Salvajes costumbres sudamericanas

y el mate compartido mide horas vanas.

Jorge Luis Borges

 

mate2Mi primer acercamiento a la yerba mate se lo debo al fútbol. De pequeños, mis primos y yo nos sentábamos en la sala de la abuela para ver por televisión los partidos de equipos argentinos y uruguayos. Desconocíamos el origen y la función de aquello que parecía un pocito de madera con una antena corta de metal, y que los jugadores banqueados sorbían con fervor. Aquel brebaje misterioso me maravilló poco menos que los regates que el Príncipe Francescoli impartía con la camiseta de los millonarios.

Años después, supe que sus orígenes se remontaban a la selva guaraní, y que era sumamente apreciado por sus beneficios para la salud. Desde lejanos tiempos, los conquistadores quedaron asombrados ante la resistencia que mostraban los nativos cuando lo bebían.

No lo probé hasta la universidad, cuando por motivos románticos y tal vez decepcionantes llegó a mí un mate de la Argentina. Compré un cilindró térmico de metal, un cuarto de yerba mate en el pasaje que está detrás de la catedral (y que, me di cuenta después, vendían al valor del oro) y fui a ese lugar que llaman “Espejo” en el campus central. Luego de cebarlo muy torpemente, lo llevé a mis labios, era algo fuerte y amargo, era algo así como “metal ardiendo”, diría Rimbaud.

Luego vinieron otros mates: de vidrio, de madera, de calabaza, y otras marcas de yerba; Pajarito, Piporé, Las Canarias, Superior. Yo no me considero un experto pero sé que a mí me funciona perfecto la yerba Rosamonte, y que el mate que ahora uso con más frecuencia es el de hueso.

En lo que concierne a las bombillas o bombillo, esa pajita que por lo general es metálica, prefiero las de alpaca a las de otro material, pues no se oxidan y el sabor de la yerba no cambia, por la misma razón. Poco diré de los mates de porcelana que se rompen de tan sólo mirarlos, o de los bombillos de madera que se tapan y después se convierten en piezas de ornato.

De la selva también llegó el uso del tabaco, específicamente del Brasil, donde las hojas se molían hasta que un polvillo muy fino queda en el mortero. Luego se coloca en un recipiente y dos personas con dos varas huecas de más o menos treinta centímetros las ponen dentro. Uno sopla y el otro aspira con fuerza. Así se usaba de la manera ritual.

El día de hoy poco se usa, las tiendas especializadas no lo conocen y en Europa se comercializa raramente. El rapé, que antaño fuera símbolo de alcurnia y sociedad, hoy se confunde con el vicio vulgar de la cocaína.

En la Ciudad de México hay tres cosas que se miran de mal gusto: la literatura (no confundir libros con literatura, los primeros se venden en las boutiques cuya propaganda es sobajar a los no lectores y endiosar a los que compran libros de moda que, por lo general, cuestan unos cuantos cientos de pesos), el rapé y beber yerba mate. Alguna vez me preguntaron que si al tener estos gustos extravagantes me sentía como un extranjero en la ciudad; yo no puedo ser otra persona que no sea yo mismo, es decir, un defectuoso ciudadano cuyo buen gusto es señalado como vicio, las más de las veces.

 

Por Jesús Martínez 

 

mate

Escrito por Jesús Martínez

“Sutiles cuestiones trato, resoluciones graves comprehendo, perfectos libros amo”.

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