Retrato ajeno: Extinción masiva

Retrato ajeno: Extinción masivaPara el cumpleaños de Julián, la abuela Lucrecia prometió llevárselo a su casa del mar y brindarle unos días de puro goce, alejado de la ruidosa ciudad que lo derrotaba. Así, también María, su madre, tomaría un descanso de los constantes dolores de cabeza que le proporcionaba un niño de apenas siete años, pero involucrado ya en el sufrimiento de un mundo agonizante, en el que los humanos hacíamos peligrar los equilibrios que la naturaleza tardó millones de años en construir.

María estaba harta de la cantaleta del hijo, del sicólogo infantil que lo atendía y después de un año solo le había diagnosticado eso: madurez avanzada y, en consecuencia, depresión anticipada y, además, del terapeuta que la escuchaba hablar sin parar todos los viernes a la hora de comer, le cobraba una pasta, y apenas pronunciaba más palabras que: “la espero la próxima semana”, al final de la sesión.

Lucrecia no entendía al Julián que había crecido antes de tiempo, que imaginaba solemnes epitafios para el planeta, al que le preocupaban invenciones inexplicables como los impuestos, el arte contemporáneo o la vida más allá de la muerte. Pero a Lucrecia también le hubiera parecida extraño un Julián que, como cualquier niño de su edad, coleccionara tiras de cómics, jugara Xbox o quisiera montar bicicleta alrededor de su hermosa alberca. No era una señora dada a las comprensiones, sin embargo, amaba a su nieto.

A Julián, en cambio, la única cosa que en realidad le fascinaba de la casa de Lucrecia, incluida la propia Lucrecia, era ese jardín sin límites que la abuela mantenía aunque nunca lo visitara, porque desde la infancia le enseñaron que la aristocracia tomaba buen vino en copas de baccarat y presumía jardines al estilo Luis XIV.

Julián solía perderse entre los arbustos, comía frutos de la floresta, admiraba a las mariposas por su belleza y fragilidad, corría y liberaba esas angustias de niño mayor en las que su corazón se había embarcado desde los primeros años sin que él supiera cómo huir de ellas.

Aquella tarde de domingo, a poco de llegar, Julián abandonó la terraza para atravesar la zona de la piscina y adentrarse en los glamorosos jardines, donde los rojos se habían instalado definitivamente, atrayendo a una especie excepcional de colibríes que había hecho casa y familia en sus inmediateces. Estaba exultante de alegría. Pero la felicidad se rompió como se hubiera roto una de las finas copas de Lucrecia de haberla estrellado contra el piso de granito de la cocina. En un instante.

Al acercarse al agua clara que desfiguraba los azulejos del fondo y las paredes de la pileta, el niño se dio cuenta de que estaba llena de insectos moribundos que, atraídos por los reflejos, agonizaban en la superficie. La ansiedad cotidiana regresó y, en un acto premonitorio, Julián vislumbró el fin del mundo con la extinción masiva de las especies que lo habitaban.

Un escarabajo verde botella movía las patas apresuradamente, sin poder apenas desplazar su gordo cuerpo del medio de la masacre. A su alrededor, reverberaban en una pirueta de sobrevida una abeja, dos moscas, varios grillos, un batallón de hormigas que fue tragado por una pequeña ola cuando intentaban engullir una mosca vieja y pegajosa del borde de la piscina. Nadaban desesperadamente, pero todavía con fuerza, una cucaracha, un abejorro rojo, dos luciérnagas cuyos focos nunca más encenderían. De un costado de la muchedumbre que reverberaba sus últimas conmociones, apreció una familia de ciempiés que traía sobre lomo a minúsculas arañitas. Estas habrían de tejer sus abrigos en el invierno.

Retrato ajeno: Extinción masiva

La mantis religiosa ensayaba un concierto para distraer al público de la catástrofe, pero sus violines hacían agua como bote agujereado a la deriva. Polillas, chinches, cigarras, libélulas y termitas tramaban estrategias para salir con inteligencia del apuro, aunque todas estaban convencidas de que aquel viento que las arrastró del árbol hasta el naufragio había significado el fin de una era.

Julián, preso de la zozobra por el exterminio, se dio cuenta de que era ésta, y ninguna otra, su oportunidad de hacer algo por ese universo enfermo que le dolía dentro. El fin del mundo conocido llegó a su cabeza como un flashazo de película futurista, y comprendió que aquello que sucedía a los insectos era lo que estaba por ocurrirle a los humanos si no mediaba con urgencia alguna intervención divina.

Tan pronto como sus piernas se lo permitieron, Julián abandonó la piscina para ir por papel, cinta adhesiva y un trozo de tela verde de sus pantaloncitos. Con el papel armó un barco gigante que sería bautizado como el Arca de Julián. Lo aseguró con diurex y le plantó una bandera esperanza que, además, tenía el simbolismo de representar al árbol vivo que había abandonado a los insectos a su suerte. Al parecer, ninguno sabía nadar. Paradojas de la naturaleza, pensó el niño, y sin quitarse los zapatos se metió a la alberca para comenzar las labores de rescate.

Subió al blanco barco al menos dos de cada insecto infortunado con vanas aspiraciones de perpetuar especies. A algunos, como a la cigarra, los encontró casi muertos. Nunca más la cigarra cantará para él en el bosque de Lucrecia, meditó, y el peso de la palabra extinción cayó sobre sus ojos como cae el granizo en el invierno.

El sol estallaba contra la superficie, confundiendo al niño en la percepción del movimiento que hacían los insectos en el agua. La tarea duró seis horas y, a la séptima, Julián descansó.

Cuando Lucrecia, ajena al drama que se vivía en sus jardines, entró al área de la terraza, Julián, exhausto, dormía de cara al sol. Sobre el merendero, un velero antiguo secaba sus proas al viento, y los insectos comenzaban a moverse del letargo que había dejado en sus patas, antenas y alas, tanta agua y tanto cloro. La abuela, que tenía catalogados a todos los insectos dentro del género de “bichos”, no había terminado de enternecerse por la cara de satisfacción que mostraba Julián al dormir, por primera vez en su vida, cuando salió corriendo por un imponente insecticida en spray que roció sin escrúpulos sobre la flamante Arca, aniquilando en pocos segundos a todas las especies que habían sido salvadas.

En las siguientes horas Julián soñaría que la humanidad, sin remedio, perdería el rumbo, y que su arca habría de zozobrar contra los icebergs escapados del Ártico a causa del calentamiento global. La suerte estaba echada.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de Bahía de Sal, premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017, Huso-Hiperlibro, México, 2018). En septiembre de 2018 publica su nueva novela Luz en la piel, Cinco voces de mujer (Huso, España).

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