Retrato ajeno: Hay pueblos que saben a desdicha

“Hay pueblos que saben a desdicha”. Ella venía de uno de esos. De un pueblo que en los últimos cien años había tenido tantos nombres que ya no se sabía cuál era el verdadero. De un lugar en el que los padres soltaban a sus hijos en medio del campo desde que daban el primer paso, —porque los hijos para algo sirven —decían—, para cultivar la tierra y arriar las ovejas o amasar el maíz.

Su vida fue tan desdichada como la del pueblo. Le pusieron Lupe. No al nacer. En aquel momento nadie se acordó de anotar su fecha de entrada al mundo, ni de ponerle un nombre. Pero el día de la Virgen cayó un rayo a unos metros de ella sin tocarla y los habitantes de Yanga quisieron ver aquello como un milagro. Ese día la bautizaron. Para ella el suceso, contado desde una existencia octogenaria, era una desgracia. Estaba segura de haber preferido no nacer.

—¿Y entonces por qué no se quitó la vida?,—le pregunté esperando una aclaración divina, pero a ella todavía le quedaba algo esencial, la fe—. Eso hubiera sido pecado, mija.

Lupe vivió ocho décadas condenada a un destino, y tal como le auguró la bruja del pueblo, única persona que fue amable con ella, no se ahorró un solo sufrimiento.

Trabajó desde muy pequeña sacando yerbas malas de las plantaciones, escarbando la tierra polvorosa y seca en la que a duras penas se daban vegetales y, algunos años, un poco de maíz azul. En casa se encargaba de amasar las tortillas, varias docenas diarias, de lavar la ropa de su madre y sus siete hermanos. Más tarde se sumaron los bultos de ropa de las mujeres de los hermanos, todos hombres, todos mayores que ella. Ser niña era lo peor que podía sucederle a alguien, porque en la pampa mexicana no había tiempo para lazos ni muñecas. El trabajo era la única recreación, el objetivo de los que evitaban morirse de hambre.

Cuando tenía quince años y las manos deformes de lavar kilogramos diarios de ropa en un río que corría exangüe desde el volcán, se escapó con un joven de su edad que no tenía un metro cuadrado de tierra donde caerse muerto. Anduvieron haciendo hijos bajo los toldos de los puestos ambulantes que trasegaban los pueblos cercanos a la montaña, de cuyos glaciales llegaba la única agua de toda la región. El día del primer nacimiento, cuando su marido, Juan, vio que había dado a luz una niña, la molió a palos por la irresponsabilidad tan grande de traer hijas hembras al mundo. Los nueve meses del siguiente embarazo se los pasó rezando para que Dios le enviara un varón. No tuvo suerte. Sobrevino entonces la segunda paliza, acompañada de muchas en los días siguientes. Juan, alcoholizado como la mayoría de los hombres de su familia, había perdido cualquier atisbo de piedad, y todas sus frustraciones las descargaba en Lupe y las pequeñas.

Una mañana se echó las dos niñas a horcajadas sobre cada costado y partió rumbo a Yanga. Se les apareció a sus viejos delante de la puerta. La madre, solemne, le recordó que a nadie le había pedido permiso para largarse y parir, así que desde ese momento su carga era suya. —Y por aquí no vuelvas, le espetó mientras le tiraba la puerta de palos amarrados en las narices a Lupe y las nietas.

Lupe anduvo todo el día con las hijas encima, hasta que decidió volver con su marido, que ni siquiera había notado su ausencia. Unos pocos meses y muchas palizas después, la Virgen pareció escuchar sus súplicas. Juan no regresó a casa, ni ese día, ni el siguiente. Nunca más. Para entonces vivían con los padres de él, que, solidarios por la prole, le habían dado un cuartico de tierra en el patio trasero de su casuchita de mala muerte.

Cuando el cuerpo de Juan fue encontrado, quien al parecer durmió una borrachera sobre las líneas del tren y la gran mole de hierro lo sorprendió perdido en el ocaso de sus días, los suegros la obligaron a irse antes incluso de que se celebrara el funeral.

Así que, con las niñas otra vez a cuestas, Lupe partió por los caminos del diablo. Por aquella tierra, y para ella, ya no había Dios a quien pedir un céntimo. Había probado el sabor de la desdicha concentrado.

Había andado unos pocos kilómetros con paso cansino, como quien no quiere que el resto de la vida le llegue, cuando un coche lujoso que venía levantando el polvo de los caminos frenó sobre las piedras a sus pies y abrió la puerta, negra, brillosa y sucia. En ella se reflejaba tenuemente el tórrido sol del mediodía. La suerte de Lupe estaba echada.

Subió al asiento trasero y acomodó a las niñas a cada uno de sus lados. Una década después la encontró una vieja conocida dirigiendo uno de los burdeles de narcotraficantes más famosos del norte. Vestía bien, el hambre era solo un recuerdo lejano, pero aquella tristeza que le había visto el día que su madre la corrió a escobazos de la casa con las hijas pequeñas y el padre al borde del precipicio, se había aposentado en su mirada para siempre.

—No me reconoció, —me dijo Eulalia—. He pensado que prefirió no reconocerme. Lupe debía tener alrededor de treinta años, pero parecía una mujer de cincuenta. Desvencijada, arrugada, torturada por la mala suerte, desvaída, vacía. Iba muy pintada, como si detrás del maquillaje pudiera esconder su miseria. Una de sus hijas se paseaba por el salón en unos altos tacos rojos, como el color de los labios y la blusa. Sobre las piernas, una minifalda negra mostraba el comienzo de unas nalguitas flacas, en formación, que ya sabían todo de la vida. Supe que era ella porque solo cuando la miraba los ojos de Lupe tenían otro tono, uno de soledad y resignación.

A Eulalia le contaron que la otra hija se había fugado con un bandido de la zona que se hizo pasar por príncipe conquistador. Tres días después de que se escaparan juntos ella era una de las tantas prostitutas esclavas que viven en algún punto inexacto entre la frontera de México y Estados Unidos.

También le dijeron que cuando Lupe llegó a este arrabal, salió preñada, y que una tercera hija, que nació con malformaciones, murió unas horas más tarde. Eso me dijo. Y que entonces Lupe por primera vez agradeció a Dios por haber hecho un acto de misericordia.

Después de aquel incidente, su vientre quedó estéril, y ella no resultó mala para poner orden, así que su captor la dejó trabajando en el lugar, con la advertencia de que al crecer las niñas serían suyas. Lupe quedó exenta de ejercer como puta, pero él la violaba cada tanto para recordarle quién mandaba allí. A Lupe en realidad no le hubiera importado gran cosa morirse o que la mataran, pero estaban sus hijas, condenadas en su mismo empleo vitalicio de infortunio.

De Esmeralda, la hija cautiva en el prostíbulo de la frontera, se sabe muy poco. Que trató de escapar varias veces sin suerte. Que siempre que la encontraban la castigaban más fuerte. Así perdió los dientes, un ojo y finalmente la movilidad en la mitad del cuerpo. El impacto en el cráneo provocado por un objeto duro que dicen le hizo un viejo cliente borracho la dejó hemipléjica. Pero nunca la vio un médico. La última noticia que se tuvo de ella fue su fallecimiento, cerca de los cuarenta años, sentada en la recepción del mismo lugar al que la metieron cuando hizo el amago de fugarse por “amor”, como ella llamaba a eso que le sucedió.

Zafiro, la más pequeña, fue la que me ayudó a encontrar a Lupe, a los ochenta años, sentada en un sillón a la puerta de su casa, en el mismo pueblito donde había nacido, mirando cómo los glaciares se le derretían al volcán. Zafiro tampoco tuvo una vida mejor: sirvienta en la infancia, violada a los diez cuando el dueño del lugar se dio cuenta de que los hombres empezaban a mirarla con lujuria. Me habló de El Triste, como le decían a su captor, porque había perdido a toda su familia en una balacera y le gustaba cantar la canción de José José que lo catapultó en los setenta como exitazo musical. Un ser víctima de su enojo, su pasado, despiadado hasta la médula. La torturaba con desaparecer para siempre a su hermana, y a cambio exigía sexo violento y castigador. Solía introducirle objetos por la vagina, se divertía en su dolor físico y eyaculaba con su destrucción moral.

Zafiro estuvo atrapada en aquel infierno hasta los cincuenta años. Jamás se atrevió a dar detalles que pudieran identificar a ninguno de sus captores, ni el sitio, ni el nombre. El miedo impregnaba cada una de sus células. Lo del Triste me lo contó porque este fue muerto en la redada por la cual cerraron un tiempo ese manicomio y, ella y su madre, lograron salir de allí. Habían pasado media centuria metidas en el pozo ciego de la desdicha. No sabían qué hacer con sus vidas. Estaban institucionalizadas en la desgracia.

Zafiro se fue a la ciudad a buscar trabajo como sirvienta, aquella que había sido su primera profesión. Cuando me contó de su hermana Esmeralda, se le resbalaron un par de lágrimas por las mejillas, pero el resto lo sacó fríamente, como quien deconstruye el proceso de fabricación del chorizo verde. Era de acero, una sobreviviente, o eso le gustaba creer.

A Lupe la fui a conocer una tarde invernal de jueves. Llegué hasta su rancho, que desde aquel sillón administraba. Con la plata que ahorró durante el medio siglo que duró su cárcel, se había comprado unas tierras, a las que impidió el paso a cualquier que se hubiera llamado antes su familia. Encargó un sillón —las cosas habían cambiado mucho—, y se sentó a esperar la muerte, que pese a todo no tenía prisa.

El aire frío llegaba desde el hermoso volcán, en cuya cumbre la nieve supuraba. Lupe se tapaba la boca con una estola viejita tejida en lana. Por encima, unos ojos donde cabían todas las desgracias del mundo. Alrededor, millones de arrugas, como mantarrayas cruzando el océano, como penas alojadas en las llanas planicies. Sus manos engarrotadas me señalaban la montaña blanca, tratando de mostrarme uno de los dos glaciares que podían verse desde aquel sitio. —Cuando yo nací, —me dijo—, eran doce los glaciares, y aún así nuestra tierra era estéril. Su voz era un hilo que cortaba el viento. Su mirada se perdía en el paisaje, en la belleza del monte, pero su mano se aferró a la mía. Yo era la única conexión con un pasado que ella quería contar antes de morir, como exorcismo, pero la mitad de las cosas se le ahogaron en la boca antes de ser pronunciadas, porque también quería olvidarlo.

Su conciencia y su pena batallaron aquella tarde en un duelo a muerte. Hoy narro lo poco que he podido reconstruir, porque se trata de la vida de una mujer de mi tierra y porque al final recibí de ella un gesto inesperado sin poder definir si fueron los motores de ese estado de miseria humana al que nunca dejó de pertenecer, o simplemente una venganza contra la vida que tan despiadadamente las trató a ella y sus hijas.

En esos últimos minutos antes de que el sol se desplomara tras las nieves destruidas de la montaña, fue cuando Lupe me aseguró que no podría haberse quitado la vida porque era pecado. Pero entre las mil arrugas que le ensombrecían el rostro, vi nacer un destello de luz, justo en el instante en que el astro rey eclipsaba aquellos parajes, y lanzó su admonición fatídica sobre el pueblo maldito con sabor a desdicha: “que mueran todos los que me hicieron la vida miserable, que una gran plaga arrase con esta tierra yerma y su gente vague, como desvaídos espectros, hasta el fin de los tiempos, sin reposo, sin paz”.

Aquel fue su postrer crepúsculo. Cerró los ojos y, atada a mi mano, se dejó ir. La desgracia cayó sobre Yanga, sobre los volcanes, sobre México. Pulula por nuestras geografías. Y todavía nos preguntamos por qué.

 

Por Gabriela Guerra Rey

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de "Bahía de Sal", premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó "Luz en la piel. Cinco voces de mujer" (Huso, España).

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