El café de Berta (segunda parte)

No creo que sepa si le tembló la voz tanto como las piernas. Tal vez se haya convencido de que sus palabras sonaron espontáneas. Si pudiera conversar con ella le diría que se le vio nerviosa. Como dispuesta a burlarse de los ojos de Berta y sonreír y luego salir corriendo. Pero si ella lo supiera, querría repetir la escena para verse insolente, atrevida. Daría entonces otro tono a sus palabras con una media sonrisa. Pero esa actitud tampoco la convencería y optaría por otra, la de un respeto sumiso, quizás, me la figuro: los ojos tímidos en su cuerpo quieto, obediente, las manos juntas y la cabeza hacia abajo. De inmediato se arrepentiría, lo sé, y ya no podríamos pasar de este momento en la historia que le atribuyo a sus gestos.

El café de Berta (segunda parte)

Se sintió inadecuada para el puesto. Con esas botas suyas tan pesadas que nada tenían que ver con la blusa transparente que descubría el color de sus pezones y la curva fina de su cintura en una tarde como ésa, mojada y calurosa:

—Hay dos horarios —le dijo mi patrona—: uno es de ocho de la mañana a cuatro de la tarde y el otro es de cuatro y media a once y media de la noche. Un día de descanso y el sueldo, quinientos pesos a la semana para empezar.

No mostró asombro por el sueldo. Tal vez le pareció suficiente para apaciguar la furia tenaz de sus deudas, ésas que le comían el cuello. Miraba a mi patrona con ojos entusiasmados, escogió el horario de ocho a cuatro. Alguna de esas tardes invitaría a Berta unas cervezas —pude oler la intención en su entrepierna—. Ojalá Berta aceptara su compañía y estiraran la conversación hasta bien entrada la noche. La haría reír, cómo se reiría Berta de sus ocurrencias.

“¿Qué miedos te habitan, Berta? —le preguntaría en un arrebato—. No te preocupes. Aprenderé a consolarte. También cargaré una navaja para defenderte. Qué te hicieron, quién te cambió el gesto, quién le marcó la irónica desconfianza a tu rostro”. Se acurrucaría a su lado y le despertaría las ganas, cuando quisiera sentir la virilidad de una mujer de ojos moros, mezclada con la ternura de un hombre mordisqueándole, cabrón.

Tropezó entonces con las dificultades para elegir la ropa adecuada en su nuevo trabajo. ¿Usaría playeras y pantalones?, como vestía para montar a pelo en la granja de su tía, a esas horas de la mañana cuando la voluntad quedaba suspendida al arbitrio del oscuro instinto. ¿El cabello suelto o recogido? ¿Los ojos de Berta le sonreían?:

—Una solicitud, identificación y comprobante de domicilio. Mañana te espero de cuatro a cuatro y media.

Que la morena la contratara —seguro con esa esperanza entretuvo la noche—. Dieron las cuatro, yo la esperaba, Berta se fue. Llegó a eso de las seis de la tarde con una mueca que se deshacía en disculpas:

—¿Podría entregarle esto a la señorita?, por favor. Es mi solicitud de empleo. Quedé a las cuatro pero siempre suceden cosas, usted sabe. Ahí van mis datos y ella puede llamarme, si le interesa. A mí me interesa, pero…

Detuvo la frase. Cómo se oiría si me contara la verdad, que no pudo llegar a tiempo porque no sabía cuál era su meta en la vida.

El café de Berta (segunda parte)

Le ofrecí el capuchino que mi instinto había leído en su primera visita. Sí, la demoró el vértigo de responder los exigentes reclamos de la solicitud, y ese viso en su futuro la llevó a entretenerse en el recuento: ¿Cuál es su meta en la vida? Los adolescentes que venían golpeándose la cara y las manos en el asiento de enfrente la cuestionaban. “Mi meta en la vida es trabajar para ti, Berta, por quinientos pesos a la semana”. “Mediocre” le sonó tan cerca como las palabras rechonchas que se decían los adolescentes mientras se lastimaban el rostro:

—Curiquichu.

—No, tú, toma por tu curiquichu.

—¿Sí?, entonces qué, ¿muy curiquichu?

Bajó del metro y el viento frío la estremeció hasta sentir el arropo de la imagen de sus primos comiendo elotes alrededor del fuego, en esas tardes en que se sentía protegida, segura de lo que ella era y segura también de que seguiría su rumbo, alguno, que le quedaría claro con el paso de los años y las experiencias que aún no vivía; no como ahora, tan imprecisa entre la gente que sabía hacia donde y porque hacia ahí.

Para qué escribir metas tan ingenuas como ser feliz; viajar; vivir en una playa gozando de atardeceres sobre la arena. O algo más inmediato: sorber el café hirviendo, fumarse una buena charla, despachar el gozo al aire libre… Tampoco podía hablar de sus búsquedas y sus miedos, qué pensaría Berta si leyera sobre las apetencias de su espíritu: besar a tiburón blanco, luchar con anaconda, domesticar a un lobo.

Cuando supo que de seguir así no podría entregar su solicitud ni hoy ni mañana ni ninguna otra tarde, optó por el camino fácil y escribió lo que tenía más a la mano, lo que conocía de cerca y la mordisqueaba persistente: “¿Cuál es su meta en la vida?” “Pagar mis deudas”. Tal cual. Aunque después encimó la palabra “todas”. “Pagar todas mis deudas”, así quedó la frase. Berta no tendría dudas de su intención. Y llenó el resto de la solicitud que me fue entregada, segura de que no conseguiría el empleo. Alguien con esa meta resulta poco confiable. Las deudas, impacientes fauces abiertas y voraces.

El sorbo tibio del capuchino pareció situarla junto a la sonrisa de mi patrona y el resabio de sus ojos cabrones y moros. Con el golpeteo de sus botas debajo de la barra, se despidió del empleo y los atardeceres con Berta. Lo hizo con nostalgia, con ésa que se despierta en la renuncia de lo no vivido; y por un instante quise decirle que el puesto lo ocuparía mi sobrina, que Berta no le hablaría; nada personal. Que su falta de metas no importaba, ni sus deudas; que así es la vida a veces. Pero no lo hice. Le invité una dona para verla desmoronarse entre sus dientes mientras la tarde maduraba lluviosa.

A eso de las ocho entró un joven que, lo supe de inmediato, ordenaría un express. Venía del aeropuerto, se le notaba el cansancio en la sonrisa. Cabello largo, un río azul entre los ojos y el acento extraño que me recordó un viaje que hice hace ya varios años. Le ofrecí un cigarro y le acomodé una historia: un largo viaje de espinas, arenosas caminatas con una tortuga bajo el brazo.

 
Por Claudia A. Ramos Aguilar
 

Escrito por Claudia A. Ramos Aguilar

Nació el día de Natividad y así estuvo a punto de llamarse. O Florentina, como su abuela paterna. El Ramos viene del padre, un ramillete de ocultamientos; y el Aguilar, aquí presente, de una madre cazadora, comerciante. Adriana es el otro nombre que se omite, sin olor de ciruela, es...
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