Ein Ausgestoßener im Land des absoluten Geistes / Un paria en la tierra del espíritu absoluto

Ein Ausgestoßener im Land des absoluten Geistes / Un paria en la tierra del espíritu absolutoNo recordaba por qué, cómo ni para qué estaba ahí. La historia detrás de aquel instante era una oscura nebulosa en su mente. Olvidó recoger su equipaje, que cinco años después sería enviado de vuelta a su ciudad natal, sólo para ser saqueado por los empleados del departamento de objetos perdidos. Después de fumar un cigarrillo que pidió regalado a señas, buscó tomar la ruta que lleva de Tiegel al centro de la ciudad. El conductor del bus le solicitó mostrar o, en su defecto, comprar un ticket. Mas ante su visible aturdimiento y su extremadamente notorio desaseo personal, le impidió subir a la unidad. Decidió situarse en un rincón del pasillo 1C, en posición mendicante, para pedir algunas monedas a los viajeros que transitaban con prisa, ensimismados, ávidos de hallar la forma de llegar a su destino. Después de algunas horas y de un breve altercado con los oficiales de seguridad, logró juntar lo necesario y dirigirse hacia la estación de U-Bahn más cercana.

En el trayecto no se impresionó por los edificios, ni por las calles. Nada del fenómeno urbano que Berlín representa atrapó su atención. Tampoco fue pensando con angustia en las posesiones y la memoria perdida. No tenía a dónde llegar, pero sabía que habría algún lugar. Deambuló por parajes, se escurrió entre la multitud. Anduvo sin ton ni son, como una nota perdida en la partitura; como un bit mal transmitido en el vasto circuito integrado de la red de transportes; como una falla en la matrix que produjera no un déjà vu, no una repetición, sino un hueco en la secuencia numérica del programa, un espacio sin guarismo en el devenir del flujo informático.

Al cabo de un tiempo y muchos pasos después, volteó por primera vez al cielo intentando ver el sol, pero una sólida cúpula esmeralda, revestida con motivos dorados, se posó frente a su mirada. Al momento, el soplo del viento arreció y las parvadas caóticas de cuervos surcaron el campo celeste. Enseguida su mirada regresó a ras de suelo y observó un túnel peatonal. Había llegado al lugar que en secreto buscaba.

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Entre los suyos, encontró abrigo, solidaridad y hasta comprensión, aún cuando no hablaban la misma lengua. Se fue habituando, poco a poco fue recobrando la capacidad de pensamiento. Seguía sin recordar su historia de vida y no se devanaba los sesos en hacerlo, pero al menos las palabras reaparecían en su mente. Después de meses de dedicarse a comer, dormir y defecar casi en el mismo sitio, amén de contemplar a largos ratos el calmo andar del Spree, decidió aventurarse un poco más y caminar por las calles. Mas se mantuvo impasible. Nunca atendió la majestuosidad de los monumentos, ni le fascinó la arquitectura colosal. Ni se inmutó ante la estatua del barón de Humboldt, que tan buena fama le diera a la Nueva España a través de su Ensayo político —con los consecuentes delirios de grandeza que se produjeron en la intelligentsia criolla de aquella incipiente nación—. Cuando pasó por el monumento a Friedrich Wilhelm, sólo atinó a escupir un sonoro y denso gargajo. La Brandenburger Tor, con todo y la sobriedad de sus columnas dóricas y su estilo neoclásico, le pareció un exceso de mal gusto. Sólo por decencia no vomitó ante la cuadriga de Irene y los relieves de Heracles, Minerva y Marte.

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Otro día y una cuadra antes de entrar en el U-Bahn de Rüdesheimer Platz, se encontró con gente que entraba y salía de una cabina. En un inicio supuso que se trataba de comida gratis, pero luego entendió que ahí se intercambiaban otra clase de objetos que después reconoció eran libros, revistas y demás material impreso. Se acercó con recelo, titubeante, temeroso incluso. Una mujer de cierta edad y carnes magras, de ojos celestes y labios casi transparentes, le ofreció un libro que tomó con descuido. Al azar tomó otros dos. Regresó a su guarida y ahí, junto con los suyos, inició un fascinante recorrido por los intrincados vericuetos de I. Kant, G. W. F. Hegel y G. K. Chesterton. Se regodeó en la novela del inglés y en la abstracción especulativa de ambos idealistas alemanes. La parusía del absoluto le fascinó como narrativa y figura retórica, mas su sentido de perfección y totalidad le provocaba tantas nauseas como el peor gemüse kebab jamás preparado. De alguna manera, le remitía al domo imponente que se encontraba a unos pasos de su morada y por extensión a la catacumba debajo, en la que yacían los restos hediondos de la podrida realeza de los Hohenzollern.

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—Bueno, al vivir aquí de menos puedo decir que me codeo con la aristocracia —pensó—. Y soltó una carcajada cuyos ecos nadie escuchó.

Casi al llegar al final, había abandonado aquel paraje sombrío del bajo-puente. Aprendió lo que pudo de la dialéctica del amo y del esclavo, pues lo hacía sentirse orgulloso por su peculiar forma de liberarse. Sin embargo, le pareció más pertinente un universo discursivo estructurado a partir de juicios infinitos a la manera kantiana; detestó la noción de aufheben y nunca quiso subir por cualquier escalera de caracol que se la recordara. Compartió sus últimos momentos con un perro y dos gatos a los que llamó Gilbert, Wilhelm e Immanuel, respectivamente.

Una mañana de diciembre, su cuerpo fue encontrado al interior de una bolsa térmica, con la Crítica de la razón pura, La fenomenología del espíritu y La esfera y la cruz en sus brazos. En su boca violeta y petrificada había quedado dibujada una sonrisa. Cuando el servicio forense retiró su cuerpo y sus pertenencias de la banca del Volkspark, su última morada, en el respaldo se pudo leer un letrero, escrito con la punta de un vidrio roto de botella; a manera de herencia a la humanidad, a la vez testamento, última sentencia y epitafio, en alemán rezaba: EL ESPÍRITU ES UN HUESO.

Por Mario Ricoy

Escrito por La Mascarada

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