A un escritor le está permitido componer fábulas, pero no puede saber cuál es la moraleja.
Rudyard Kipling
En un bosque muy pero muy cercano, vivió alguna vez un tlacuache humano.
Pero comencemos bien nuestro relato, ¿ustedes saben, chicos, lo que en verdad es este animalito, que además de tener cola prensil, y dos pies y dos manos, tiene una bolsita donde caben, desde el mayor al menor, todos los hermanos?
¡Curiosísimo animal! —Pensarán. Pero mucha atención deberán poner, y al final, la diversión en saber se convertirá.
Todo comenzó el día feliz en el que una familia de tlacuaches salía de entre los pedregales a tomar sol para calentarse, pues las noches en el bosque hacen a todos resfriarse. Y como entre esos animales no se estila a usar ni suéter ni chamarra, buscan los rayos amarillos para calentar sus pelos y sus manos sin garras.
Como cuatro estatuas estaban Madre Tlacuache y tres hermanos. Pegados a un encino blanco que los movía a cada hora para que no les diera la sombra. Pero hay otras oscuridades, queridos, como los pensamientos negativos y también los malos entendidos.
Una de estas sombras aéreas vino a quedarse en el más pequeño tlacuachito. Y sin avisar comenzó, sin compañía, a caminar y a caminar.
—Estoy aburrido de ser lo que soy. Buscaré algún modelo a seguir aunque me tarde diez años, empezando desde hoy.
Vio entre las piedras una musaraña, pero se alejó rápidamente al ver que su desayuno consistía en ingerir golosamente no pocas alimañas.
A una serpiente de cascabel observó mientras reptaba buscando un tlacuache para comer. —¡Caramba, que yo soy tlacuache! —No perdió tiempo en correr.
Así siguió por las brechas y los caminos esperando encontrar un cambio en su destino. Se dio cuenta al andar, que en sus patas traseras iba y con sus manecitas extendidas se quitaba matorrales que le estorbaban. Aunque de hábitos nocturnos, nuestro amigo lo pasaba de día tan bien que el sueño no llegaba.
—Un cambio mayor siento en mi ser, ¿tendrá algo que ver con tanta gente que se disfraza para correr? En mi bosque, diario veo hombres corriendo en mallones y mujeres usando ropa de colores chillones. ¿Me estaré convirtiendo acaso en uno de ellos? ¿Debería de tener un nombre propio? Pero… ¿Y qué tal Mateo?
Ese día el tlacuache Mateo nació, para sorpresa de toda la fauna que en el bosque existió.
Muchos días y muchos meses pasaron y la familia de nuestro protagonista no volvió a darle vista. Mateo ahora corría muchos kilómetros en la pista y sólo eso le importaba, ni los árboles ni la naturaleza, que se le hacían cosas simplonas: bajezas.
¡Oh, tlacuache pazguato! ¿Qué no te das cuenta que más humano eras en tu feralidad? Vuelve hermano con los tuyos y deja de aparentar, que mal se ve, quien no sabe bello ejemplo tomar.
Por Jesús Martínez
