Retrato íntimo: Lágrimas de sangre

Retrato íntimo: Lágrimas de sangreLo descubrí una tarde cualquiera de mis agobiadas tardes, que sucedían a mañanas tortuosas y a noches pesadillezcas, en las que dejaba almohada y sábanas en sudores y mocos y, a veces, en una eyaculación incontenible sin sentido ni placer. Estaba sentado en el sofá de casa y veía la tele, encendida al descuido quién sabe desde cuántas horas antes. Yo llegaba del correo. Había enviado una carta a Luisa, porque, aunque se había ido declaradamente con otro tres meses antes, yo seguía en la tortura de pretender que regresaría arrepentida o que al menos mi arrepentimiento la haría volver algún día, no importaba si, con carta por delante, o sin previo aviso.

Cuando me vio, dio un salto sobre sus patas hasta quedarme de frente. Acto seguido, lanzó sus primeras lágrimas ensangrentadas que mancharon el respaldar de mi mueble y su cuerpo minúsculo y puntiagudo. ­—¿Pero qué carajos es esto?, —pensé sin reaccionar—. Y pasé de largo, como si solo estuviera viviendo una más de mis pesadillas, esta vez despierto y de pie. Algo me había dado a fumar Pedro, el vendedor de churros de la esquina, para aliviar mis pesares que, aunque desconocía, parecía adivinar porque siempre me preguntaba: “¿qué pasa Juan, por qué traes esa cara de perro apaleado?”. Yo le compraba un  par de churros de chocolate a diario, por esa tontería de que el chocolate es alimento de dioses y de la felicidad y porque era casi lo único que consumía. Nada estaba más distante de mí entonces que la felicidad y ninguno de los tantos churros diarios cambió un ápice mis tristezas. Pero eran buenos.

Aquella noche, como muchas, desperté varias veces en la madrugada preso del sopor que me embargaba. Sentí los pantalones húmedos y pensé que me había orinado. —Solo esto me faltaba, —me dije—. Cuando me incorporé, vi mis pants llenos de sangre y me acordé de aquel bicho raro de la tarde. Me miraba desde la almohada de Luisa que ya no era de Luisa. Me abofeteé un par de veces, tenía que ser otro sueño desgraciado. Pero no, al animal le corría sangre de los párpados rocosos y dejaba entrever una indestructible congoja. Sin saber por qué, me sentí responsable de su llanto y lo tomé en la mano. Cabía entero y todavía quedaban por debajo mis dedos extendidos y temblorosos. Él, en cambio, estaba inmutable en su agonía, me veía y yo lo veía sin decir nada.

Desde ese día deambuló por la casa y ocupó la almohada vacía a mi costado a la hora de dormir. Nunca lo alimenté porque no sabía qué darle. Se construyó entre nosotros un acuerdo tácito de desolaciones, amparadas en el abrigo unas de otras.

Como las desgracias no vienen solas, una mañana de cartas enviadas que nunca recibirían respuesta, una avioneta estalló contra la estatua de mármol de los próceres en medio de la plaza municipal. Yo salía de la oficina de correos y en medio de la cegadora muchedumbre vi las ruinas supurantes del que había sido mi pueblo desde mi nacimiento. Caminé entre los cadáveres calientes poco antes de que llegaran policía, bomberos y forenses, y descubrí, incrustado en el mar de las estatuas desmembradas, el cuerpo yermo de Pedro. El único amigo que me quedaba. El resto se había ido del pueblo paulatinamente con la admonición de que estaba maldito y todos los infortunios venían a ocurrir en aquellas calles ocres donde el calor no dejaba espacio para pensamientos racionales. Yo me quedé por cabecidura y porque no tenía idea de a dónde ir, como no fuera a perseguir a Luisa a un destino que suponía, pero no conocía en realidad. Ese hubiera sido el fin de la esperanza de verla regresar.

Pedro traía una bolsa de churros en las manos cuando la avioneta impactó la plaza. Me llevé un paquete y le cerré los ojos. Dejé tras de mí la catástrofe y me adentré sin rumbo en los callejones amarillos de sol, mientras comía los últimos churros de chocolate. Un rato después me senté sobre un banco de madera sucia en la misma plaza arrasada, porque la villa era una especie de círculo del infierno en el que se daba vueltas en redondo. De un jardín de cenizas apareció el pequeño dragón. Sobre su cuerpo espinado caía el rastro del llanto púrpura. Entonces me abandoné y lloré también hasta quedar vacío. Los suspiros se reventaban contra su pequeño lomo, que soportó estoico mi desasosiego. Me dormí en aquel banco, borracho de lágrimas, como vagabundo sin cueva ni abrigo, mientras el mundo se iba acabando en la explanada central. El lagarto daba vueltas como loco alrededor de la madera desvencijada. Allí soñé que Luisa salía en paracaídas de la avioneta a punto de caer, flotaba leve hasta mí y me besaba en los labios salados.

El pueblo fue declarado en cuarentena, porque en el interior del aeroplano viajaba un grupo de enfermos de un virus desconocido, que no murió junto a sus portadores. Iban destino a un balneario con tecnología moderna donde serían tratados con antídotos de prueba de las compañías farmacéuticas más importantes. De esto me enteré por el periódico a la mañana siguiente, que paradójicamente se llama El iluminado de Adelaida.

Retrato íntimo: Lágrimas de sangre

Adelaida fue una matrona famosa que dicen transformó los callejones endurecidos de sol en una aldea en medio de la nada, por donde brotan lagartos espinados y revientan aviones contra los únicos mármoles de sus escasas explanadas. Estábamos todos en peligro de infección y, desde aquel día, nadie podría entrar ni salir de la frontera de seis kilómetros cuadrados de Adelaida. —Ahora sí estamos jodidos —le dije a mi nuevo amigo—, Luisa ya no llegará. Entonces me di cuenta de que “el llora sangre” lloraba mis desgracias, no las suyas, porque un chorro a presión salió disparado en varias direcciones y dejó sus espinas goteantes de ponzoñoso líquido. —A ver si de una vez nos alcanza este virus y así acabamos con mis penas y tu llanto —le dije—, y me miró comprensivo con los párpados bajos y también ensangrentados.

Si algo me salvó de aquel verano fue la cercanía del monstruo, que lloró desolado todas las terribles admoniciones que habrían de sucederme sin descanso. Una semana después recibí por fin una carta de Luisa. La única explicación de su misiva, sin origen ni fecha, era el aviso de que mi madre había muerto sola en su finca campestre de la que no había salido en diez años. Tramité todo tipo de permisos para que me dejaran ir a velarla como Dios manda, pero fue inútil. Dos terceras partes de la villa estaba contagiada con el desconocido virus y las fronteras estaban completamente clausuradas.

Estuvimos seis meses encerrados en aquel pueblo de los mil demonios, sin enfermarme y sin salvarme tampoco. Nos pusimos pálidos y huesudos porque hasta los insectos que comía el llora sangre habían escapado. Yo, que antes solo me alimentaba de churros, llevaba entonces una dieta espartana a base de enlatados vencidos que Luisa había almacenado en casa para una situación de catástrofe que siempre temió. Después de todo tuve que agradecerle su partida, porque no nos habría alcanzado a ambos para sobrevivir, aunque yo por ella estuve dispuesto al hambre y a la muerte trágica. A todo.

Con los días nuestra amistad se fue estrechando. Yo me ponía triste a horas fijas y él lloraba su sangre durante el rato que me atrapara la pena. Después nos limpiábamos las caras famélicas y salíamos a zapatear el pueblo en busca de novedades. No hubo ninguna en las veintiocho semanas de encierro, excepto la noticia de los que morían pero que ya no me importaban, porque ya no tenía a quien decir adiós.

La última tarde que pasé allí, busqué al llora sangre por todas partes sin suerte. No estaba, no me esperaba en la puerta, no había rastro de sus lágrimas ni de nada suyo. Salí a caminar solo, sin respiración, por un pueblo totalmente vacío en el que había desparecido todo, la gente, las cosas, los perros, incluso las barreras que impedían el escape.

Regresé a casa tarde, temiendo lo peor, haber perdido a mi alma gemela. Allí estaba, otra vez en el sofá, como el primer día. Sobre el lomo y patas para arriba traía a otro llora sangre, muerto. Comprendí en el acto que era su chica, y me ensombreció tanto su tristeza, que me ahorré cualquier comentario inútil. Estuvimos largo rato sin palabras. Luego le dimos cristiana sepultura en las baldosas del patio y así, sin esperar siquiera a que amaneciera, emprendimos el camino hacia ninguna parte. Sobre nuestras huellas, en el polvo, un hilo de sangre serpenteaba, vivo, escarlata. De mis ojos caían cristales de sangre, como de los suyos. Entre el carmesí empolvado y turbio alcancé a rememorar a Luisa con aquella falda roja que solía usar los domingos, pero en el recuerdo su rostro se había desdibujado como el pueblo, casi hasta desaparecer.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de 'Bahía de Sal', premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017, Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó 'Luz en la piel. Cinco voces de mujer' (Huso, España).

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