Días de escasez

Días de escasez de Jorge Ruiz Esparza - La MascaradaAunque no le faltaban razones para sentirse ansioso, Iván terminó su té y, con delicadeza poco relacionada con su corpulencia, depositó la taza vacía sobre el pequeño plato. Con la uña del dedo meñique, raspó un poco sobre la orla desportillada de esa pieza que su mujer había heredado de alguna tía puntillosa. El té con bizcochos se había convertido en una liturgia de pareja después de haber leído un libro sobre la memoria y el tiempo que era como un tupido bosque de palabras.

Después de limpiarse con la servilleta bordada que siempre acompañaba su ceremonia vespertina, Iván se despidió de Masha con un beso en la mejilla. Tomó su chaqueta y salió a la calle calculando que tenía el tiempo necesario para ser de los primeros en formarse. Después de recorrer la veintena de calles que lo separaban de su destino, se decepcionó al ver que la fila se extendía por varias cuadras, pero pensó que aun así alcanzaría a ser uno de los afortunados. Ocupó su lugar, junto a una rubia que estaba enfrascada en un enorme volumen, y se dispuso a esperar el tiempo que fuera necesario.

La rubia leía con mucha concentración y pasaba las páginas como queriendo apurar su contenido. Con frecuencia, se detenía y buscaba algún pasaje que había dejado atrás, quizá para refrescar su memoria o para constatar cómo había evolucionado la trama. A veces, murmuraba algo para sí, muy quedo, y gruñía o se reía por lo bajo. Todo el tiempo movía los dedos como queriendo hacer nudos en su cabello, en un gesto que Iván adivinó había adoptado hacía ya muchos libros.

Pronto llegaron dos personas más a engrosar la fila. Venían juntos y traían sillas desplegables para hacer más cómoda la espera. Hablaban mucho entre sí, y estaban discutiendo una película. Curiosamente, ambos la habían encontrado fantástica, a pesar de que también reconocían que se habían aburrido en ciertos pasajes, e incluso habían dormitado durante algunos minutos. Uno de ellos recordó una escena en la que llega un visitante a una cabaña rodeada por un campo de trigo que se mueve como un mar con el viento.

Repentinamente, creció el coro de personas que habían visto ese filme. Algunos sin duda lo habían odiado, pero todos parecían estar de acuerdo en que tenía mucho de hipnótico. Mientras todo esto pasaba, la cola crecía y la rubia seguía leyendo sin prestar mayor atención a lo que la rodeaba. Iván trataba de ver el título del volumen que tanto la absorbía, pero temía parecer grosero y no se atrevía a acercarse demasiado. En cierto momento, atrapó una frase al vuelo: “Los manuscritos no arden”, y no pudo evitar la reflexión de que la rubia parecía estar contemplando un incendio.

Las ansias de la espera se acompasaron temporalmente al anochecer. La gente se acomodó como pudo, sabiendo que no podría dormir. Afortunadamente, era verano, así que no había que temer el aire frío. Iván se puso la chaqueta, abrió su termo, tomó un sorbo de té y comió un pedazo de bizcocho, náufragos de su merienda vespertina. La rubia guardó su libro y dormitó. Sus leves ronquidos le parecieron a Iván inexplicablemente eróticos.

Hacia la media noche, alguien empezó a canturrear suavemente: “Se escucha y no se escucha una canción…”. En unos segundos, todos los vecinos de la fila hacían coro, quietamente, como no queriendo despertarse unos a otros. Las sombras sobre el muro parecían la línea de una improbable obra musical.

Días de escasez de Jorge Ruiz Esparza - La Mascarada

Cuando dieron las tres, Iván se despertó con la certeza de que había estado soñando con la muchacha rubia. Esta seguía apretando su libro contra el pecho como asiéndose a un flotador oceánico. No recordaba el sueño, pero fantaseó que ella flotaba desnuda sobre el cielo rumbo a una finca en los suburbios arbolados, siempre con su libro bajo el brazo. “Se mueve el río y se queda quieto”, murmuró Iván para sí.

Llegó el alba y algunos vendedores se acercaron para ofrecer café humeante y empanadas. Iván no tenía mucho dinero, pero el antojo aflojó las ataduras de su cartera y pidió una taza. Tiró los restos fríos del té que envejecía en su recipiente, y le pidió al vendedor que vertiera el café dentro del termo. No lo desilusionó en lo más mínimo que el café fuera malo, pero al morder la empanada de papas con cebolla le sorprendió darse cuenta de que era excelente.

Desde hacía mucho rato tenía ganas de orinar, pero no sabía dónde ir y temía perder su lugar en la cola, sobre todo considerando que ya estaba muy atrás. Alguien, que conocía al patrón de un café cercano, dijo que le pediría permiso de usar los servicios y sugirió tomar turnos para ir y regresar. Todos se lo agradecieron.

Finalmente, la cola comenzó a avanzar. Iván temía irracionalmente que la rubia fuera la última en ser admitida. Instintivamente, se llevó la mano al bolsillo y comprobó que ahí estaban los billetes doblados, listos para su compra. Todavía tardó unas dos horas en llegar. Sentía que en cualquier momento saldría el encargado a anunciar que las existencias se habían agotado. Cuando tenía cuatro personas delante de sí, apareció en efecto un hombre y dijo: “¡Diez más y terminamos!”.

Iván respiró aliviado, pero no quiso mostrarlo abiertamente, pues le daba pena la gente que tendría que esperar hasta la próxima. Calculó que eran por lo menos doscientos.

Cuando la rubia, más desgreñada todavía que la noche anterior, salió con su envoltorio, Iván alcanzó a hacerle un gesto de despedida, que ella correspondió con una sonrisa.

—¡Que lo disfrutes! —le dijo.

Al llegar a casa con su paquete, Iván y Masha se sentaron a la mesa para desenvolverlo cuidadosamente, apartando el papel para algún uso futuro –nada se desperdicia en ciertas épocas.

—¿Había mucha gente? —preguntó Masha.

—La cola era enorme y sentí que se iba a agotar antes de que llegara mi turno, pero aquí está –respondió Iván.

Ambos percibieron simultáneamente el olor a tinta fresca sobre papel recién cortado. Eran copartícipes de un evento memorable, pues habían pasado varias décadas antes de que se publicara en su idioma una nueva edición del gran clásico. Masha tomó el volumen con cuidado y lo abrió al azar, como queriendo atraparlo en una mentira.

A continuación, leyó quedamente: “Aquí podemos meter las manos hasta los codos en eso que llaman aventuras”.

 

Por Jorge Ruiz Esparza

Escrito por La Mascarada

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