Agaete, 4 de abril de 1937 (primera parte)

Aquella noche detendrían a veintisiete hombres entre la villa y el valle, veintisiete padres, esposos e hijos, con un nombre y un apellido, que a las cinco de la tarde aún no figuraban en ninguna lista. Pero el destino, caprichoso y cruel, impondría su voluntad de forma ordenada y definitiva. El listado estaba a punto de escribirse y esos veintisiete nombres y apellidos empaparían el papel con la tinta de la pluma de uno de sus vecinos, que también tenía nombre y apellido. Se llamaba Armando Muñiz, era uno de los jefes locales del partido único y sus vecinos lo conocían como Mando.

Mando recibió a los cinco jerarcas llegados de Arucas y de Las Palmas en el comedor de su domicilio, una casa señorial situada en la calle lateral de la iglesia. Las manzanas que rodeaban el templo agaetense eran conocidas como La Vegueta, un guiño al barrio palmense que, como su homólogo culeto, habitaban las familias más acaudaladas. Unos meses atrás, un grupo de rojos había intentado asaltar el cuartel de Isleta, en la capital de la isla, motivo por el cual desde el partido se decidió actuar. Con intención de establecer el orden y prevenir futuras incursiones, Mando y los demás solicitaron permiso del ejército para detener a aquellos republicanos que aún estaban libres. En opinión de Armando, habían sido demasiado blandos al detener solo a quienes habían sido sorprendidos delinquiendo, y el resultado era el que era, ¡se les subían a la chepa! Por suerte, el ejército decidió hacer la vista gorda y allí estaban los seis, sentados alrededor de la mesa, frente a un vaso de ron —un Carta Oro que habían traído de Arucas— cada uno y dispuestos a hacer lo que fuera necesario para que su isla y su país no cayeran en manos de cuatro machangos.

Mando paladeaba el licor, al que arrancaba leves notas a madera, mientras giraba el vaso al contraluz de la ventana. Observando los destellos rojizos contra la pared empapelada en crema, repasaba mentalmente su plan. Los acontecimientos no solo se habían precipitado en lo político, sino también en lo personal, pero la solución a ambos problemas estaba en aquella habitación. Armando, que conocía bien sus habilidades y había llegado hasta allí por ser un hombre de recursos, sabría sacar partido a la situación. No era la primera vez que lo hacía. Se dijo, estudiando los rostros de quienes se sentaban frente a él, que esa tarde cumpliría su objetivo principal sin que ello afectara al interés general. El nombre de Ángel Ortega sería incluido en la lista y si alguno de aquellos hombres le ponía trabas, siempre podía hacer concesiones y delatar a un par de vecinos o tres que, si bien no eran rojos del todo, podían haber aplaudido alguna que otra actividad poco respetable. Cuando su honra estaba en juego, Mando no seguía otra regla que no fuera la de mantenerla.

Mientras los hombres tomaban asiento en el comedor de la planta baja, en el cuarto situado sobre sus cabezas, Encarnita Muñiz se sentía la muchacha más desgraciada de la isla. Sentada frente al tocador, con las sienes palpitantes por los golpes recibidos y observando el rostro que su padre casi le había desfigurado, intentaba buscar una salida. Encarna siempre supo que su familia desaprobaría su relación con Ángel, un hombre viudo, padre de una niña de ocho años y once años mayor que ella, que pertenecía, además, a una clase inferior. Sin embargo, no estaba dispuesta a renunciar a aquel cabello denso y castaño que se ensortijaba entre sus dedos como las algas del puerto, ni a unos ojos de miel que la miraban como si fuera única.

A medida que el párpado se hinchaba, su ojo derecho se iba cerrando. Notaba el pómulo caliente y cuanto mayor se hacía el hematoma, más se reforzaba en su mente la idea de escaparse y más se afianzaba en su interior la certeza de que Ángel y ella vivirían juntos para siempre. La indignación le producía aquel efecto, el de insuflarle fuerza y determinación. Pensó en su madre, que lloraría e intentaría hacerla cambiar de opinión, y se dijo que nunca sería como ella. Evelia era una mujer demasiado débil que vivía bajo el yugo de su esposo, algo que Encarna no quería para sí. La joven pensaba esperar a que se ocultara el sol, y entonces se escaparía de casa. Si la intentaban detener, confesaría que aquel beso tras la iglesia por el que su padre la había castigado —habían sido torpes, al no percatarse de la presencia de don Damián— no había sido el único y gritaría a quien la quisiera escuchar que había mantenido relaciones carnales con el matarife porque lo amaba. Seguro que, con tal de evitar la vergüenza de mantenerla bajo su techo, sus padres renunciarían a detenerla. Poco le importaba que renegasen de ella, siempre que pudiera compartir su vida con Ángel Ortega.

Por Carlota Suárez García

De La tumba del rey (Huso, 2019)

Escrito por La Mascarada

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