El café de Berta (primera parte)

El café de Berta (primera parte)Me bastó escuchar el rumor de su desánimo para ofrecerle de inmediato un sitio en la barra. Revisó despacio los números y las letras del menú. Después dudó: “¿Un capuchino o un americano? No, no pediré café”, se regañó, sintiéndose orgullosa de sí misma. Lo supe cuando levantó la cabeza y rascó su nariz con cierta mesura. Abandonó la barra y se dispuso a mirar los carteles y los folletos que se encontraban pegados en los vidrios del café de Berta, mi patrona: cursos, seminarios, conferencias, exposiciones.

Adivinar la elección que harán los parroquianos se ha convertido en mi pasatiempo favorito. Una especie de instinto olfatea sus apetencias, luego les acomoda una historia: el indeciso, de moka; capuchino, un gusto por lo inacabado; la arrogancia, express. Esto me ha traído algunas ventajas: mejores ventas y una especie de fraternidad con mi patrona.

Girando su cabeza de un lado a otro, ella se detuvo frente a una puerta que le servía de espejo. Morena, delgada, descubierta. Por un momento me entusiasmó la idea de que yo le gustaba y ese girar de cuello era una insinuación. Renuncié al guiño por timidez, no hubiera podido inventar su historia conmigo al lado. Decidí entonces que sus deudas le comían el cuello, acribillándole las ganas de pensar en otra cosa que no fuera un empleo; algo que entretuviera la miseria que se avizoraba en sus botas descosidas.

No había llovido aún. El sol escondido entre las nubes grises le daba al cielo una calidez que ella acogió gustosa. Esa tarde pasaba por ahí, como pudo moverse entre otras calles a esa misma hora; por casualidad se detuvo en el café de Berta. Sus pasos jóvenes buscaban al azar, extraña manía del que anda sin brújula.

De pronto. Este “de pronto” puede resultar engañoso porque así dicho parece anunciar que hemos llegado al momento de la historia en el que todo comienza: el tendero del café de Berta sale del mostrador, acaricia los hombros desnudos de la mujer en deuda, aparta el cabello y besa moroso las orejas pequeñas. No, no fue así. De pronto, ella palideció y se sonrojó como si se encontrara frente a su anhelado objeto de deseo; frente al hombre adecuado en el momento justo; frente a la oportunidad. De pronto, fijó sus ojos sorprendida de no haber reparado antes en las letras rojas que anunciaban: “Se solicita persona para trabajar, informes aquí”.

El café de Berta (primera parte)

Quien escribió ese anuncio se estaba dirigiendo a ella. Precisamente a ella en esta tarde, cuando las deudas le comían el cuello y le era imposible invitarse un café. ¿Trabajaría detrás de la barra sirviendo capuchino y americano en las tardes lluviosas, como estaba a punto por serlo ésta, cuando la luz del sol arremetió y unas gotas precipitadas mojaron el asfalto?

—La señorita Berta que es la que sabe —me oí decirle— llega a eso de las cuatro. Los viernes no la encuentra porque se va con sus amigas, pero puede traer su solicitud y ella se comunica.

“Berta, así que la dueña se llama Berta” —la escuché suspirar en su cautelosa mueca—.

Ella había visto a mi patrona en el café hacía pocos meses. Le gustó su porte, camisa blanca y pantalones de mezclilla, porque le traía de vuelta los amaneceres en la granja de su tía —le inventé una tía y los recuerdos que se asomaron en su sonrisa, aun a su pesar—. Seguro que mi patrona se le antojó para una noche de gallos y apuestas, un atardecer despacio entre la alfalfa y el mugido suave, las ubres en el establo.

Ahora le era difícil asociar la imagen de Berta con la palabra señorita. No la culpo, a mí también me costó trabajo, después uno se acostumbra a mentirle a su primera impresión. Si le hubieran pedido que definiera la palabra señorita, no hubiera pensado en la morena de cabello corto, rizado, sin pizca de pintura que preparaba el café mirando burlona y suspicaz. Menos aún en que esa morena portara orgullosa una cicatriz en la mano derecha, que parecía restañar sorda un recuerdo doloroso.

El café de Berta (primera parte)

En su definición de señorita, tampoco encajaría la navaja que ella imaginó escondida en el pantalón de mi patrona —no la cargaba, ni traía botas de piel de víbora como a ella le hubiera gustado—; pero segura estaba, eso sí, de que a una señorita no le habría coqueteado con las ganas de arrancarle una sonrisa y de lamerle el rencor en la envergadura de su porte. Porque a una señorita tampoco la confundiría, por instantes, con un muchacho español de ojos cabrones y moros —aún no sé por qué asoció cabrones con moros, tal vez le pareció más convincente que Berta con señorita.

La lluvia cesó tan rápido como vino. Humedeció la calle. La luz comenzaba a mordisquear un atardecer sin nubes y yo atendía ya los ademanes lustrosos de una mujer de bolso negro, cuando mi patrona apareció. Le avisé:

—Ella es la señorita Berta.

Un ligero temblor en sus botas me habló de sus miedos. Dudó. Me dio las gracias y salió del café. Volvió a entrar. “Qué ridícula debo verme”, pensó —y si no lo pensó debió hacerlo—. Saliendo y entrando y antes de que otro gerundio la confundiera, se dirigió hacia Berta con la mirada fija en un punto que le sacudió la garganta hasta oírse decir:

—¿Solicitas persona para trabajar?, ¿cuáles son tus requisitos?

 

Por Claudia A. Ramos Aguilar

 

Escrito por Claudia A. Ramos Aguilar

Nació el día de Natividad y así estuvo a punto de llamarse. O Florentina, como su abuela paterna. El Ramos viene del padre, un ramillete de ocultamientos; y el Aguilar, aquí presente, de una madre cazadora, comerciante. Adriana es el otro nombre que se omite, sin olor de ciruela, es...
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