Abrojos y Rimas: Fernando Corona

DESCENSO A MITLA

(fragmento)

 

 

Conócete a ti mismo en estas redes

de paz, de sombra, de quietud, de piedra.

¡Silencio en este sueño solitario!

En estos suelos en que todo acaba

apenas el rumor se arrastra lento.

Debajo hay una sábana en que duermen

la luz remota, nuestros simples trajes

de vivas escafandras obstinadas

en su constante paso de extraviado.

Y todos nuestros ecos también callan,

aquí se construyó un tenaz sosiego.

La muerte vive como sol de otoño

filtrándose despacio entre las hojas

hasta verlas morir en esta tierra

donde el mínimo vuelo estacionado

vuelve a nacer con un plumaje nuevo.

Sepulcro que no muere es esta ruina.

Debajo de esta arena hay más arena

formando renovados laberintos:

los pies, los pasos vuelven a extraviarse

porque ningún mortal conoce el tramo

donde no existen puertas ni senderos.

Al sitio primordial sólo se llega

sin rastro mortecino en las pisadas.

En estas galerías va la muerte

(la sombra que llevamos en la sangre)

clamando su pregón en las paredes:

los muertos son la voz que se ha apagado.

Llego a esta soledad a reencontrarme,

a ser lo que no fui en otros caminos,

a ver la grieta que se abrió en mis venas,

a oír la voz que siempre fue silencio.

Desciendo y cubro de ansia mis temores,

de aire mi prisión, de ojos mi ceguera;

aquí es donde mi piel se vuelve sombra.

No hay muro que al contacto no se caiga

partícula a partícula en escombros,

ésa es la ley: se acaba la existencia,

mas no de golpe, sino en la caricia

sutil como pañuelo al despedirse.

Vengo a escuchar el eco de mí mismo;

tanto esperar los días y las noches,

las caminatas firmes y los viajes,

cigarros, tragos, ascetismos y años,

cadenas de verdad y de mentira,

las largas compañías, las ausencias,

los besos, el amor, la sed, el odio,

tanta conversación, tantos silencios,

para llegar al antro de la ruina

y ver que no hay más rostro que mi imagen

distorsionada y tenue por el polvo

y por el paso desgastado y sucio.

No hay más, estoy yo solo en esta cueva,

mi corazón no pesa más que el aire

o que esta pluma que olvidó el cenzontle.

Puedo iniciar mi condición de escriba,

de tinta destinada al largo aliento

como también a los registros mudos.

Hay pasillos aquí que están vacíos

y no murieron pese a tanta huella

cansada ya desde antes de ser paso;

hay ruidos de prisiones clausuradas,

de metales, de voces extinguidas,

del hombre insuperable en su abandono

como una piedra nunca descubierta

detrás de las canteras de la noche.

¿Qué puedo yo saber aquí debajo

cuando apenas bajar es enfrentarme

al toro de mi ser y de mis nervios

desesperado y torpe en el olvido?

El que llegue a beber de estos aljibes

debe saber abrirse a la intemperie

de la desnuda piel bajo el espíritu;

no se apaga la sed con esos sorbos,

pero alcanza tal vez para el espejo.

De pronto este descenso es un fantasma,

un merodear a solas por pasillos,

un quedarse escondido a ver las puertas

y saber que murieron hace mucho

o acaban de caer sobre sus goznes

o quizá no existieron más que en sueños

y uno sigue incapaz de dar el paso

hacia un afuera siempre amenazante.

Los vivos vienen a tocar los muros

con tacto emocionado de extranjero,

vienen y parten con la misma risa,

sus ojos ven tan sólo viejas piedras

aún en pie como reloj sin horas.

Mi pulso tiene el ritmo del silencio,

antes sonaba como suela exhausta,

a veces como voz, otras como ave

y casi siempre como rueda herida.

Aquí vine a callar con las paredes,

a hincarme, a maldecirme, a ver si el polvo

no es otra historia que un itinerario

ya reducido al patio del olvido.

Me quedo como un sordo a media fila

de un concierto de acordes impalpables,

oscuro como un poro en sus raíces,

oscuro como sangre a media noche,

oscuro como túnel pasajero,

oscuro como informe de tinieblas.

Y de repente voy al mismo inicio,

a la entrada de este árido inframundo,

a ver si puedo convocar marchantes,

ponerme en el vestíbulo, incitarlos:

“¡pasen, pasen al antro del hastío,

donde todo ya fue, donde hay ceniza,

donde la ruina es el respiradero

para no ahogarse en miedo ante la nada!”.

Pero conozco bien estas cavernas,

no hay sombra en este mundo que no viva

duplicada en escala en mis silencios.

No hay entrada siquiera, ni un resquicio

por donde hacer salir o entrar el paso.

No soy sino el ayer de un hoy que vuelve.

 

 

Del libro Descenso a Mitla

México, Emergente Gestión y Promoción Cultural, 2016

POEMA XIX

De pronto hay un jilguero que desciende a mis pies,

la noche se ha tornado decisiva y remota.

 

Los árboles repiten su fronda en cada prado,

los pájaros renuevan partidas en sus plumas.

 

Presido un abandono de hojas consumadas.

Presenta la llovizna su versión del otoño.

 

El ave es tan antigua como un ala del cielo,

como un ángel marchito, como un atrio olvidado.

 

De pronto hay un jilguero que desciende a mis pies,

la noche es quizá un trazo de su breve plumaje.

 

De abismo, paz y cárcel ha enfermado el jardín,

las rutas hoy concurren en un patio de piedra.

 

Los trinos ―¡qué de veces he ensayado su canto!,

¡cuán vanas las palabras, los labios!― ya comienzan.

 

¿Por qué será que el tiempo nos convence en su ruta,

si es cifra que transcurre, si las cifras no existen?

 

Un rostro de paloma persevera por siempre

prendido de una estrella, conservado en los charcos.

 

He visto tus caderas, tus pechos revelados:

perviven desde siempre para siempre en la tierra.

 

Las formas de tu cuerpo, de tus ojos desnudos,

se ocultan con frecuencia tras las rejas del campo.

 

De pronto hay un jilguero que desciende a mis pies,

tu voz de ángela pura, sin palabras, emite.

 

Entonces hay tus ojos tras cortinas y brumas,

tus piernas delirantes bajo manta de arbustos.

 

Entonces son tus manos dos gaviotas o incendios

o llamas que calcinan a un guardián de las playas.

 

Entonces todo aspecto de las cosas del mundo

te guarda y te traduce, te examina y te imita.

 

Las hojas, los caminos, los rituales, los siglos

no son sino un recuento de tu nombre y tu sombra.

 

No hay momento que nazca, no hay instante que muera:

nihil novum sub sole, cada piedra es tu rostro.

 

De súbito una lluvia repercute en mi olvido:

las gotas son tus dedos sobre el labio y... silencio.

 

De pronto hay un jilguero que desciende a mis pies,

junto al charco y la piedra manifiesta su canto.

 

 

Del libro Ángela

México, Fundación de Trabajadores de Pascual y del Arte, 2002

CANTO SOBRE LA MUERTE DEL MENOR SABINES

(fragmento)

 

 

Tenemos una dueña intimidante,

la gran casera de esta mansión de encrucijadas.

Parece que está lejos todo el tiempo,

que nos deja retozar en nuestros patios.

Así pasamos los días, los segundos,

dejando que envejezcan de polvo nuestros pasos,

y cuando entra la señora a pedirnos la quincena,

la quincena existencia, la quincena vida,

gruñimos con espanto porque el tiempo no es nuestro,

porque jamás le preguntamos si el reloj en el muro

era para adornar el paisaje o gozar el presente.

Cuando entra la casera a saludar con su sombra

también nos olvidamos de su anfitriona causa:

nos pide abandonar nuestra mansión de espejos

no como el que exige marcharse al inquilino

sino como el que invita a ver el sol de la mañana.

Esta señora que maneja a los hombres como esclavos

en realidad se sienta afuera de la casa

con su silla de cuero y maderones viejos;

y está ahí todas las noches sonriendo por nosotros,

sonriendo porque deja vivir sin perturbarnos

y porque cuando quiere enseñarnos a andar fuera de casa

le decimos tirana y nos vamos a esconder en cualquier tumba.

 

 

Del libro Canto sobre la muerte del Menor Sabines

México, Letras Vivas, 2003

Fernando Corona (Ciudad de México, 1978)
Licenciado en Letras Clásicas y Maestro en Letras Latinoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se ha desempeñado en la Biblioteca Nacional de México y El Colegio de México como investigador. Ha enseñado griego y latín en la UNAM y ha publicado más de una docena de títulos, entre los que destacan: (en poesía) Cantos de silencio, 2000; Ángela, 2002; Canto sobre la muerte del Menor Sabines, 2003; Los trenos de la iglesia de piedra 2004; Letras de sombra, 2005; Oscuros laberintos, 2006; Amatorio, 2006, (en cuento) El roble, 2004; El libro de los libros, 2015, y la edición crítica de la Antología poética de Alicia Reyes, Fondo de Cultura Económica, 2014. También ha sido secretario general y actualmente vicepresidente de la Asociación de Escritores de México, A. C. (AEMAC).

Escrito por La Mascarada

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