Los colores negros del dado verde: Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (tercera parte)

§ A

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (tercera parte)Lo que en el ámbito de la cinematografía se conoce como “un autor de culto”, tiene, en el ámbito de la escritura, un nombre ligeramente distinto. De la más temprana etapa como lector, me recuerdo, un día en que una descarga eléctrica hizo efectiva en un segundo una oscuridad vegetativa, leyendo, a la luz de un par de velas, un libro de Ignacio Manuel Altamirano, o, quizá, de Jorge Ibargüengoitia. Sin embargo, tiempo después, comencé a reorganizar mi librero; ya no aceptaba autores demasiado conocidos, celebrados por los cánones de la “Secretaría Oficial para la Recomendación de Escritores y Autores de una Moda de la que, Cuidado, Alguien Podría Estar Hablando, Como ¡El Periódico!, Por Ejemplo”, y atesoraba, considerándolas auténticas mercancías en que estaba signado el precio de mi vida, engargolados tipo Variaciones de estilo, de Raymond Queneau, aunque en lo personal nunca disfruté de su lectura. Otros libros raros, que, conforme pasa el tiempo, se vuelven más y más, también ellos, un lugar común, iban desde metodologías celebradas por un escaso número de iniciados, como Pensar/Clasificar, de Georges Perec, hasta obras maestras resultado de una disciplina concienzuda en torno a la escritura, proverbialmente la puesta en práctica de algunas de las metodologías de ese mismo autor, como si la escritura no fuera distinta a una práctica meditativa en que la iluminación está puesta en los caracteres «como si llevaran un mensaje», más que en el estado de palpitación febril y nerviosismo a que queda reducido el escritor después de 11 horas seguidas de trabajo, cuando calcula, de un modo demasiado entusiasta, hacer extensiva esa resistencia al transcurso del tiempo de manera cotidiana, como la leyenda que dicta que Karl Ove Knausgård se pasó, por tres años, escribiendo 20 cuartillas diarias, hasta tener 6 tomos de una autobiografía que tomó por sorpresa a algunos de sus lectores, quienes reproducían personalidades chocantes una y otra vez al pasar las páginas de un ejercicio que consistió en relatar cuanto ocurriera, “aun cuando fuera humillante o vergonzoso”, y no precisamente para producir una obra del todo inapetente, artificial y que lleva a sus páginas ese hálito de obligatoriedad con que Murakami se tortura todos los días de 4:00 de la mañana a no sé qué horas del día, disciplina escolar de un ejercicio de mercadotecnia en que el producto está dirigido, y esa es la caracterización a la que quería apelar al principio, a algo así como “los lectores”, y no ya a otros escritores: lo que en el ámbito de la cinematografía se conoce como “un autor de culto”, en el de la escritura se conoce como “un escritor que escribe para otros escritores”, lo que significa que no escribe para su concurso de lectores, novias, como escuché alguna vez, del autor que siempre están ahí para tomarse la foto.

Es precisamente en Murakami en quien me quería detener. Quería fijar la definición de sus rasgos en un póster que lo presentara de una manera más “intelectual” (tishikijin), y no ya meramente comercial. Pero ello me llevaría a considerar a la intelectualidad desde la perspectiva con la que Ingmar Bergman o, más específicamente, su personaje del doctor Jensen, sitúa al círculo social de Peter Eggerman, en De la vida de las marionetas, allí donde “Peter Eggerman pertenecía a un círculo social en que estaba bien visto el empleo de drogas para aliviar los escozores de una vida en perpetua tensión”.

Uno de los proyectos más ambiciosos, y más escasamente trabajados por mis horas frente al teclado, fue un proyecto de novela que abría como uno de los cuadros de La vida instrucciones de uso, al interior de una de las habitaciones de un edificio, en este caso bastante grande, que funciona como hotel habitacional para la residencia de estudiantes de arte, ubicado en el Centro de la Ciudad de México, “El Señorial”, en donde, además de una cama destendida, un baño, un caballete bastante grande en donde descasaba un lienzo en que se veía una composición figurativa, pero, después de todo, memorable, había, pues, también, un banquito en que permanecía inmóvil un libro de Murakami en el que, a su vez, había sido colocado un gramo de cocaína cerrado sobre su bolsa de plástico (¿No hay en La vida instrucciones de uso una página en la que Perec habla de cierto cenicero rojo que reproduce, con letras blancas, dos veces la palabra COCA y dos veces la palabra COLA, y no me era lícito, a mí, hablar, como hace Georges Perec con la Coca-Cola, de Murakami, como un objeto más del Mercado, sobre todo si estaba asociado al imaginario de los neblinosos mundos de la droga?). Si tuviera que diseñar mi conciencia de alguna forma, o si hubiera un modo de visitar la última habitación del inconsciente, si tuviera, vamos, que pintar mi autorretrato, elegiría esa estampa al interior de El Señorial para comenzar a plantear el esquema de una vida, aunque fuera necesario investigar si la Kurimanzutto es o no una mafia, o sobre si hay o no política filtrada en la Shinzaburo Takeda, y, si sí hay, si sólo es de izquierda, o si es, no sé, lo pongo como ejemplo, no tengo nada en contra de Shinzaburo Takeda, izquierda de derecha. Y es que el inconsciente, decía, contra lo que dicta la psicología, en realidad es el recuerdo instintivo que tenemos de la magia (creo recordar que ese día al salir del hotel un extraño cicerone me guiñó el ojo), que es, me entero, tras comprarme una novela en dos tomos, otra de no menos de 750 páginas, y algunos libros más, cierto porcentaje de la obra de Murakami, su tema predilecto, pero tratado a fuerzas y por el rigor de someterse a una vida escolarizada, tema al que seguramente recurre como una vía de escape a su chocante despropósito.

Pero la pregunta prevalece: ¿Es posible abrir la caja negra del cráneo?

El primer conejillo de indias de que dispuse para anotar mis observaciones en torno a la naturaleza del inconsciente, fui yo mismo. Estaba escribiendo en uno de los sillones negros de la librería Rosario Castellanos, cerca de los enchufes para computadoras, cuando creí que uno de los visitantes, quien buscaba algún libro entre los estantes, se agachaba para recoger algo: cuando alcé la vista, lo vi en la posición correcta, de pie, leyendo, pero el hechizo no se rompió del todo: pude ver que, de alguna forma, era su sombra la que había hecho ese movimiento y que, de alguna forma, me observaba, riéndose. Unos días adelante, escribía en el departamento de mi hermano, cuando pasó uno de los tres perros cerca del sillón: en vez de pensar en el perro, pensé en una cabra o una ternera o un burro o un becerro, pero no alcé la vista; dejé que pasara el segundo perro, y sucedió lo mismo (creo recordar que escribí un extenso texto a propósito del tema). Finalmente, el día llegó: desarrollé, por medio de esa meditación larguirucha que es el sueño o, más propiamente, por medio de mis cavilaciones y variopintas posturas antes de dormir, casi por accidente, como en el caso de los grandes descubrimientos, la habilidad para entrevistarme con mi propia sombra y, entonces sí, como en la pared donde dibujamos con las manos la sombra de un ave con un pequeño mechón de pelo despeinado, pude dejar que mi sombra usara mis manos para representar una serpiente, y tragarse así el redondo cuerpo de mis enemigos, puestos todos de golpe en el mismo conjunto; a este par de experiencias personales, he sumado la más aburrida de observar el comportamiento del inconsciente en los pasajeros del metro. Con la naturaleza de un comportamiento agresivo, algunos de los pasajeros del metro demuestran su antipatía a la menor oportunidad, cuando no son desilusionados por mi despeinada presencia, justo en el momento en que creerían que aquél que los observa es una seductora sibila, para ir a descubrir que soy yo, quien de un modo distraído y ajeno, los estaba observando. En el caso del sexo opuesto es distinto. Aunque en lo personal no sea adepto al ligue en el transporte público, mi ya de por sí escasa participación en el coloquio amoroso que entre transeúntes se establece de pronto, se volvió nula cuando la ley estuvo allí para sancionar conductas antisociales, por aquellos días en que enfadados policías estaban envestidos de un chaleco rosa, como barbies criminales, para mi completa complacencia. Por eso ahora (excepto en aquellos casos en que una identidad obvia, como un tatuaje o un par de piercings, no se suceden en mi imaginación como la historia de la serpiente, de Adán y de Eva) cuando mi vista rebota de un lugar a otro y por equivocación se queda fija en una ventanilla, la hipótesis, la certeza inconmovible de mi sospechosa presencia, simplemente se desvanece como un hechizo al romperse cuando aquellas a quienes no estudio alzan la vista y buscan en mí un culpable, sin hallarlo, pues, como reza el proverbio, “la sombra puede disfrazarse de lo que sea, excepto de un hombre sin sombra”, ese que soy, con la mirada ya perdida en la lúnula de mi uña, cuando se creería poder descubrirme acusadoramente. Me he convertido en un espectador en blanco de la presencia femenina en el metro, y es a raíz de mi nueva conducta, que he develado el velo de Isis, cosa que le hice ya saber a algunas mujeres, sin que ellas me lo confirmaran, y mostrándose, más bien, elusivas y ágiles para plantearse contrarias a mi hipótesis inicial.

 

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (tercera parte)

 
§B

A pesar de haber dispuesto con recursos escenográficos, en un par de ocasiones, un bosque para prácticas meditativas, por medio de un pliego de papel de china con el dibujo de unas ramas de bambú, y un círculo en cuyo interior se llevaría a cabo un ayuno si no de 40 días, por lo menos de una hora, según mi descabellada hipótesis, aún no he comprobado si a mi gato le interesan las prácticas marciales, ni si cree en Dios, así sea sólo para obtener su confianza y acercársele con lentos y silenciosos y estudiados pasos, en busca de la “descarga divina”, la electrificación de su lomo por medio del descorrimiento de la Palma por sobre su pelaje, cuando no con el fin de, imprevisiblemente, saltar y soltar el arañazo, efecto para el que creo haberlo adiestrado correctamente (aunque a mi gato le gusta lo bastante su propia existencia como para declararse un enemigo de la realidad de fondo de esa existencia). ¿Pero, a quién arañará, me pregunto, tras comprobar que Dios, si existe, es improbable, que es tan sólo la caracterización personificada de la nada y que, en todo caso, si algo rige nuestro destino, ese algo indeterminable es la Escritura, aunque, como quizá ya esté sugerido, esa escritura pueda hacer de su eje discursivo al personaje de Dios? Tal vez cuando escribimos la escritura se sucede sobre el plano sobre el que lo hacemos, y al estudiar los componentes de la escritura, la posición del punto, sea seguido o final, cobra un aura de importancia que no tiene ninguno de los demás elementos. El punto me recuerda esa pelota de la canción que cantó Joseph Allen “Country Joe” McDonald en Woodstock, cuya marca por medio de subtítulos revela el momento específico en que se encuentra en su desenvolvimiento, la canción. El punto es, desde cierta perspectiva, el elemento clave de la escritura, del mismo modo en que el marco de nuestras observaciones respecto del desarrollo de los hechos que nos rodean, satisface su intriga cuando estos terminan por acomodarse volviendo plausible su narración. Es así como al colocar el punto final, esa escritura hasta entonces sucedida en un solo plano, se extrapola hasta colocarse en el lugar de Luna, y regir nuestro destino, aunque nosotros ignoremos qué hemos escrito, de visita al río del olvido. La escritura rige nuestro destino (¿quién no ha escrito al menos una vez en su intimidad una hoja de cuaderno?), y si bien esto es así, podría decirse que son los gatos y en general todos los talismanes domésticos los depositarios de la suerte. Los gatos infunden las supersticiones (es improbable que haya habido el pretendido proceso de domesticación: fueron los gatos los primeros en asomarse al umbral de una casa), y es por efecto del recorrido por el escenario de la casa, que el gato puede estudiarnos. Intenté investigar este aspecto “destinatario” de la escritura con relación al de la suerte, tomando, como ya he dicho en otras ocasiones, a mi gato como modelo para escribir el libro de mi muerte. Mientras tanto lo vi participar entusiastamente en el juego, y casi ninguna vez entrecerrar los ojos ante la imagen de sus planes urdidos en la malicia mientras disfrutaba de su propia sonrisa, para ir a ser lo tan ingenioso como para salir victorioso en una partida cuyo resultado final yo calculé desde el principio como una victoria doble, y ya; en otras ocasiones, cuando las olas de aburrimiento se confunden con el calor, lo he visto entrecerrar los ojos ante la contemplación de su sueño hecho pasar por el velo de las sombras y luces que le provee la perspectiva desde el arbusto negro de una maceta; por mi parte, fiel como soy a ese gorrión amarillo del que habló Octavio Paz, gorrión que es un emisario de los dioses, del mismo modo en que la presencia del cuervo implica la premonición del advenimiento de una catástrofe o bien la consunción de la misma, he colocado a mi gato en el mismo conjunto de talismanes domésticos por efecto de los cuales podemos estudiar el círculo de pistas y evidencias que han de llevarnos hasta ese momento enrarecido o rarificado en que la realidad se descompone en beneficio del ensueño contemplativo.

Comienzo a sospechar lo tanto que ha él (ella, más bien), con la exuberancia de su pelaje, desarrollado algún conocimiento en torno no tanto a la canalización de una energía luminiscente, derivado de la posición de loto, sino a la canalización de esa misma energía, pero derivado de la posición de esfinge, tanto como en torno a la habilidad para entrevistarse con su sombra, para tirar con su impulso un objeto, y para que al recogerlo, al aceptar tácitamente las reglas del juego que le propone a quien ha de jugarlo, este termine por descubrir que juega un papel tan característico como el del talismán doméstico, al menos mientras los dos habitan esa pared donde la sombra cobra numerosas formas, incluyendo la de una serpiente en el momento de abrir la boca y devorarse de un golpe al huevo original del Mundo, colgado de un árbol en Edén, en tanto en algún otro extremo, la liebre lunar sueña su sueño extraterrestre.

De enemigo original suyo, he pasado a ser un ídolo de dos extremidades para mi gato hembra. No sé hasta qué grado, pero de una cosa estoy seguro: su reticencia y desconfianza e inseguridad inicial ante mi tentativa para usarlo como modelo, ha ido cambiando a lo largo de los últimos años. La primera vez que recuerde haberlo usado como modelo, comenzaba a plasmar su figura con grafito, sin que dejara de moverse, cancelándome la posibilidad de fijarlo; sin embargo, ese día, al final, logré efectuar mi tentativa, y, por lo que pude ver, a él no le disgustó su imagen en el espejo, llegando él incluso ya, a mostrarme a mí, una imagen ante el espejo connatural de nuestra relación.

Por su parte, los perros, sagrados en algunas latitudes, incluida Tenochtitlán, mientras en otras forman casi parte de la canasta básica, son animales de quienes he confirmado su creencia en Dios. Hay algo en su actitud, con todo, que no puede sino resultarme al menos parcialmente inoportuna. Carecen de esa sutileza de que están dotados los gatos, y de la que pueden servirse en el caso de que planeen urdir una venganza contra sus dueños, y, con una inclinación natural a la efusividad de sentimientos, más que a su asimilación meditabunda, resultan algo encimosos y, por lo mismo, para algunos ánimos paternales o maternales, entrañables. Si bien la creencia en Dios por parte de los perros es declarada, el gato se muestra más prudente a este respecto: si no le tiene una fidelidad intachable, es sólo por el hecho de que, al hacer retrotraer por medio de su sistema ocular una imagen conjetural de sí mismo, se asume, pues, ya como un dios en sí mismo. En alguna ocasión escuché decir de un xoloitzcuintle al que se tomó “como objeto sobre el cual razonar” (Carroll) sobre los perros en general, que era una especie de genio, “en el sentido en que un genio es algo que nos comunica con los dioses o con lo desconocido”. Cuando lo escuché acababa de asistir a la proyección de una película sobre la frustración, el amor, la soledad, los cielos grises y la rebeldía, en hebreo, en un camión que iba rumbo a Tepoztlán, cuando tenía 16 años y un futuro posible fue de pronto eclipsado por esa película, a la que tuve ocasión de recordar 11 años después, durante una clase de hebreo en que me la pusieron de ejemplo, como si el destino hubiera hablado. Recuerdo, pues, de ese viaje, la película, y la aseveración sobre el perro, además de un momento en que mi amigo me dijo: ¿Quieres ver qué están haciendo Y y Y?, llevándome a abrir una habitación en cuyo interior dos mujeres vestidas a la romana se pasaban el cigarro responsable de la enorme cortina de humo de marihuana que había en el interior.

 
§ AB

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (tercera parte)He tenido, por esa otra parte, ocasión de recordar lo que se dijo de ese perro, a propósito de un suceso sin ninguna importancia que sucedió hace cosa de cinco días. Estaba yo observando con cierto interés una partida de ping pong en una silla frontal respecto de la silla en que en la parte anterior estaba sentada la amiga de un amigo, chica que trabajó algún tiempo en California, en la cosecha legal de marihuana. Antes de la partida, había conducido yo mis pasos derecho hasta la azotea de ese edificio, donde el cuarto original y el derivado de su nombre, vio nacer a Taller Azotea, un taller de cerámica en donde estuve trabajando en 2012 y en donde trabaja en un proyecto actualmente mi amigo. Su amiga y yo comenzamos a conversar, y entonces se lo dije… se lo pregunté, más bien: “¿Es cierto que las mujeres tienen la habilidad para abrir una esclusa en la mente de los hombres y observar a través de sus ojos lo que ellos están pensando o haciendo?” “¿Es verdad que las mujeres pueden observar lo que los hombres hacen aun cuando ellas estén de espaldas?” “¿Es verdad que su sombra tiene un rostro elástico?” Mi pregunta había surgido a raíz de un acontecimiento sucedido en 2011: formaba yo parte de los talleristas del festival ENCLAVE, un festival de poesía que se celebra anualmente, cuando un día, en la sede de ese año, el Ex Teresa, se dibujó en un enorme proyector la sombra de los dos poetas que leían: una poeta argentina bastante alta, y un poeta norteamericano de tez negra y cuerpo apetecible. Entonces lo vi claramente: la sombra de ella, si ella volteaba, volteaba, y si volvía a ver de frente, en ella, en su sombra, era visible el rostro de su sombra, que era exactamente el rostro vuelto sombra de la poeta argentina. Con el poeta norteamericano no pasaba lo mismo: su sombra era un plano y nada más que un plano.

Como sea, estábamos en nuestras respectivas sillas, observando la partida de ping pong. De pronto, sin que me diera cuenta, la mujer se levantó. Quizá fue al baño. La escuché venir de regreso; su vestido se movía paso a paso a mis espaldas y sus pulseras y collares chocaban como castañuelas. Pero entonces se rompió el hechizo: doblé ¼ mi cabeza, y la mujer seguía sentada. Era el perro quien venía caminando, y eran sus pasos contra el suelo, lo que producía el sonido de la sombra de las castañuelas.

La magia cautiva un instante, en que deseamos ser el conejillo de indias de la seducción, pero la regresión del tiempo respecto del equívoco en que está fundado el inconsciente, nos devuelve a una realidad inapetente y “obvia”. Nos engañamos a nosotros mismos. Dudamos. Puede ser que la sombra de Dios nos engañe. No sabemos, pero calculamos que el número de lunas es tan reducido para ser comprendido que todo cobra el aura de una iniciación en una secta japonesa, como la soñada por Perec. Con todo, olvidamos. El diseño que día a día Penélope hacía pasar por el telar sólo para destejerlo después, es como la advertencia olvidada del sueño o lo ocurrido durante el día, que volvemos a olvidar al día siguiente; y aunque, en lo personal, mi único oráculo sean las bocinas del Elektra por el que paso todos los días, trato de recordar, de entender algo que mi inconsciente podría estar queriendo decirme, algo parecido, quizá, a lo que le dijo su mujer a Julio César, pero que sea, aunque fuera sólo para practicar más seguido ese arte adivinatorio consistente en consultar al azar la obra de Virgilio para leer una sola palabra, a la manera de oráculo hecho de caracteres, una buena noticia.

 

Por Jerónimo Gómez Ruiz

 

Escrito por Jerónimo Gómez Ruiz

Jerónimo Gómez Ruiz dice haber, una mañana, al salir de la “sinagoga de los escritores”, tras apurar en un restaurante, ubicado entre carpas, unos huevos a la mexicana y un jugo de nopal, leído su propio nombre entre las páginas, su propio nombre entre los libros.

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