Astrea en Lima

1

 

La muchacha viste blue-jean y casaca de cuero negra. Es delgada como brizna de hierba. De pie ante mi soledad, sonríe. Sus lentes plateados son azules. Deambula en el paradero. No tiene destino fijo. Tampoco un nombre. El viento del atardecer golpea levemente su rostro. Revolotean sus inquietos cabellos rebeldes. Prosigo tomando mi cerveza. Es posible que se acerque. De pronto camina directamente hasta la primera mesa del bar. Se inclina y sin decir palabra me estampa un beso suavísimo en la frente. ¿Quién será? me pregunto ensimismado. La he visto durante una hora esperar lo inesperado. Ningún microbús o combi son abordados por ella. Quizá se ha intrigado por mi insistente contemplación solitaria. Ahora está sentada a mi costado. No la conozco, ni quiero conocerla. Sólo deseaba mirarla. El hechizo de su enigmática presencia está por romperse. Pero yo lo impido. Le he puesto la mano derecha en los labios en el instante que intentó hablarme. Es tan bella que su silencio me permite la dicha. Alisa su pelo largo y sonríe. Coge mi vaso de cerveza y bebe un sorbo. De pronto y sin que nadie se percate, abre los botones azules de su blusa. Puedo ver entonces la zona interior de su pecho terso. Un ramalazo de sensualidad me recorre la espina dorsal. Observo la paz del bar mientras empiezan a encenderse las primeras luces del crepúsculo. Debo bautizarla, ponerle un nombre para seguir esta historia. Le propongo Astrea y ella hace un gesto de divina indiferencia. Le digo que el tiempo es lo mejor que nos puede suceder. Por toda respuesta obtengo una difícil luminosidad en sus ojos. Trato de captar el brillo de sus pupilas en mi trazo. Súbitamente niega su existencia. Afirma ser virtual, una idea creada por la literatura. Alguien inaprensible para mis manos transparentes. Recuerda su primera comunión y saca una hostia de su copón sagrado. Es increíble su aparición sacrílega. Comulgo con ella. Me invita a orar, pero yo soy ateo. Entonces saca de su bolso un perfume de almizcle. Me insta a tocarle un pezón. Lo hago sólo con el pulgar y el índice. Cierra los ojos. Vuela por ignotos paralelos. Regresa. Agradezco su alegría pacífica como el remanso de un río o la desesperación es una playa. Admito mi ignorancia con respecto a sus caderas. Me plantea el baño. Acepto jubiloso. Dejamos la mesa y avanzo callado tras ella.

El recinto es estrecho pero suficiente. Baja sinuosamente su blue-jean. Siento una energía inteligente. Miro la forma perfecta de sus líneas. No tengo otra alternativa y entro en ella como una exhalación. Experimento una húmeda intimidad virginal. El mundo se mueve como el mar. Ondulan las olas de la realidad y la brisa de su alma plasma esta canción. Su música está saciada. Sabemos que Dios se ha impuesto entre nosotros, al menos eso es lo que ella me asegura. Yo le prometo que sí. Nadie ha interferido el acto de amor. Salimos. El bar está tranquilo. Un ambiente fanal decora el cielo raso. Ningún conocido. La miseria empieza más allá de las ventanas. Las bocinas. El odio. Admiro su trote al desplazarse entre las mesas vacías y el mostrador. Alberga infinita ilusión. Acerca su silla a la mía. Otra vez estamos en la mesa inicial. La botella de cerveza esta casi vacía. Decido pedir otra y ella asiente con la cabeza. Su cabellera ha cobrado vivísima intensidad. Por fin me atrevo a acariciar su barbilla. Ya es de noche y en el bar resuena una antigua melodía. Ella reconoce el tema y me habla de sus amores adolescentes. No es necesario. Con un mohín de su dulzura arregla el impasse. Celebramos el encuentro y juramos que éste será nuestro bar. Suavemente junta su boca a la mía y deposita su corazón en mi antebrazo. Ha llegado la segunda cerveza. Aplicamos. La frescura de la noche nos circunda con sus estrellas impalpables, mas estar con ella semeja condición celeste. El ritmo de sus sonrisas adquiere cierto frenesí al proponerle irnos al Averno. Sólo lo conoce por referencias. Pero todavía hay que esperar. Las puertas del lugar se abren más tarde. La ciudad se presenta oscuramente iluminada por el resplandor del mercurio y los parpadeos del neón. Los transeúntes apuran su paso por orinadas calles y semáforos deteriorados. De todos modos es hermosa Lima con su negrura y fealdad. Por algo Moro la llamó horrible ―con ternura―. Los primeros parroquianos penetran el bar y su intonsa bulla nos agrede. Ya no queremos estar allí. Fue el sitio ideal hasta que fue solamente nuestro. Vagaremos por el centro hasta que abra el Averno.

 

2

 

La muchacha camina con un ritmo extraordinario. Sus zuecos relievan la coquetería de cada paso. Es como si estuviera en el aire, una ondulación célica. Voy detrás de ella sólo para verla de espaldas retumbando la Colmena. Astrea ―así quedó bautizada― nunca ha caminado entre el maremágnum de ambulantes y la india muchedumbre. Es la primera vez que visita el Cercado. Mejor es no saber de qué distrito viene, ni conocer las pequeñas historias de su barrio. Prefiero verla como una recién nacida. De pronto no sé cómo ha hecho pero ya está dándole la comunión a unos pirañitas que se han levantado de su sueño al descubrirla ―como una Madona― en medio del tráfago callejero. Recordé su copón. ¿De dónde lo habría sacado? ¿De qué iglesia? ¿Sería amiga o pariente de algún sacerdote o sacristán? Todo esto ocupaba mi mente cuando debo intervenir: los pirañitas abusando de su confianza la han tumbado sobre las losetas y pretenden quitarle la blusa. No sé cómo he logrado espantarlos. Astrea está feliz, recogiendo las formas del sardinel para guardarlas cuidadosamente en el copón.

Seguimos deambulando hasta el puente Santa Rosa donde la muchacha en un arranque lanza el copón a las rápidas torrentadas del río. No la entiendo, pero su expresión de felicidad es contagiosa. Una ráfaga de liberación campea entre los baldíos de la noche. Decido llevarla a mi antiguo barrio. Malambo se abre para nosotros como una jaula con las fieras más tiernas mostrándonos sus cuchillos de acero. Toda especie de lumpen intenta conminarnos, pero yo conozco estas calles y conduzco a la bella esquivando los problemas, ganándole la moral a los faites. Van siendo superados y se quedan en la puerta de sus llonjas ―en collera― comentando mi osadía y la impecable silueta de Astrea.

3

 

Estamos listos. Hemos decidido fumar pasta. La dejo junto a un teléfono público haciendo la finta de una llamada mientras yo penetro en la selva. Me encuentro con el poeta maldito Carlos Oliva quien inmediatamente ―apenas me divisa desde lo lejos en la perspectiva urbana― grita a todo pulmón:

―Nadie se meta con el poeta. Al que toca al poeta lo mato.

Y nos dábamos un abrazo bajo el atardecer espectral transformando el twilight en estas líneas de poesía urbana, neón, solitude. El Ruco se me acerca y le compro diez pacos. Salgo volando no sin antes consumir una tola con mi querido amigo, el poeta joven del Rimac, rockero subte antes de la movida subterránea: Carlos Oliva quien con Kilowatt y los Montaña and Tomatito Arias formaban la célula rocanrolera de esos tiempos negros de pastel & azules moros. Salgo evadiendo posibles rayas camuflados consumidores igual como Iván el sargento Preston monarca de las noches pasteleras desde la División Blindada hasta Villacampa, donde reinaba la oscura claridad de mis amanecidas fantasmales. Tiempo de la violencia de las calles bajo el apagón más ciego de cuantos tuvimos con nosotros, en el corazón de putrefactas riberas marginales, acequia de perdición, ínsula de desesperadas caminatas por barriadas perfumadas de pastel.

 

Fragmento de una novela lírica en proceso de escritura

 

Por Roger Santiváñez

 

Written by La Mascarada

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