Cada quince días

Busco salir a hacer las compras, sobre todo ahora que los contagios se encuentran aparentemente en la meseta de la curva. Si los contagios se encuentran en su máximo, mi lógica es ser más estricto en la no movilidad.

El permanecer confinado, el no salir innecesariamente, responde no tan sólo a una precaución personal, sino a que con esta acción silenciosa el que se confina manda un mensaje, así sea minúsculo, a los demás: si hay poca gente en las calles es porque así debe de ser; entre mayor movilidad haya, mayor cantidad de contagios existirán y, por ende, habrá una enorme dificultad para obtener servicios médicos de emergencia y costará mucho más paliar la enfermedad.

Salgo y veo las calles colmadas, como si nada pasara, como si el Estado de México viviera en otra época, una época de gloria, en donde las enfermedades pueden menos que nosotros. Me sorprendo, por supuesto. El contraste con las imágenes de ciudades desiertas de otros países es elocuente y me pregunto: acaso no estaré yo mal, acaso estas personas que están en las calles saben algo que yo no sé. ¿Qué es esto de estar confinados? ¿Qué es esto de no tener contacto y alejarme de mis seres más queridos?, mientras que acá, en Atizapán, se venden sandías, piñas, tacos al pastor, mascarillas N95, colchones para mascotas y gel antibacterial en la vía pública, como si nada estuviera pasando en el planeta, como si todas mis angustias hubieran sido parte de un inútil sueño, de un sueño inducido.

¿Qué hace toda esta gente aquí? Claro, ganándose el pan de cada día, no soy ingenuo, pero entonces concluyo con desasosiego que no habrá solución. No hay modelo matemático que pueda contemplar tal rivalidad con la sensatez del intento por sobrevivir.

Llego al supermercado y me encuentro con un escenario diferente al de dos semanas atrás: ahora mucha más gente ingresa a la tienda minuto a minuto. Hace dos semanas, la mayoría de las personas que hacía aquí sus compras se mostraba concentrada, realizaba sus compras en silencio, solitaria y un tanto apurada. No, ahora ya no se ven tantas caretas protectoras, tan solo cubre bocas y, lo increíble: vienen en familia a realizar sus compras. Evaden los controles al ingreso que señalan claramente que sólo una persona puede pasar a comprar y, milagrosamente, minutos más tarde, terminan adentro ya en parejas. Los que van acompañados hablan, se mueven, circulan, se relajan, se descuidan, nos descuidan a todos. ¿Por qué, cuál es la necesidad de romper las reglas y pretender invariablemente salirse con la suya?

Dicen que las sociedades tienen los gobiernos que se merecen, pero me pregunto, después de ver a estos dos segmentos de la sociedad retar al virus de manera tan flagrante —cada quien con su justificación—, si los que pretendemos cuidarnos nos merecemos este tipo de sociedad.

Somos una sociedad retadora, desafiante (el puesto de tamales o de venta de tacos al pastor callejero es tan retador como ir a Vail a una competencia de esquí y regresar con la importación fresca del virus), somos una sociedad que, incluso a sabiendas de haber cometido una falta, se convierte en reclamadora, que pasa de una postura desafiante a una de victimización de manera casi inmediata, que reclama entonces pues “no se tomaron las medidas a tiempo, “que me mataron a mi hijo en el hospital, “que no me lo quisieron atender, capaz de amenazar y abrir las bolsas de los cadáveres de manera violenta, proferir que “nadie me informó”, “no veo por qué cerrar mis negocios”, “los datos son falsos o manipulados”, “seguramente ése ni científico es”. En fin. Todos incapaces de asumir las consecuencias de su irresponsabilidad.

Llego a casa después de estar fuera tres horas que parecieron eternas. De inmediato me baño. Estas salidas son muy estresantes, pues siempre queda la incógnita de no saber si estoy contaminado, si mi biografía está por cambiar, o si simplemente regresé del súper, como cada quince días.

 

Por Igor Moreno

Written by La Mascarada

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