El elegido

Ahora verás lo que es tener las alas rotas.

 

El contragolpe, Manu Chau.

 

La pelea había terminado. Había ganado, porque su rival se encontraba donde nunca debería estar un ave: en el suelo, mal herido, a merced de los depredadores. Había ganado una flor, pero ya no podría volar de regreso a esa flor.

Tenía el ala rota. Había avistado y alcanzado un refugio entre los abetos, aunque el quiebre de las plumas retumbaba en sus oídos como si todo el bosque hubiera vencido sus ramas. ¿Qué hace un colibrí que no puede volar?

Durante días se recluyó en una depresión altisonante. Se encerró en su espacio, lamentando las pérdidas que el ala rota implicaba: el apareamiento, la migración al llegar el invierno, el intercambio con otros colibríes y especies, pero sobre todo la conquista de la flor. No era menos despreciable en su corazón la pena de haber matado a un colega, hecho del cual supo un par de días más tarde, cuando la que sería su única amiga, la Ardilla, llegó a avisarle que los funerales de su rival pasarían por el camino del árbol durante el crepúsculo.

En ese momento el Colibrí deseó estar en el sitio de su competidor. Morir. Mas el deseo solo devino mal trance. En su egocentrismo, creía oír los lamentos del bosque. Sin embargo, el bosque estaba más vivo e inclemente que nunca, haciendo cumplir con estricto protocolo el ciclo de la naturaleza.

Mucha paciencia tuvo la Ardilla, que cada media hora traía a su refugio una flor. Una flor muerta, desmembrada de su tallo, solo para que el Colibrí no muriera de hambre. Ese era el drama real, su incapacidad para mantenerse vivo sin ayuda. Necesitaba consumir cada día su propio peso en néctar.

Pasada una semana, asomó el delicado pico sobre el tronco que lo protegía. Más tarde la cabeza. Se le vio echar un paneo de ida y vuelta a la floresta. Luego, tratar de conectar instintivamente con la que había sido su madre tierra. Algunos dicen que un par de lágrimas cayeron con desdén sobre la hojarasca, y que justo allí crecieron flores, reivindicando su afrenta a la vida. Pero era un hecho, el ala estaba rota y tardaría en sanar.

El Colibrí rogó a su amiga que buscara al sabio Búho y le pidiera audiencia. La reunión tuvo lugar a puertas cerradas y duró varias horas. Luego el Búho continuó su rutina, aunque desde entonces solía pasar por la madriguera del Colibrí con cierta impenitente regularidad. Comenzó llevándole libros, manuales, enciclopedias. Más tarde, la música. Sobre las entrañas del bosque comenzaron a alternarse los violines de Vivaldi, el piano de Beethoven, el de Mozart, los boleros de Ravel y, a veces, la guitarra de Joaquín Rodrigo en el famoso Concierto de Aranjuez.

Semanas pasaron. Solo la Ardilla y el Búho se reunían con el Colibrí. La Ardilla, en su tarea de salvarle la vida, le dejaba flores para libar a la puerta del nido. Con mucho trabajo aprendió a cazar pequeños insectos para que el Colibrí recuperara la vitalidad. En tanto el Búho le dejaba materiales nuevos, y solían enfrascarse en debates filosóficos durante horas. Se convirtieron en la comidilla del bosque.

El Colibrí aprendió música clásica, filosofía, historia, comenzó a escribir poemas y hasta redactó un manifiesto dedicado a la consolidación de un mundo mejor en aquel ecosistema que se regía por la brutalidad de la vida salvaje. Al final, él y su rival muerto no eran más que una consecuencia de ello. Estaba tan imbuido en sus conocimientos, que olvidó el ala y la pena de no volar. Hechos que pasaron a un plano remoto en sus prioridades.

Habían transcurrido meses cuando la Ardilla, cansada de poner la vida al servicio de su amigo, le hizo notar la recuperación del ala. Vino entonces el dilema. El Colibrí se negaba a verse sano. Decía que, con la pérdida del vuelo, había desarrollado otras facultades, y que ya no necesitaba volar para ser libre. Ahora era capaz de escuchar el canto de la cigarra desde su hueco, y distinguir si había alegría por un nacimiento o un nuevo amor. Sentía el paso ordenado y constante de las hormigas sobre el tronco del árbol, y se veía tentado a llamarlas a la insubordinación. En sus lecturas supo que en algún lugar del mundo las hormigas se habían revelado y reclamado sus derechos, y ahora vivían en democracia. Sabía también que miles de ellas habían muerto en la conquista de esos derechos, y se negaba a aceptar que esas muertes fueran en vano.

Así, enumeró cada sonido del bosque y aprendió a diferenciar el lamento de la evolución del cortejo del cenzontle. Por el crepitar de sus patitas era capaz de  reconocer a cientos de insectos de familias y especies diversas. Asumió el revoloteo de la mariposa como el más arrogante espectáculo del que era capaz animal alguno. Las aves venían a consultarle sobre estrategias de sobrevivencia y novedosas rutinas de apareamiento. Al parecer, obtuvieron siempre el resultado esperado.

Desarrolló habilidades involuntarias y agudizó sentidos. El olfato se afinó; ahora era capaz de percibir la flor a varios kilómetros de distancia, lo mismo que el olor del peligro, del que avisaba con tiempo para que cada uno tomara previsiones. En las tardes recitaba versos escritos por poetas de todo el mundo, hasta que empezó a componer sus propias estrofas. Entonces las aves detenían su vuelo, los insectos sus chirridos, las hormigas su camino imperturbable, solo para escuchar las dramáticas composiciones que le salían al Colibrí justo de abajo del ala rota.

Hasta el Búho venía a veces por su consejo. El Colibrí se había ilustrado, aprendió a volar sin alas y descubrió el universo sin salir de los pocos centímetros en que había erigido su refugio universal. No extrañaba el vuelo al aire libre; al contrario, temía que al recuperar las habilidades naturales, las adquiridas desaparecieran.

El Búho y la Ardilla tardaron meses en hacerlo entrar en razón. La Ardilla intentó olvidar alguna comida, con la ilusión de que el hambre lo sacara de la cueva. Pero el Colibrí no movió una pluma. El Búho dejó de visitarlo por días, creyendo que iría a buscarlo cuando necesitara renovar conocimientos. Mas, la pequeña ave tenía ya un mundo inabarcable de sueños e ideas que apabullaban las pocas horas del día sin permitirle disfrutar cada detalle como él hubiese deseado.

Un día, abatidos por lo infructuoso de la tarea, sus amigos le hicieron ver que sí, que tenía muchos conocimientos, pero ignoraba ya lo elemental, el sentimiento propio del contacto con ese universo que ahora idolatraba.

—Jamás tus plumas volverán a entrar en contacto con las plumas de una colibrí, desconocerás el acto magnífico del nacimiento, ignorarás el olor de todo aquello que no esté en el radio de tu olfato, por grave que este sea. Perderás la oportunidad de hacer nuevos amigos y encontrar, en el advenimiento del amor, otra fuente de libertad… —Durante horas, el Búho, que se había preparado para ese momento, enumeró todo a lo que debía renunciar en su obstinado empeño de permanecer atado al árbol.

Un día, cuando todo parecía perdido, el Colibrí decidió intentar el vuelo para quitarse de encima la letanía de sus amigos, que hacía semanas no hablaban de otra cosa. Dicen que desde el gavilán hasta las más diminutos criaturas detuvieron sus vorágines y se sentaron pacientes a esperar el instante absolutorio. Las ramas del bosque crujieron, despertando del letargo, empujando al Colibrí hacia el abismo de ser pájaro otra vez.

Dicen que estuvo días sin detenerse. Que con la impetuosidad del aleteo, recorrió cada rincón del bosque que lo había visto nacer y que se había hecho extraño en su clausura. Desentrañó los olores que le llegaban al árbol y que antes no podía explicarse. En la grandilocuencia del vuelo comprendió que ninguna de sus habilidades desarrolladas en el autoimpuesto cautiverio podrían compararse jamás con la tremenda fortuna de ser libre con el alma y, a la vez, con el cuerpo.

Con su regreso, además, le devolvió a la Ardilla su autonomía; al Búho, la amistad ofrecida, y a la flor, el sublime derecho de vivir.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de "Bahía de Sal", premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó "Luz en la piel. Cinco voces de mujer" (Huso, España).

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