Tres en una taza (segunda parte)

El viento aciclonado sopló fuerte y el polvo se arremolinó alrededor del edificio hasta hacerlo desaparecer. El chofer, a ciegas, pisó el acelerador y enfiló hacia el interior de la primera planta. Él, que solo atendía el timón, ahora parecía interesado en los saberes de los presagios. En ver lo no visto. Lo no nombrado todavía. Porque, al avanzar, la irrealidad mostraba sus muchas caras. Tantas, que nos perdíamos. Íbamos de una en otra, como si transitáramos los ojos de una mosca. Yo temblaba al contemplarse en el pasado. Desde su asiento, movía las manos en un intento por ver más allá, por quitar el polvo que se acumulaba en la ventanilla.

Mientras, el Ambia, como el polvo y como las nubes, iba para arriba y para abajo, empujando su carretilla cargada de sacos de cemento. No paraba. Cuando fundíamos un nivel, no paraba. Corría con la carretilla trayendo sacos de cemento. Rompía los cartuchos de papel y los vaciaba en la rugiente boca de la concretera, que tampoco paraba. No se podía hacer un corte en el nivel y dejarlo para otro día. Era una condición técnica, un mandato de la construcción: cada nivel que se fundía había que hacerlo de una sola tirada, chorrearlo como una sola pieza. Una vez que empezaba a girar la concretera, no había descanso. Respirábamos polvo, corríamos, sin detenernos, durante el día entero. No importaban las horas. Había que seguir y seguir. Hasta que no se concluía el último tramo, no se podía parar. Luego, envuelto entre las nubes se quedaba el Ambia, recogiendo los cartuchos de cemento vacíos para llevarlos abajo, a la bodega, al cuarto de fambá, como le decía él. Les alisaba las roturas, los planchaba con cuidado y los amontonaba allí, donde se almacenaban los desechos para reciclarlos. Cuando no había fundición,  ese era su lugar de trabajo. Se pasaba horas colocando los cartuchos vacíos en pilas y ahí sucedía el misterio. Sin que nadie lo viera, se inclinaba para empezar su ritual: arrancaba las capas de los cartuchos, les sacudía el polvo y, sobre aquellos papeles amarillentos, como si tirara los caracoles, escribía con un lápiz unas letras grandes, como palotes. Después ocultaba lo que hacía. Cumplía un mandato. Incorporaba un misterio. Así pasaba tiempo. Al día siguiente que terminaba la fundición, se refugiaba en aquel lugar para sacar los cartuchos vacíos, como si fuera el propio Elegguá que desenterrara a Orula y luego cortara la ceiba sagrada para hacer el Oráculo de Ifá, el ékuele, el tablero redondo donde Orula tira los caracoles para conocer los secretos de la adivinación. Maferefun Elegba. Maferefun Changó, repetía el Ambia para que, al igual que a Orula, se los concedieran también a él y las palabras salieran de lo oscuro. Así, él, el Ambia, que apenas sabía leer y escribir, escribía. El misterio. De ahí salía aquello que garabateaba sobre los papeles arrancados a los cartuchos de cemento. Mientras el edificio seguía desapareciendo entre el polvo y las nubes. Y, a medida que crecía, que lo levantábamos, el Ambia empujaba su carretilla y, cuando se hacía una pausa entre un piso y otro, se ocultaba de nosotros, sus compañeros, y continuaba calladito, como si Orula pusiera poquitos de luz en su oscuridad. El Ambia creía que él no se llevaba bien con las palabras, porque le salían con faltas de ortografía. Por eso no quería que vieran lo que escribía. Pero el misterio  se manifestaba en lo que él escribía en aquellos cartuchos de cemento vacíos. Hablaba con esos palotes, aunque costaba entender lo que decían. O no hablaba. Porque el Ambia, cuando escribía, hablaba solo. Aché Olofi, aché Oludumare, tarareaba como los negros lucumíes. Parecía estar haciendo ebbó de flores. Caía en decir un ronroneo. Pero era un decir callado el que repetía. Sin embargo, este Tú lo oía farfullar entre dientes algo que en la oreja me sonaba como un verso, como si el viento soplara un verso al empinar una chiringa:

El Ambia se alejaba de la gente como si temiera ser descubierto. Los que trabajaban con él, no entendían, porque no podían entender aquellos criptogramas escritos con letras indescifrables. ¿Qué es lo que escribes, Ambia?, le pregunté un día que soplaba con mucha fuerza el viento y al edificio lo tapaban el polvo y las nubes. Refranes, dijo. ¿Cómo que refranes? Sí, cosas que me dictan los orishas. Cosas que yo oigo que me dictan. Las pronuncian, consorte, para que yo las escriba. Y extendió uno de aquellos papeles delante de mí. Leí. Trastabillé entre los palotes. Pero esto es un poema, Ambia, le dije soltando mi asombro. No son refranes, Ambia. Esto que acabas de escribir es un poema. Y allí, en aquel papel de cartucho, apareció, con sus modales de sombra y de luz,  la manera sencilla con que a veces se manifiesta el mundo:

Me asomo al balcón con la indulgencia a
cuesta,
con la mirada en mi jardín.
Veo gente caminar
envuelto en flores.
Saludo:
mariposa
pétalos
jazmines
azucenas
Delicioso paraíso terrenal.
Siento una mirada que me mira,
que me besa,
que me abraza
con un manto divino.
Es la flor convertida
en Jacinta la Sufrida,
tiernamente.

Pero cuando le dije: Ambia, esto es un poema, se puso tieso. Se puso como acabado de nacer, se puso tan atarantado de verse por primera vez amaneciendo en su mañana, que los ojos se le fueron a llorar un momento. Se puso como debió haberse puesto Orula cuando Elegguá lo desenterró de al pie de la ceiba. Corrió por la calle con los brazos abiertos como un niño que jugara a volar, a volar por primera vez en avión entre el polvo que levantaba el viento.  Algo en el mundo era de él. Camán, Camán lloró, repetía. Daba emoción verlo usar así su alegría. Yo era un ladrón que robaba en los cepillos de las iglesias, dijo. Y ahora me han concedido el perdón. Ahora soy un poeta. Por primera vez voy a tener un destino, consorte. Meferefun, el hermano, me dijo todavía. Entonces se inclinó en reverencia y besó el piso polvoriento. Y cuando se levantó, levantó sus manos como si fuera a entregarme un abrazo y se sacó la pulsera de cuentas verdes y amarillas que traía. Toma mi iddé. Tú eres Orula. Tú me has adivinado, dijo. Estaba en el primer reconocimiento de su vida. Ahí mismo, le pedí los otros papeles que tenía escondidos. Me los entregó todos. Un montón. Aquí tienes un libro, Ambia. Solo hay que dejar que los propios poemas salgan a escoger el camino por donde empezar y por donde salir… Y corrió de nuevo a volar como un avión. Yo, sentado en el asiento de la guagua, no entendía. Miraba, pero no sabía cómo traducir  aquello que miraba. No sabía cómo meterlo en mi novela. Todavía movía las manos en un intento por limpiar la ventanilla, por fijar el instante, por alcanzar a ver más allá. Las palabras lo atragantaban y se le hacía muy chiquito el lenguaje. Lo miré. Nos miramos. Le sonreí desde el pasado antes de que el polvo borrara el edificio y nos sacara, al Ambia y a mí, de la realidad. El chofer levantó una mano. Un saludo, creo. Un adiós, quizás. Maferefun, dije. Y vi como la guagua entraba por una puerta y se metía en una cuartería de San Lázaro en el momento en que una negra vieja sacaba los malos espíritus barriendo la entrada con unos gajos de paraíso.

 

Por Froilán Escobar

Written by La Mascarada

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