Retrato íntimo: La revolución de las cebollas

Mi patria no es mi patria, se acabó.

No sé cómo decirlo ni qué digo.

Que el dolor no me impida ser sincero.

Exígeme otra vez que no me calle.

 

Lichi

 

Primero nos quedamos sin oído…

Mejor sordos que escuchar la propaganda anticomunista que venía de afuera, que ponía en duda nuestra Revolución, nuestra buena voluntad, nuestros principios y hasta los básicos y elementales derechos humanos que el mundo proclamaba en violación.

Dejamos de oír todo. El cine se quedó sin palabras. Callaron a los poetas y los bardos, y no me gustó nunca cómo los callaron. La música enmudeció y nos impusieron lo que había que escuchar. Perdimos poco a poco la alegría de gritarnos, y eso nos encantaba. De todas formas, nadie podía oírnos, ni siquiera nosotros a nosotros.

El sordo se convierte en mudo…

Para que no cometiéramos el error de expresarnos mal: del Gobierno, del vecino, del amigo tampoco…, mejor afónicos. ¿Y el shock; el miedo? ¿Para qué hablar? Unos sordomudos, otros viajeros gritones que no regresaron jamás sus alaridos. La mayoría vencidos…

Todo el que no puede escuchar a sus poetas está mutilado. La sordera deviene mutismo. Repetimos lo único que alcanzábamos a atender: ¡A favor todo, en contra nada! De tan callados, perdimos el entusiasmo por aullidos y lamentos, esos que antes nos dieron una idiosincrasia. Y se hizo el silencio. Afuera. Adentro.

Más tarde abdicamos de las ideas…

Alguien, tranquilos todos, nos diría qué hacer, cómo vivir, qué pensar. No había de qué preocuparse. Ocúpense. Ocúpense en lo cotidiano. Entreténganse con el mar. Atemorícense con sus tiburones. Emborráchense de alcohol y sexo. La Revolución la haremos nosotros, los que sabemos, los que de verdad conocemos al hombre nuevo y sus virtudes. ¡Amnesia obligatoria!

Levantémonos. El desayuno: no hay pan, no hay huevos… Inventemos algo. Que se nos agote la ingenio en la preparación de cada plato. Mi mamá está pensando en la comida del mes que viene. Ya no nos alcanza. Se acabaron las reservas, los almacenes, las cuentas en el banco, las joyas de la abuela… Mi mamá sigue pensando, no dice nada, no escucha nada tampoco. Mi mamá sigue… la comida de los niños no puede faltar.

Lo de los sueños ocurrió de manera natural…

Soñábamos mucho al principio: con viajes, metas, logros, aspiraciones, el planeta desconocido; con lo que sueñan todos los seres humanos desde que el mundo es mundo. Pero entonces nos prohibieron salir, por miedo a que no volviéramos. Nos obligaron a tener el mismo sueño que la Revolución, el de un futuro utópico. Todavía lo esperamos. Y sus sueños opacaron nuestros sueños, de todas formas irrealizables. ¡El único sueño con sentido es al que podemos aspirar!

Comenzamos a soñar con un par de tenis para cambiar los viejos y rotos zapatos. Con una Coca Cola del Imperialismo. Con todo lo que viniera de afuera, porque si estaba prohibido tendría que ser mejor. Empezamos a soñar con lo prohibido y así degradamos nuestros sueños a nada. ¡Qué sueños de mierda por tantas generaciones de soñadores!

Unas pocas décadas después se habían extinguido hasta las cebollas…

Las cebollas, que era lo único que nos quedaba para llorar, se pudrieron en la tierra. Se pudrió la tierra. Y las lágrimas y los adioses se nos secaron en los ojos. Otro que se va. Otro que posiblemente muera. Otro que tendremos que olvidar. Sácalo del corazón; nunca más volverás a verlo. Muerto o vivo; no volverás a verlo. No quedan cebollas mami. Mejor, hija, así dejamos atrás este llanto que ni siquiera puedo gritar…

Ciegos, tontos, muertos…

Y terminó por fastidiársenos la vista: a falta de vitaminas y de información. Es que aquí dentro es mejor. Olviden los catalejos, el universo. Ceguera colectiva u otro ensayo sobre la ceguera. Nos miramos el ombligo, los pies, las manos. Todo chiquitito…, pero habíamos perdido la costumbre y la conciencia de mirar hacia arriba, al firmamento o al horizonte, cuyas fronteras son siempre abismos.

“La vida ¿está en otra parte?”. Sin oído, sin lágrimas, sin el esfuerzo absurdo de las ideas; sueños muertos. Nos quedamos con la historia; sin futuro. Nos hicimos hombre nuevo: caminar sin piernas, cantar sin voz, oír sin escuchar. Tontos, bobos, mutilados. Soltamos la esperanza. Sueños a la deriva.

Pero seguimos construyendo esta maldita revolución sin cebollas.

 
Por Gabriela Guerra Rey

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de "Bahía de Sal", premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó "Luz en la piel. Cinco voces de mujer" (Huso, España).

Loading Facebook Comments ...