Retrato íntimo y ajeno: La invasión

Andrea

 

Andrea, encomendada para la tarea, sacó la cabeza del escondite. Comprobó lo que todas rumoraban dentro. Una mancha colosal y blanca se acercaba a la cabeza de Juana, y sin esfuerzo alguno, la apachurraba, dejando el cuerpo deshecho con el relleno de órganos fuera.

Retrato íntimo y ajeno: La invasión

Era el apocalipsis: Un dedo gigante dedicado a aplastar hormigas y dejar los cadáveres sobre el campo de batalla, invitando a sus compañeras a ir por la muerta.

La situación no podía ser peor. Una invasión humana significaba el fin de una era, la experiencia pasada era el más flagrante aviso. Un solo dedo encarnaba una intrusión devastadora.

Justo ahora que los derechos de las hormigas eran escuchados en el mundo, pensó Andrea.

No importa cuánto sus hermanas de otras naciones hubieran luchado, ese ser superior que era el hombre y, sobre todo, la mujer, volvía a ejercer su fatídico poder sobre ellas. No importarían ya las largas marchas, los manifiestos de honor, las huelgas de hambre. Todo volvería a ser como antes: siempre expuestas al deseo del homo sapiens, siempre esclavas trabajadoras, siempre hormigas.

Esto sería, además, un escarmiento para toda esa manga de hormiguitas rebeldes que ha levantado la voz en algunos puntos poco estratégicos del globo terráqueo. Un genocidio de estas proporciones justificaba la posibilidad de que se dieran otros focos de disturbio, en los cuales morirían miles de compañeras alrededor del planeta. Las obreras estaban condenadas por el fatalismo de la especie y por dos o tres hormigas reinas que habían dispuesto sus particulares dictaduras. Guerrear contra ambas cosas era imposible.

¡Qué situación crítica le ha tocado a nuestra especie, pensaba Andrea después de sacar la cabeza un segundo y comprender en el acto que la ofensiva, peor, la guerra, estaba perdida.

 

Anaís

 

Ya no sé cómo llevar esto de las hormigas. Estoy haciendo lo que me dijo Ela, ponerles el dedo encima y dejar un reguero de cuerpos mutilados para que las otras hormigas se espanten y huyan. Recuerdo que las dos nos miramos con cara de tristeza: qué feo matar una hormiga y dejarle el cadáver a sus amigas… Eso pensamos aunque ninguna dijo nada. Y heme aquí asesinando hormiguitas a mansalva y dejando sobre el mantel y la meseta de la cocina cementerios de himenópteros.

Tengo que reconocer que, al mismo tiempo que dolor, miedo a estar infringiendo las leyes básicas de la vida y la naturaleza, hay cierto morbo en mi decisión de poner cada dedo sobre cada cabeza, y dejar un cuerpo más derrotado. Un debate filosófico, silencioso me crece dentro. ¡Como si yo no tuviera nada que hacer! ¡Malditas hormigas!

Retrato íntimo y ajeno: La invasión

Mi guerra fría mental navega entre el inconveniente de tenerlas en la casa —devorando todo sin piedad, abusando de cada golosina—, una fumigación general que las haga desaparecer de una vez —idea catastrófica para mí que me paso la vida definiéndome ecologista—  o intentar la teoría del rastro de muertas que han de aterrorizar al resto.

Si atravesaran el caño del agua y se fueran a casa de la vecina, el problema sería de otro y yo podría volver a mis actividades de rutina, descuidadas por tantos días debido a la invasión de insectos.

 

Andrea

 

Poseedora de la única verdad, Andrea regresó al hueco del que había salido para investigar, y se enfrentó a la mirada inquisitoria de la colonia. En el fondo de la cueva, la reina caminaba rumbo a ella, con paso lento, seguro, que no permitía atajos. En pocos segundos pensó muy bien qué iba a decir. Ella misma estaba espantada, no había salida. Tenía que confesarlo todo.

Una vez que la reina madre se paró frente a Andrea, se le aflojaron las paticas, y dejó que el terror cayera sobre su cuerpo. Nadie tuvo que preguntarle. Descompuesta, con el miedo brincándole en las antenas, comenzó a narrar la escena, noticia de una hecatombe prevista.

—Juana venía de regreso ya, traía sobre el lomo una hojita de lechuga. —dijo Andrea ante la multitud delirante de ansiedad— ¡Lechuga por dios!, si hubiera sido una papa frita, unas galletas brakers, un maní cubierto de chocolate; pero ¿una lechuga? Hoy se muere por demasiado poco…

Andrea describió el dedo gigante cayendo despiadado sobre Juana. La pavura dibujada en su cara, y la obviedad del instante memorable, el fatalismo de su vida… Pudo escudriñar el momento en que la luz se apagó para Juana, y pasaron sobre su alma vencida los fuegos de todas las noches en las cuales durante milenios su familia se había reunido para hacer lo que hacen todas las hormigas: comer y contarse historias. Una vida hermosa destrozada en milisegundos por el dedo de la injusticia. ¡Qué suerte terrible!

La reina, heredera de aquellas hormigas argentinas que una vez se declararon en libertad, rompieron el yugo, y crearon su propia comunidad dedicada a la vida sibarita y al goce pleno del arte —dicen que ayudadas por un can enorme llamado Gran Danés, con brazos y piernas— esgrimió la única alternativa posible:

—Lucharemos.

Pese a su agotador bregar por encontrar un paraíso de comida de fácil acceso, las hormigas se sintieron sorprendidas en el sentimiento del temor a la muerte, trivial suceso para su universo inestable, siempre a merced de los hombres.

Retrato íntimo y ajeno: La invasión

Acto seguido, tragaron la noticia, y se pusieron a preparar las bases de una guerra que habría de durar muchos días y que exterminaría prácticamente a la población de hormigas de casa de Anaís, tal como alguna había preconizado que ocurriría.

 

Anaís

 

Anaís estaba desesperaba. El problema le quitaba cada día más tiempo. Perdía dinero comprando alimentos que se echaban a perder, mutilados de mordiscos y cagadas de hormigas, y peor, de hormigas mismas. Todo había que pedirlo dos veces, y hasta tres.

Ponía su dedo sobre una, otra, otra, y otra. Eso, cada vez que se asomaba por la cocina. Ya no pensaba en la efectividad de la estrategia —a fin de cuentas ahí seguían—, agobiada por la inutilidad de sus esfuerzos, ahora solo deseaba aniquilarlas. Llevaba una semana sin dormir. Las hormigas habían invadido hasta la cama. A estas alturas Anaís sentía que las hormigas eran una plaga, y como tal, había que erradicarla.

La suerte de las hormigas estaba echada.

 

Los días postreros

 

Primeros tres días: La técnica del dedo y los cadáveres…

Segundos tres días: Spray mata insectos rastreros…

Siguiente semana: Fumigación general a la casa, y quizás al edificio…

 

Juicio final

 

El campo de batalla huele a sangre. Las hormigas muertas; y sus madres, sus tías, primas, amigas, hermanas, sobrinas, todas. Andrea ha sobrevivido. Encargada en la vulgar tarea de transformar su sensual estilo de contar historias en voz alta en un pausado modo de rescatar en papel la lucha y el fin de las hormigas contra el dedo gigante de la historia. ¡Que las futuras generaciones sepan a qué atenerse! Por esta razón Andrea fue cuidada durante la noche fatal, definitoria, para que, rediviva, contara los terribles sucesos acaecidos en el verano de 2019 en la Ciudad de México. Se esperaba también que ella se encargara de la nada sencilla tarea de perpetuar la especie.

Andrea tenía todo a su favor: juventud, inteligencia y creatividad. Eso la había salvado. Pero hubiera preferido millones de veces estar en ese campo yermo de vida donde hasta su reina había caída en combate. El de ahora era un peso mayor que la carnicería sufrida: Habían vuelto al punto cero en la historia de las luchas de las hormigas por su libertad.

 

Por Gabriela Guerra Rey

 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de "Bahía de Sal", premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó "Luz en la piel. Cinco voces de mujer" (Huso, España).

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