El reino de las mujeres de Anton Chejov

Paisaje GoodwinLa obra de Anton Chejov es vasta pero centralizada en un puñado de temas, se trata de un autor que no agotó las páginas repitiendo situaciones, pero sí las adaptó a los paisajes de la Rusia del siglo XIX. En este caso el amor y las desgracias son el eje del cuento. Los aficionados a sus relatos sabrán de antemano que su pluma no se enreda en cuestiones inútilmente complicadas, lo cotidiano, lo afín es su campo de trabajo. Chéjov se aleja del vocabulario extravagante con la finalidad de acercarse al lector. En el texto no se encontrarán palabras que lo envíen al diccionario, exceptuando algunos conceptos intraducibles del ruso.

En “El reino de las mujeres” el amor y la soledad compiten durante cuatro partes, ¿Es la libertad sacrificable? ¿El matrimonio es el destino? Chejov postula y rechaza la unión entre las clases, más sensitivo que sentimental, se limita a mostrar a la mujer como un receptáculo de tristeza y desesperación pero también como vehículo de la caridad. Aunque se reflexiona sobre lo fútil que resulta dar limosnas, se acepta que puede ser también un recurso religioso para alcanzar el cielo (y a veces también el antídoto para el aburrimiento).

Desprendida e ingenua es Anna Akimovna, sus súbditos; obreros y administradores, todos fieras esperando una satisfacción pecuniaria, fingidores de palabras y doncellas parlanchinas. Consumida por la falta de amor y de compañía masculina, por su soledad y por la opinión que hace de sí misma como una persona ridícula e inútil. Esta situación sólo puede redimirse con el matrimonio. Noble o plebeyo, el marido ideal está lejos de encontrarse en alguna de estas dos clases.

Chejov escribe sobre la pobreza y la opulencia, puntas de vida y muerte, mientras los más desgraciados se quejan de que los alimentos que les venden parecieran rebajados con petróleo, los salones se engalanan con suntuosidad y despilfarro. Se ensaya un punto de inflexión entre ricos y pobres, un vértice donde se equilibre lo económico. Sin embargo esta unión resulta fallida y al volver a lo real, se toma por idea estúpida e imposible. La herencia de una fábrica no necesariamente es sinónimo de buena fortuna.

Cabe resaltar que como un acto de bona fide hacia la Literatura, Chejov no nos invita, nos exige leer a Maupassant, Tolstói y Leconte de Lisle. Eso nos da una idea de la humildad que rige no sólo su vida sino también la pluma de un autor que se instaló en lo más alto de la invención literaria.

 
Por Jesús Martínez
 

Escrito por Jesús Martínez

“Sutiles cuestiones trato, resoluciones graves comprehendo, perfectos libros amo”.

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