Días de vinos y rosas: Arte y adicciones

Drinking

En Días de vinos y rosas (Edwards, 1962) se muestra el inicio del consumo de alcohol a partir del objeto de amor: Kirsty Arnesen es introducida al alcohol por quien se vuelve más tarde su esposo, Joe Clay. Pero de esta película quisiera reparar en la pareja de adicción que constituyen estos dos personajes, ambos se vuelven alcohólicos hasta la ignominia. Esta misma pareja la observamos también en la película Candy (Armfield, 2006) donde Dan y Candy llevan igualmente su adicción al extremo. Los dos casos coinciden en que la superación de la adicción sólo se consigue con la ruptura de la relación amorosa. En otros casos la pareja del adicto no cursa esta problemática, simple y sencillamente lo acompaña, como la ninfa Eco acompaña a Narciso. El ejemplo más notable lo miramos en Sera, que acompaña a Ben en su jornada alcohólica hacia la muerte (Adiós a las Vegas, Figgis, 1995). La señorita St. James también acompaña al alcohólico Don Birnam (Días sin huella, Wilder y Brackett, 1945), lo cuida, se ha hecho el propósito de competir con el alcohol, de alejar a su amado del otro amor de Don, que es la bebida; difícil competencia que emprende junto con el hermano de Don, Wick, quién lleva ya tres años en la lucha contra el alcohol y por rescatar a su hermano. Ambos se toman por la voluntad de Don frente a su adicción, quién se dedica a escapar de ellos y beber. Estos acompañantes son ejemplo de personas que se acercan al adicto en calidad de salvadores.

En la obra de Stefan Zweig Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1927), se narra la aventura que la señora C mantiene con un adicto al juego, esta señora, mujer viuda muy respetable, queda encantada con la pasión con la que se desempeña el jugador, después de una mala racha el joven jugador queda sumido en la lluvia, la señora C intuye cierto peligro, la vida de ese hombre corre riesgo, acude a rescatarlo, reanima al desolado y sin darse cuenta termina en su cuarto de hotel y debajo de sus sábanas. Despierta asustada por lo que ocurrió, pero al mirar a ese joven tendido, reconoce el sentimiento maternal que le producía esa vista y la idea de que lo había salvado. Más adelante esta mujer le ofrece ayuda y apoyo económico al joven para que se aleje de las mesas de juego. Al final de la aventura circadiana la señora C se descubre engañada y despreciada por el joven jugador que retorna al casino con el dinero prestado. En el relato se insiste constantemente en el sentimiento maternal –a pesar del encuentro amoroso en el hotel– que le produjo el joven jugador a la señora C, la cual tenía la convicción de haberle salvado la vida, como si ese hombre fuera un niño indefenso, desvalido. Esta forma de acompañamiento nos introduce a otra de las interesantes relaciones que el adicto teje, se trata del vínculo entre el adicto y su madre.

Una descripción del uso de drogas difícilmente puede eludir (al menos) señalar un fenómeno asociado íntimamente: la relación que existe entre drogas y lo espiritual-religioso. El uso de drogas se liga a prácticas religiosas antiguas, pero incluso ahora, el vino es parte de la celebración de la eucaristía, el vino se transustancia en la sangre de Cristo. Escohotado, en su Historia general de las drogas (2000), da cuenta de este vínculo, incluso pone en relación el pharmakós, que es el sacrificado, el regalo, con el phármakon, la planta veneno-medicina. Distingue también un tipo de drogas cuyos efectos designa como visionarios y alucinógenos, las diferencia de aquellas cuyos efectos son de paz o de energía, dice que “el apaciguador borra por algún tiempo lo doloroso, tal como el estimulante borra por algún tiempo el desánimo. Las drogas visionarias borran por algún tiempo la falta de contacto con nuestras realidades a la vez más íntimas y más objetivas”. Las sensaciones que producen diversas sustancias suelen ligarse a experiencias religiosas precisamente porque delatan nuevas formas de sensación, o por lo menos producen mayor intensidad en diversas percepciones. El hilo conductor del trabajo de Solares (Delirium tremens, 2003) es precisamente la posibilidad de que experiencias límite de acercamiento a las drogas abran las puertas para un acercamiento con lo divino, con Dios. Encuentra que hasta en el sesenta por ciento de los casos de delirium tremens que le fueron contados aparecen imágenes de índole religiosa; pero Gabriel, quién es su interlocutor lo corrige y le indica que en un cien por ciento las imágenes son religiosas. Gabriel es el caso que resulta más llamativo, pues su encuentro con el alcohol y el delirium tremens, según su decir, desarrollaron sus facultades extrasensoriales, al grado de haber llegado a tener encuentros con los fantasmas de sus padres e incluso del mismo Mozart. Estas experiencias se presentaron tiempo después de dejar el alcohol, y las vive como producto de un acercamiento con Dios.

Una de las conexiones entre adicción y espiritualidad es aquella que se permite cuando el adicto halla en la religión el camino para separarse de su otra piel que es el objeto de adicción. La cura religiosa es quizá la más frecuente, por lo menos es prototípica, pues ha sido promovida por Alcohólicos Anónimos (AA), y a su vez, el modelo de AA ha sido retomado para otras adicciones. Después de haber pasado por las peores situaciones, es comprensible que al adicto sólo le quede recurrir a la máxima autoridad para dejar su pasión, esta autoridad es Dios.

Para concluir es indispensable regresar a la pregunta sobre el efecto psíquico del acto adictivo. Distingo tres usos del objeto de adicción, a saber, el uso de desinhibición, el uso de placer y el terapéutico; pero más que indicar tres usos exclusivos del objeto de adicción, lo que quiero mostrar es qué precisamente es usado. El objeto de adicción se toma como una herramienta, esta herramienta le sirve al individuo para diversos propósitos de los cuales ya he señalado los tres más evidentes. Así el sujeto puede hacerse de la droga para una autoadministración de placer, para aliviar las penas, para tener experiencias místicas, nuevas sensaciones, para alegrarse, para estar en la fiesta, para entretenerse.

El objeto de adicción se agrega al sujeto, se hace parte constitutiva de él mismo, empieza a funcionar con éste. Como menciona Baudelaire en Los paraísos artificiales “Una auténtica gracia, como un espejo mágico en el que el hombre es invitado a verse embellecido, esto es, como debiera y podría ser; como una especie de excitación angélica”.

De los diversos usos uno es muy llamativo, es el que tiene que ver con el objeto de amor del adicto, el objeto adictivo es un facilitador del acercamiento al objeto amoroso, desinhibe; pero también la problemática de adicción puede iniciar en relación al objeto de amor; lo que se observa frecuentemente es que este objeto es un disparador del acto adictivo, pero en muchos casos llega a ser sustituido por el objeto de adicción. En El jugador (1867) de Dostoievski podemos leer como Alexei Ivánovich se dirige a las mesas de juego con el objetivo de reunir dinero que cree necesario para estar con Polina Alexándrovna; juega por ella, e incluso en un inicio juega a nombre de ella. Alexei tiene la sensación de que algo definitivo ocurrirá en su destino; este cambio provendrá de la ruleta. Ya en el casino se ha insertado algo en él, es la suerte: “¿Es que resulta imposible acercarse a la mesa de juego sin sentirse contagiado acto seguido de la superstición?”. Lo primero que se agrega en el jugador es la suerte, luego experimenta “un placer irresistible en recoger y acumular los billetes de banco”. El juego lo distrae lo suficiente para no pensar en Polina, pero todavía se dirige a ella con las ganancias, le muestra el montón de billetes y cartuchos de oro, entonces queda embelesado por esta visión. Se ha operado la sustitución, más adelante el jugador lo señala: “Desde el momento mismo en que, en la noche anterior, había llegado a la mesa de juego y empecé a amontonar dinero, mi amor parecía haber pasado a segundo plano […] ¿Es que tengo de veras espíritu de jugador?”.

 
Por Cuauhtémoc Muñoz Ruiz
 

Escrito por La Mascarada

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