psíquica, moral, filosófica, muscular, óptica, sexual. Se enseñan nuevas relaciones con el tiempo, otra relación con el lenguaje y la obediencia”.[1] En esas relaciones complejas y profundas con tiempo y lenguaje, en su modo de entenderlas, lo penitenciario basa su pugna por esclavizar y someter. Son entonces el tiempo y el lenguaje los nodos en los que se condensa lo carcelario en sí, una concepción que llega a rebasar la prisión como simple edificación.

Hablemos en primer lugar sobre el tiempo. Los sucesos narrados en Prisión perpetua apuntan hacia el presente como el único tiempo existente en el cautiverio. Encontramos, por ejemplo, a un personaje innominado que ha permanecido buena parte de su juventud recluido. Se dice de él que, tras abandonar el penal, “[p]arece un hombre sin pasado, sin historia, que viene de otro planeta, como si todo lo viera por primera vez […] Habla en presente, el tiempo muerto que identifica a los que han estado en prisión”. El tiempo verbal usado justo en ese relato se trueca hacia un rígido presente, como si el convicto mismo relatara su historia en tercera persona y hubiera perdido la capacidad de recurrir al pretérito como tiempo para su narración. Que el expresidiario esté atrapado en un solo tiempo verbal tiene repercusiones más graves que una simple atrofia lingüística. En el penal se intenta reducir al individuo únicamente al crimen, privándolo de su pasado, de su memoria, pero estas mismas fuerzas coercitivas tienen también como consecuencia una cancelación del futuro, una aniquilación de la experiencia que conduciría a una repetición apoteósica, a un caer en una monotonía a fin de cuentas inmovilizante, a una cancelación de la posibilidad de proyectar y construir el futuro, a una redundancia delirante que conduce a una alienación total. La novela nos señala que el sistema así lo busca: “Saben que un hombre débil se convertirá en esclavo y un esclavo en un autómata aterrorizado. Quieren ver qué pasa con el espíritu de rebeldía en condiciones de extrema presión”. De rebelde a esclavo, de esclavo a autómata, el preso no hace sino seguir las instrucciones inconscientes a las que fue sometido, y a las que sigue estando atado. Repercusiones todas éstas que alcanzarían asimismo un nivel social, donde otro personaje ve en la rutina idéntica de los días el devenir de la patria: “Por mi parte sé mirar lo que vendrá, ver en la rutina idéntica de los días el devenir de la patria. ¡Van a sembrar el terror!”, exclama. Estas palabras estarían referidas a un tipo de memoria colectiva, olvidada o reprimida, pero que además conllevaría una repetición casi inconsciente, casi freudiana, que en este caso tendría que ver con la historia argentina: una suerte de herencia dictatorial proclive a la repetición, como lo confirmarían los recurrentes golpes de estado; un poder aprisionando a una sociedad completa, que estaría condenada también a una reiteración circular de su historia.

Pasemos ahora a la otra cuestión: el lenguaje. Una cita de Foucault localizada en Vigilar y castigar nos puede dar una línea de entrada: “La soledad es la condición primera de la sumisión total”.[2] El penal tiene dispuesto el espacio de modo que la única comunicación posible sea vertical, jerárquica: las órdenes que el guardia dirige hacia los presos. La incomunicación funcionaría como la raíz de la soledad y también como el corolario último donde se busca que el preso obedezca en silencio. En Prisión perpetua leemos: “Adentro no hay otra conexión con el mundo que el graznido de la televisión encendida durante horas para todo el penal”; así, la difícil comunicación entre los presos mismos se vuelve por completo impracticable con el mundo exterior. Un aparato invariablemente encendido, que no transmite más que ruidos vacuos, y un recluso como simple receptor de ellos, sin posibilidad de responder u objetar nada de lo que oye: ésa es la dinámica carcelaria que la novela nos exhibe. Ante esto, no parece difícil concebir que varios de los personajes que han estado presos, al salir, no logran entender el exterior, lo de afuera es siempre excesivo en relación con las limitaciones carcelarias. Se han vuelto incapaces de interpretar el mundo.

La prisión literaria de Ricardo Piglia

Hacia mediados del siglo XX, Adorno advertía sobre “la prisión al aire libre en que el mundo se ha convertido”.[3] Esta reflexión alcanza, por supuesto, a nuestros países latinoamericanos. En La ciudad ausente, novela que Piglia publica en 1992, encontramos muchas de las características carcelarias tematizadas en la novela anterior, pero potenciadas ahora al abarcar a toda la sociedad. La ciudad se nos presenta como un sitio donde se desdibujan los contornos entre el interior y el exterior, y donde lo privado resulta imposible ante una iluminación artificial permanente. De hecho, uno de los personajes compara el cristal de la ventana por la que ve la ciudad con una pantalla de cine; este símil identifica el espacio urbano, por un lado, con la idea de actuación, de artificialidad, donde cada ciudadano debe cumplir el papel que se le ha otorgado, pero también sugiere la idea de que los habitantes mismos pueden ser observados por un espectador etéreo cuya prerrogativa le permitiría ver sin ser visto. La equivalencia con el panoptismo es inmediata. La incomunicación se presenta también como otra de las características a las que aspira el poder en la novela, así lo leemos: “Todos parecían vivir en mundos paralelos, sin conexión”.[4] Encerrados en sí mismos, sellados por el individualismo, acaso la forma más alarmante de reclusión planteada en la novela, su prisión termina por abarcar toda su existencia. El encarcelamiento, pues, rebasa la mera reclusión física. La celda puede llegar a ser metafórica mas no por eso con efectos menos devastadores. Se trata de un sistema carcelario que desborda los muros de piedra, los barrotes de metal, para ceñir a toda una sociedad y encerrarla en una dinámica opresiva que, al ser intangible, resulta más catastrófica.

La ciudad ausente se aproxima en distintos momentos a la ciencia ficción, a una novela distópica al estilo de los clásicos de Orwell, Huxley o Bradbury. El método de intervención sobre la memoria sería un ejemplo perentorio de esto: se trata de una memoria de tipo artificial, donde los recuerdos son sustraídos o colocados, según convenga; el dominio telepático del Estado sobre los ciudadanos sería otro: “todos pensamos como ellos piensan y nos imaginamos lo que ellos quieren que imaginemos”. Ésta sería la última etapa de la prisión sin rejas, una donde el control mental es total; pensamiento e imaginación supeditados a los mandatos del poder. Salgamos un momento de la ficción para hablar de un hecho real. En 2002, la Universidad Estatal de Nueva York publicó que sus investigadores habían “logrado controlar el desplazamiento de ratas, con sensores implantados en el cerebro, desde una terminal informática situada a 500 metros”. Los investigadores adujeron que gracias a esto se abría la posibilidad de utilizar ratas «autómatas» para operaciones de riesgo, como detectar minas. Esta noticia sugiere que, más allá de la indudable infracción ética que ello conllevaría, la manipulación a control remoto de un ser humano no estaría tan lejana. Quizá más preocupante es que la literatura de Piglia nos deja ver que de hecho ya está en marcha y sin la necesidad de aquellos sensores robóticos. Los mecanismos carcelarios han hecho su trabajo y la paranoia, los pensamientos circulares, la repetición paralizante, el vivir al día sin conciencia del futuro, la pérdida de la voluntad, la incomunicación, el individualismo, una pantalla siempre encendida, no son exclusivos de la prisión como edificación, sino que alcanzan a toda la sociedad. Todos estamos presos. Los autómatas ya están aquí.

Las urbes ficticias de Piglia en obras como Prisión perpetua o La ciudad ausente pueden resultar una advertencia que alcanzaría a cualquiera de nuestras ciudades o, peor aún, una narración del resultado postrero al que arribó el proyecto de la urbe moderna: una ciudad-cárcel, la prisión al aire libre en la que ya vivimos. Una nueva dictadura, la del Mercado, nos asalta. Un totalitarismo blando, en palabras de Magris, nos acecha. A pesar de estas condiciones, la literatura pigliana siempre tiene un borde al cual asirse, un recurso de resistencia y que, aunque de entrada parece paradójico, surge desde dentro de la prisión. Es, pues, la idea de narrar, de contar, de no permanecer callados. Lo interesante es que este pensamiento rebasa el interés anecdótico de lo que se cuenta o cualquier fin pragmático. Se trata de contar, simplemente de eso: “La cárcel es una fábrica de relatos. Todos cuentan, una y otra vez, las mismas historias. Lo que han hecho, pero sobre todo lo que van a hacer. Se escuchan unos a otros, compasivamente. Lo que importa es narrar […]”. En estas novelas, mediante la ruptura estructural de los planos narrativos también se logra un resquebrajamiento de la barrera entre ficción y realidad, el linde se hace poroso, y un cuento de Arlt, un relato generado por la máquina al interior de La ciudad ausente o las propias obras que leemos aparecerían en el mismo nivel. Finalmente, Piglia nos desafía a dar el siguiente paso, uno en el que el lector pondere aquellos relatos también en un nivel igual al de su existencia. Acaso el mismo gesto que realizó aquel prisionero de la anécdota de Piglia con la que inicié este escrito. Es ésta una salida figurada de la prisión en la que nos encontramos, quizá la última oportunidad de escape que nos queda.

 

Por Mariano Hernández García
 
La prisión literaria de Ricardo Piglia
 
[1] Ricardo Piglia, Prisión perpetua, Barcelona, Anagrama.

[2] Michel Foucault, Vigilar y castigar, México, Siglo XXI, 2009.

[3] Theodor W. Adorno, Crítica de la cultura y sociedad I, Madrid, Akal, 2008.

[4] Ricardo Piglia, La ciudad ausente, Barcelona, Anagrama, 2010.

Written by La Mascarada

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