El asno de los deseos

La presencia de un objeto simple, pero de cualidades fantásticas para satisfacer los anhelos íntimos, es frecuentado por autores de todos los siglos que advierten el dilema moral que se destapa con la realización inmediata de un deseo. En el cuento “The monkey´s Paw” de W. W. Jacobs es una exótica extremidad momificada; luego una lámpara genial, adición del orientalista Antoine Galland a su traducción al francés de las Mil noches y una noche; en La piel de zapa, de Honoré de Balzac, un trozo de piel de onagro, capaz de conceder cualquier deseo a cambio de lo más precioso e intangible entre las posesiones de un hombre: su tiempo.

El asno de los deseos

Generalmente, las primeras ambiciones son una mezcla de incredulidad y desafío. Parece que desde el inicio argumental está fechada la insensatez. Palacios, oro, sensualidad; el éxito del exceso desborda a los otrora desgraciados e incrédulos que tienen en sus manos la llave del más feliz de los destinos. ¿Pero qué zozobra del espíritu puede ser tan temible para vivir conscientemente un suicidio que se aplaza, y el goce que se acorta ante su misma sombra? Trastornados por el rumbo que mal los ha llevado hasta esas desesperaciones, los personajes fantásticamente habilitados de un poder que ningún hombre podría soportar, y que se juzga como atributo de Dios, cometen, de forma insensata, pedimentos cuyas consecuencias  simplifican la fatalidad.

Rafael se muere de amor (y de indignación) al perseguir a una mujer mitológica cuyo juego de belleza y astucia es imposible de manifestar sino en una forma despedazadora de voluntad y sosiego, incluso para hombres de título y pretendientes de oficio.

Se muere de amor (y de satisfacción) al sentir el cuerpo de Paulina sabiendo que la necesita como el aire, y que este deseo último lo despoja de todo pensamiento, lo ataca sin tregua, lo reduce. La posesión es una espada sin cabo, acostumbrarse a ella lastima; penetra en la carne para volverse la misma carne ensangrentada; tomarla es un lujo de insensatos porque es desentenderse de uno mismo, desacreditando la realidad. Ya nada tiene que ver con el amor porque no se ama a un nombre, sino a un objeto en el que se ha cifrado la felicidad y el carácter de lo humano, el cual tiene sus tinieblas y resplandores. No es una pieza de anaquel que permanezca inerte.

Desconozco el libro que pueda demostrar más claramente los puntos débiles que tiene la zona de confort. Llámesele de muchos nombres a esto pero quede el concepto de “apaciguar las ansiedades del cuerpo, no del espíritu”. Ninguna paz será más grande, ni más bien lograda, que aquella obtenida no tanto con el deseo,   sino cultivándola en la tierra del razonamiento.

Por Jesús Martínez

Escrito por Jesús Martínez

“Sutiles cuestiones trato, resoluciones graves comprehendo, perfectos libros amo”.

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