Aquella gran pantalla

Yo era chico pero recuerdo aquellos días con claridad. Son sensaciones que no me han abandonado pese a los años. Están en mí y puedo evocarlos junto al olor a bencina del Carusita con el que mi abuelo encendía los L&M, o el gusto de las salsas de mi abuela.

En aquellas semanas el pueblo se vio envuelto entre la angustia y la euforia. Casi nadie dormía por las noches, durante el día el único tema de conversación era la llegada del cine. Los mayores aprovechaban la fresca nocturna para sentarse en las veredas a fumar y buscar alternativas que ayudaran a la proyección. Los chicos no participábamos de las charlas, jugábamos a la pelota o a las escondidas. Me las ingeniaba para pasar cerca del grupo adulto y escuchar alguna frase suelta. “No quiero morir sin ver una película aquí”. “Tal vez si es un éxito podrían construir un cine y…”.

Los hombres dialogaban por un lado, las mujeres por otro. En casa mis padres no hablaban mucho del tema. Es que ambos sabían que antes de la película estaría el “Noticiero Argentino”. Una de las pocas veces que se charló fue durante algún almuerzo o cena, mi madre no tuvo medias tintas.

—Yo también quiero ver la película, pero saber que ella va a estar en la pantalla me molesta. Ella y él —terminó reforzando la frase.

Mi padre, que comía tranquilo, levantó la vista, se sirvió algo de vino. Con tono suave dijo:

—Cuando ellos no estaban en esta mesa tomábamos agua caliente como cena. Por eso te pido, Celia, llamalos por su nombre.

—No puedo me da…

—Evita y Perón, carajo —dijo mi viejo y azotó la mesa con la palma derecha.

Mamá rompió en llanto y nunca se volvió a hablar de esas cuestiones. Veía a mi madre en distintas horas, arrodillarse ante la imagen de la virgen y rezar. Estaba seguro que pedía por la no proyección de la película. Como contrapartida yo tomaba la bici que me habían regalado en la municipalidad para el día del niño y me iba a la iglesia para pedir que lo del cine se hiciera. Entraba en esa penumbra culposa, me acercaba a un reclinatorio y apretando las manos pedía que no escucharan los rezos maternos. Ante la Virgen agachaba la cabeza, me daba terror mirar a los ojos, y repetía mi solicitud.

Aquella gran pantalla

El proyector llegó al pueblo antes que los técnicos y los dueños del film. Lo trajeron en un Beresford al que guardaron en el taller del ferrocarril. Bajaron la máquina entre ocho hombres, la colocaron en una tarima y cerraron con llave. De custodia dejaron a Reyarte, un grandulón de dos metros y medio, con una espalda tan ancha como nadie podía creer. Al menos así lo recuerdo.

No sólo los chicos nos acercamos para tratar de ver al proyector entre las hendijas. En una de esas excursiones me acompañó mi padre. Fuimos en su moto y llevamos linterna. Apenas pudimos visualizar un bulto tapado.

Al regreso pasamos por el almacén de Don Braulio. Papá me autorizo a entrar con él. Braulio había sido uno de los ocho en bajar la máquina. Era miembro de la unión vecinal, con algunos contactos en el justicialismo.

—¿Pesa? —le dijo mi viejo sin preámbulos.

—Como diez toros —respondió sonriendo—. Lo importante es que ya está acá. Mañana llega el gerente de la Sono Film, los técnicos.

—¿Estamos complicados, no? —Dijo mi padre y apoyó las manos sobre mis hombros.

—Tiene algunas exigencias difíciles de resolver, pero la Eva ya les dijo que no quiere ningún pueblo que no conozca el cine.

Sentí a mi padre temblar, tomarme con más fuerza, suspiró aliviado. Saludamos y volvimos a casa. Antes le compramos a mamá la Radiolandia y un ramo de flores. Sabíamos bien que al momento de enterarse que habría cine, todo le parecería injusto.

Cenamos en silencio, estoy seguro de que mi vieja sospechaba que sus rezos habían resultado inútiles, pero yo no iba a admitir mérito alguno en esa consecuencia. Con papá cambiamos miradas cómplices, luego de cenar salimos a la charla, los juegos. Fue esa noche que escuché el nombre del cura.

—No podemos perder más tiempo, hay que hablar con el padre Luís, ya mismo.

El cura era un hombre que desanimaba las movilizaciones populares que no fueran los vía crucis. Desde el púlpito había invitado a no concurrir a la función, lo oí en cada sermón dominical cuando mi madre me imponía acompañarla a misa. Con la llegada del presidente de la Sono Film y los técnicos, se coordinó la reunión en el salón de la sociedad de fomento. Mi viejo fue uno de los treinta concurrentes. Mientras duró la reunión mamá no dejó de estar arrodillada rezando. Teniendo ella las imágenes católicas ocupadas, no pudiendo ir a la iglesia a esas horas, busqué el diario y me refugié en el cuarto. La portada tenía la foto de Evita en un balcón. El pelo recogido en rodete, la mano elevada en el aire. No recuerdo el título pero sé que le pedí por la película. Si era necesario estaba dispuesto a devolver mi bicicleta, a no buscar el regalo de fin de año en la municipalidad.

Mi madre ingresó al cuarto sin preámbulos, intenté ocultar el diario como pude. Por fortuna ella sólo buscaba la ropa sucia. Papá llegó poco después del horario para la cena. Estaba eufórico y preocupado. Los de la Sono querían un lugar grande para la proyección. Tras mucha conversación determinaron que la plaza era un buen sitio. Don Braulio debía convencer al cura para que prestara los bancos y sillas de la iglesia. Mi madre dio un respingo.

—¿Y el padre Luís aceptó? —Dijo como si aquel acto fuera de un servilismo endemoniado.

Mi viejo tragó saliva, puso la mejor cara de inocente, jamás le vi tanta calidad de actuación.

—Bueno, de alguna manera lo aceptará. A fin de cuentas después de tantos vía crucis, un poco de diversión no viene mal.

Mamá no tuvo el decoro de poner cara, frunció el ceño y lanzó:

—¿Diversión estando ella y él? —Arrojó la servilleta sobre la mesa.

Miré a mi padre, ninguno de los dos dijimos palabra, sabíamos que Evita y Perón nos habían dado una alegría desconocida.

Aquella gran pantalla

—Ahora el problema es la pantalla —siguió mi viejo ignorando el malhumor femenino. En la plaza no hay árboles ni postes para atar el lienzo que hará de pantalla. Tiene algo más de dos metros, y con los tensores —hizo una pausa—… Estuvimos midiendo y es imposible. Necesitamos algo donde proyectar.

Fue allí cuando hablé, no medí mis palabras, me salió del alma.

—Reyarte, pongamos a Reyarte.

Convencerlo no llevó tiempo. Aquella noche de verano, bajo un cielo limpio remendado con estrellas, hubo función de cine. Sentado entre mamá y papá sentí como se aceleraba el corazón al oír el arranque del proyector. La luz llegó a la espalda de Reyarte, ahí estaba Eva en su despacho dándole la mano una mujer, luego acariciando un niño. Mi vieja bajó la vista, mi viejo hinchó el pecho. Eva habló, nos habló, yo la observé más hermosa que en el diario.

La camisa blanca de Reyarte tenía algunas manchas rebeldes que de tanto en tanto le daba un dudoso matiz a “Dios se lo pagué”. Fue una noche deliciosa. Los de la Sono Film no podían creer que aquel grandote fuera una pantalla. Poco importaron las arrugas en la cara de Arturo de Córdova o que a Zully se le notará un leve sudor no fílmico. Qué importa si mientras pasaban los títulos el gigante se dio vuelta pensando que había terminado la función. Qué importa si aquella noche, en el pueblito, el cine tuvo un nombre, Reyarte.

 
Por Marcelo Rubio
 

Escrito por Marcelo Rubio

Escritor argentino nacido en 1966. Autor del libro Bajo el signo de Eva (Textos Intrusos) y de la novela Lo que trae la niebla (Indómita Luz).

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