Retrato Íntimo: Terremoto

Desde que llegué a este país, desde que llegamos —perdí la cuenta de cuántos años hace—, siempre supe que nos tocaría un gran sismo. Vivía con miedo invisible. Por eso me asustaba tanto cada vez que temblaba, aunque fuera leve.

Retrato Íntimo: Terremoto

Han pasado más de treinta años de aquel terremoto anterior que atropelló la ciudad y dejó miles de muertos en sus orillas, comprimidos por las piedras. Lo sé por las historias, los testimonios que recuerda la gente cada vez que se mueve la tierra, al sur, al norte, da igual; no hace tanto tampoco que estamos aquí.

El primer sismo que viví estaba sola; todavía el batallón familiar estaba allá, al otro lado del mar. Yo me hallaba en un cuarto de hotel con un amante ocasional. No notamos que el mundo se caía alrededor nuestro hasta que sonaron las alarmas. Para entonces ya había pasado. Sin daños humanos.

Daños humanos es una palabra que me aterra. Significa muerte. Un día, temo, puedo ser yo la víctima de un daño humano, o alguien a quien quiero, y la sola idea me sacude también.

Desde que estoy aquí he vivido varios temblores. Los primeros pasaron tan rápido que no tuve tiempo de asustarme. Pero aquel de 7.3 grados que me dejó paralizada sobre una pared de la redacción… ¡Fue eterno! Ahí sufrí mi primera taquicardia. Desde esa mañana siempre me dan palpitaciones, es una admonición interior, un alarde ante lo catastrófico. Un aviso de que no estoy preparada; de que nunca lo estaré nunca… La tierra siempre ha temblado en esta región, y sus habitantes parecen haber aprendido a vivir con ello. Tampoco es cierto.

***

Pasó hace unos días. Estaba en una conferencia en un gran edifico, antiguo y magnífico, de esos que parecen estar hundiéndose en la historia: altos pisos, columnas imponentes y decoradas con evidente eclecticismo. Las alarmas sonaron unos segundos antes de que empezara a moverse todo, pero estábamos tan alto que nos recomendaron quedarnos y buscar las zonas de seguridad. Nos atrincheramos debajo de una mesa vetusta estilo europeo y de madera gruesa de ébano. En ese instante solo piensas: “Que no se caiga, por Dios, que no se caiga”. Se escuchaban los silbatos de afuera y el gran ruido que causa la urbe cuando trepida y la gente se aloca. No sé cuántas cosas me dio tiempo a meditar. Me recorría una angustia abrumadora, como cuando sabes que alguien va a morir, quizás yo misma; como una pesadilla que no vivirás para contar. ¡Horror!

Pasaron minutos, quizás segundos; hasta los intestinos se me removieron. Luego llegó la voz de protección civil de que debíamos evacuar el edificio antes de que hubiera réplicas. Nos bajaron por las escaleras (los elevadores estaban atorados). Imponentes escaleras de mármol; mármol roto, desgajado, moribundo. Yo iba bajando con el grupo de periodistas, en silencio, solidarios, cediendo el paso como en una marcha fúnebre. Trataba de comunicarme con mi familia por un minúsculo aparato que se me perdía entre los travesaños de la oreja y solo me regalaba un pito intermitente. Tenía que insistir. Bien sé que las líneas se saturan en momentos así. Ya había aprendido a marcar antes de que terminaran los movimientos para conseguir una línea, pero esta vez había quedado paralizada, no atiné a seguir la rutina.

Cuando pasaba por un boquete enorme de mármol abierto, vigas afuera, y pared a punto de desmembrarse, salió mi madre al teléfono. No podía hablar, pero no quería que se fuera de la línea. El abismo bajo mis pies, con medios trozos de escalones por los que debíamos escurrirnos, me hizo comprender la dimensión de la catástrofe. Pasaron unos segundos eternos hasta que llegué al final de aquel laberinto de escombros.

Retrato Íntimo: Terremoto

—Mamá, ¿están bien?

—Sí hija ¿y tú?

Mi casa era tan vieja como la humanidad, como aquella humanidad revuelta, supurante, que descendía a las calles con el terror en los ojos. Alguien me anunciaba que varios edificios habían colapsado. “Me cago en Dios”, dije recordando a mi abuelito que lo maldecía cada vez que nos hacía una trastada de las grandes. No sé cómo mi casa no se había venido abajo. Esa casa siempre me sorprende, nos ha acompañado en este peregrinaje, a veces horrendo, que es la vida, desde muy distantes generaciones. Ha cruzado el mar, el tiempo y desafiado hasta la eternidad, nuestra eternidad.

—De tu hermano no sé nada. Estaba en la universidad. —Me dijo mi madre.

Prometí averiguar y llegar cuanto antes con ellos. Intenté comunicarlo por mi minúsculo celular que se había vuelto más pequeño que mis manos, y se me resbala entre los dedos mojados de ese sudor nervioso que precede a las palpitaciones. El corazón me retumbaba con un eco que se escuchaba fuera de mi cuerpo.

Mi hermano estudiaba en la Universidad Central y La Universidad Central se había caído casi toda sobre sus cimientos. Me aterraba la idea de que mis padres lo supieran. Caminé tan rápido como pude los varios kilómetros que me separaban de casa, y llegué con ellos. En efecto, no se había desprendido ni una pestaña de aquella construcción antiquísima. “¡Qué raro mundo!”, pensé, y subí las escaleras a zancadas.

La angustia de no saber de mi hermano me llevó a atrincherarme en una esquina del balcón, desde donde podía vigilar las calles contiguas y su llegada. Ahí me pegué el teléfono a la oreja y reinicié la ronda de discar y discar hasta el tedio, hasta el calambre, como un acto mecánico al que me iba acostumbrando. Fumaba un cigarro tras otro y la taquicardia no cedía. Veía algunas ruinas de viejas localidades circundantes y pensé que debía ir a ayudar en las cuestiones de rescate. Mas, la ausencia de mi hermano me había apuntalado a aquel balcón. Sonaron las 12 de la noche en el viejo cucú que nos regaló el abuelo antes de morir, y no llegó. Y las 12 de la noche siguiente, y otra, y otra más. Me sentía culpable por haberlo traído acá. Allá en mi tierra no hay estos peligros. Hay huracanes y carencias, pero no matan. Estaba paralizada, con el trasero incrustado al suelo frío, el teléfono en la oreja y el cigarrillo en la boca. ¡Tan joven mi hermano, cómo pudo hacernos esto? No lo voy a superar, pensaba y las lágrimas se me secaban al borde de los ojos, por la brisa nocturna, antes de que pudieran correr.

¿Por qué no fui a buscarlo? Me aterraba ese amasijo de piedras y brazos, y cabezas y pies enterrados; soy más débil de lo que parezco. Y porque tenía la ilusión tambaleante de verlo llegar. Y llegó; al quinto día llegó. La angustia se me transformó en odio. ¿Cómo es posible que en tantos días no hubiera avisado de ninguna manera? ¿Cómo me hace sufrir esto cuando sabe que me siento responsable de sus vidas en este espacio que se mueve y mata?

Cerró la puerta detrás de sus pisadas y dijo.

—La universidad se cayó, no quedó un ladrillo en pie.

Me levanté de mi sepulcro, de mi suplicio, y fui hasta donde estaba, polvoriento y exhausto. Lo abracé intensamente y luego de mirarlo unos segundos para comprobar que no le faltaba nada, lo abofeteé tan fuerte como pude, con fuerzas que no son mías. Salí a la calle.

Después supe que él sí estaba en las labores de rescate de sus compañeros.

“Habrá que mudarse”, pensé, y las lágrimas, por fin, se me escurrieron hasta la blusa de cuadros que traía desde hacía casi una semana.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de "Bahía de Sal", premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó "Luz en la piel. Cinco voces de mujer" (Huso, España).

Loading Facebook Comments ...