Bestias o el ejercicio de la remembranza

Bestias fue publicado por primera vez en 1917 y traducido para la colección Licenciado Vidriera de la UNAM en 2018. Se trata de un libro fragmentario, de evidente raigambre verista y simbolista escrito en prosa poética como buena parte de la producción literaria italiana mejor lograda durante las primeras décadas del siglo XX. La falta de cohesión temática es evidente desde el principio, pues se trata de un libro que se construye como la remembranza de momentos concretos de algún punto de la vida del narrador. En este libro de una belleza delicada, se conjuga una eficacia expresiva y narratividad constantes a la par de un lenguaje sumamente poético con estampas de Siena, ciudad donde toman lugar la mayoría de los fragmentos: las calles, el campo y la naturaleza serán el escenario de estos recuerdos.

Este libro trabaja sobre la reconstrucción de la memoria para concluir en revelación epifánica que es dada por la aparición de algún animal en cada fragmento. Pensando un poco en la tradición de los bestiarios, el ejercicio que realiza Tozzi va aún más allá de la atribución de propiedades y características maravillosas a sus bestias. Estos animales, que van desde una termita hasta un enorme oso, tienden a ser el reflejo de una verdad profunda y manifiesta, ya sea en la realidad sensible y material que nos presenta el autor o en la explicación de una emoción humana experimentada por el narrador. Sin embargo, es claro que sólo a partir de la escritura, del ejercicio de recuperación de la memoria, que aquél animal aparecido de pronto era un reflejo del mundo interior; pareciera que todas las palabras desembocan en su representación animal.

Los pájaros se presentarán constantemente como un recordatorio de la imposibilidad de la libertad, la posesión de la amada y el deseo sexual. Ya sea libre como algún petirrojo cruzando por el cielo de la tarde o reprimido en una jaula que será agitada violentamente para llamar la atención de la mujer deseada.

Las aves y los insectos, serán también recordados a partir de su sonido, como una especie de necesidad del artista por escuchar su propia voz, por mirarse a sí mismo. La naturaleza y el diario devenir en este libro nunca se presentan callados o inmóviles: el pasar de las nubes, el crepitar de las fogatas, el agua o el movimiento de las ramas de los árboles, los murmullos de la gente por las plazas, el paso de las carretas, las conversaciones distantes nos recordarán la importancia del sonido en el mundo, como una suerte de unificador de la realidad, un recordatorio del movimiento caótico que sólo a través de la memoria se nos presenta en su unicidad.

Los 69 fragmentos que componen este libro, y que parecen no poseer ningún orden claro, exigen del lector paciencia y relectura. No se trata de fragmentos progresivos, es decir, se trata de fragmentos de la infancia y de la vida adulta pero no siguen una distribución lineal; los animales que en él aparecen no tienen tampoco ningún ordenamiento específico en cuanto a su tamaño o representación; será la ciudad, sus personajes cotidianos y el campo los que servirán como andamiajes que nos permitirán reconstruir, más o menos, la totalidad del espacio sobre el que se rememora.

En este ejercicio tozziano de remembranza, se ha querido ver una suerte de anticipación de las corrientes literarias psicoanalíticas que tendrán auge a mediados del siglo XX. La construcción a manera de mosaico del libro, y la imposibilidad de distinguir la figura del narrador del autor, hacen de este material un interesante ejercicio confesional que al mismo tiempo puede ser representativo de cualquiera, pues las emociones y pensamientos que en él se presentan son tan íntimos y humanos que son universales.

Durante cierto pasaje, cuando Tozzi rememora la noche en el campo y las arduas jornadas de los trabajadores, aparecen las ranas como una plaga, arrojadas a un pozo, aplastadas por una piedra, cegadas por carbones ardiendo o en fila a la orilla del camino como guías metafísicas hacia la noche para expresar la dualidad de aquél segador que prefería pasar los descansos leyendo y comentando El Orlando Furioso o asesinando cruelmente a las ranas, interrogándonos, como lectores, cuál es la esencia del ser humano, su rasgo más común: la violencia o el amor.

A pesar de la aleatoriedad que podría caracterizar una primera lectura, existen animales y pasajes que conforman puntos de inflexión, ejes epifánicos del libro y que van dando sentido al collage de fragmentos. Hacia el final de la obra las interrogaciones y exclamaciones retóricas van aumentado, así como la remembranza de otro espacio del ser humano: los sueños. Es en los últimos fragmentos que avanza una suerte de recopilación de las experiencias y los recuerdos para indagar sobre la naturaleza de los mismos, por lo tanto, no es casual que abra y cierre con alondras este ejercicio de remembranza. En un primer fragmento muestra la imposibilidad de la alondra de adaptarse a un mundo transformado por el hombre y cierra con el deseo del narrador de reconciliación con su alma a través de una alondra. El narrador, gracias a este ejercicio de memoria ha logrado dar sentido al caos del mundo que lo rodea.

 
Por Itzel Patricia Ortega
 

Escrito por La Mascarada

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