A la Virgen de los nudos

A la Virgen de los nudos La imagen de Nuestra Señora que desata los nudos observa desde su gruta. Dicen los fieles que la Virgen intercede ante Dios para obrar milagros (aún en la fe siempre es necesario tener algún “contacto” cercano al poder). Una formación de velas agotadas se ofrece como testigo de la adoración. Frente a la iglesia se acomodan vendedores de medallas, estampas, colgantes. No vocean su mercadería, están allí con la paciencia del pescador frente al río, la carnada es buena y el cardumen abundante.

Hay fieles haciendo fila junto al enrejado, entre ellos y los puestos de venta queda una suerte de pasillo estrecho para que pasen los transeúntes.

Yo estoy allí, pegado a la reja, con mi madre. No soy devoto pero ella sí. La hilera donde estamos es larga, ocupa toda la cuadra y hasta donde alcanzo a ver da vuelta a la esquina. El hecho de haber llegado temprano no garantizó el primer lugar pero no tenemos una ubicación lejana al templo.

¿Es la fe que moviliza tanta gente o la necesidad de creer en algo superior, mágico, garantizador de una vida no menos mala? Mi madre tendrá una respuesta sin análisis social pero más religiosa que mi pensamiento. Ella, su madre, la madre de su madre, han profesado esta religión, honrándola y participando de todas las formas posibles. ¿Tengo altura moral para criticarlas? No recuerdo cuándo, pero le pregunté a mi madre si entendía alguna diferencia entre la forma en que fue engendrada Minerva y la de Cristo. Mi respuesta implícita era sencilla, pero esta mujer que ahora aguarda en la fila con más fe que el mismo Papa, dijo: “Lo distinto no está en el hecho sino en quien lo dice”. La discusión siguió, creo haberla ganado pero no cambié el pensar de mi madre. En verdad lo que parece estúpido hoy, mañana seguirá siéndolo y cuantos más mañanas se suman, lo estúpido adquiere un matiz risueño.

Mi padre nunca fue apegado a estas creencias, dejó a mi madre hacer y deshacer a gusto. Cuando tocó la comunión de mi hermano y el sacerdote obligó a toda la familia a confesarse, mi padre asistió fastidiado. Yo recibí, con doce años, el castigo de 20 Avemarías, 15 Padrenuestros y la certeza de no volver a contar sobre mis masturbaciones. Mi padre, a la pegunta de si tenía algo que confesar dijo “no”. Y su respuesta para saber si se arrepentía de algo fue, “estar arrodillado acá, frente a un hombre que no conozco”. Mi madre salió horrorizada de aquella capilla y de modo propio se impuso el castigo: orar toda una noche, arrodillada sobre maíz, para expiar los pecados de su esposo.

De eso ya han pasado muchos años pero con el mismo Dios. Ahora viuda y con los dolores corporales que ocasiona haber cumplido noventa, me pide que la lleve y acompañe a estas cruzadas de fe, de las que sabe no me agrada participar.

Corre un viento frío, las nubes regatean el sol, parece que la lluvia no tardará en llegar. Mi madre cubre su rostro con la chalina, yo subo el cuello de mi gamulán al tiempo que busco los cigarros en el bolsillo. Sería bueno un café caliente, oteo por sobre algunas de las cabezas pero no hay nadie que venda bebidas.

A la Virgen de los nudos

Una mujer de la fila se acerca a los puestos de venta y compra velas. Veo el gesto reprobatorio que hace mi madre, ella no está a favor de estos negocios. Trajo sus propias velas desde la casa, estoy al tanto porque me lo contó cuando veníamos en el auto.

Mi madre es más pequeña que yo, nunca fue alta, los años le han jugado con trampa y lograron encorvarle la espalda. Luce cansada, lleva el pelo gris, peinado al spray y un rosario enredado en las manos. Cuando era chico y la veía con aquel artilugio entre los dedos pensaba que tal vez tenía miedo de ser despojada de él; tardé en comprender que de esa manera lleva el conteo de sus oraciones

Me recuesto contra la reja, miro el reloj y enciendo el primer cigarrillo del día. El fumar no logra que el tiempo pase rápido, acto que deseo con toda la fuerza. Nadie se ha movido de la fila salvo esa mujer que compró las velas. Por el pequeño pasillo una señora empuja la silla de ruedas, el chico parapléjico que va en ella tiene más milagros para pedir que cualquiera de la hilera.  Miro hacia donde está la Virgen, ella mantiene la mirada perdida en nada.

Mi madre presiente mi incomodidad y, tal vez por sentirse obligada a darme contención, me habla. Lo hace en voz muy baja como si lo que fuera a decir resultara vulgar o vergonzoso. Habla en un susurro, tanto que debo inclinarme para oírla. Mi oído no es bueno y sumada mi reacción lenta sólo alcanzo a oír “más gente”. Rápido busco opciones para completar la frase, me encojo de hombros y tuerzo la boca. Ella no repara en mis gestos, vuelve a hablar. Esta vez estoy atento y me acerco para escuchar. Dice: “En una época conocía a todos los que venían, desde hace un par de años dejé de ver a muchos. Ni siquiera está la señora de Wilde, no faltaba nunca”. Mi madre habla dando por sentado que yo sé a quiénes se refiere. Continúa: “Una mujer grandota, muy educada. Tenía una hermana con demencia senil”.

A veces tengo ganas de preguntar cuáles son los milagros en el haber y cuáles en el deber. Prefiero ir en busca de un café. Mi madre lo niega, sostiene que ya están por abrir las puertas. Y razón no le falta, desde el templo sale un sacerdote joven llevando un manojo de llaves. La fila se mueve sin ritmo, el cura, parado junto al portón enrejado da la bienvenida a los fieles. Le pido a mi madre que me tome del brazo para subir los pequeños escalones pero ella es demasiado orgullosa y se niega. Saluda al sacerdote, pregunta por el padre Juan, “murió hace dos meses, la Virgen lo llamó a su lado”. Mi madre se persigna, entiendo que la noticia no es la esperada; con calma se arrodilla en uno de los bancos. “Mamá, ¿estás bien?” “Pocos quedamos”, responde. “Te espero afuera”, digo y salgo. Me paro frente a la Virgen, no tengo nada que pedirle y en estas circunstancias ella sabe que tiene poco para ofrecerme. Levanto la vista al cielo y empieza a llover.

 
Por Marcelo Rubio
 

Escrito por Marcelo Rubio

Escritor argentino nacido en 1966. Autor del libro "Bajo el signo de Eva" (Textos Intrusos) y de la novela "Lo que trae la niebla" (Indómita Luz).

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