Los escépticos

“Es difícil y hasta cierto punto ridículo creer en un proceso electoral democrático cuando todas las figuras políticas están manchadas por algún ilícito. Y, si de alguna forma existiera un candidato cuya integridad fuera lo menos comprometida posible, siempre tendría un sueldo de una cantidad obscena, dinero de los millones de contribuyentes convertido en el exceso para algunos cuantos”. Algo así me explicaba el hombre con el que compartí la banca en una plaza cualquiera. Tocaba el violín y tenía una dialéctica que mucho recordaba a la Desobediencia civil de Thoreau. No pensaba en ejercer su derecho al voto porque no congeniaba con ninguna de las propuestas de ningún partido.

Los escépticos

—Aunque siento que me quedaré con un arrepentimiento si no lo hago. Regalar mi voto…, qué fácil marcar en una hoja, llevar mi identificación y llenar papeletas a mi nombre. Todas las instituciones están viciadas porque los individuos que las conforman están llenos de vicios. Es duro hablar de dignidad cuando te ofrecen billetes y tienes que pagar el alquiler. La sociedad no necesita mártires de ese tipo, no se necesitan hombres que mueran por sus ideales, como pudo haber muerto Galileo, sino que entreguen su vida en favor de aquello en lo que creen, y si es justo, si la idea trasciende a esa existencia, entonces habrá otra forma, será posible luchar desde otra trinchera… —me dijo mientras observaba muy de cerca las cuerdas gastadas de su gastado violín.

—Es normal que usted se incline más hacia la izquierda que a la derecha, muy normal. Se ve que le interesa muy poco o simplemente no le interesa, ¿le parece que mis quejas son infundadas?, ¿o que el símbolo de la victoria de Rusia puede ser un símbolo socialista?, ¿pero, no habla usted?

—Creo que la libertad —seguramente estas palabras no son mías pero las invoco ahora— es una ilusión cruel, sin embargo, al hombre que no tiene algún tipo de libertad más le valdría estar muerto. Sin la posibilidad de elegir nos ahogamos. No tiene sentido existir más. Sartre escribió…

—¿Usted realmente cree eso, joven? —dijo, mientras la sonrisa burlona se formaba debajo de su bigote de bohemio.

—A todos nos conviene creer eso. Incluso si es una libertad reducida a unos cuantos nombres en un papel. Prefiero elegir, aunque sea de manera reducida, a que elijan por mí, y si esto significa más o menos lo mismo, siempre habrá otra trinchera desde donde combatir mejor, las elecciones son “estas pequeñas intrigas que nos hacemos para distraernos”. Éste no es un país de democracias, dar el poder al pueblo para que elija entre ellos a un gobernante también es absurdo, como decir que entre once futbolistas eligiéramos a un capitán de un barco. Habrá líderes, pero hacer que la gente lo siga a uno no significa que los lleve en la dirección correcta.

—Y el fútbol…

—No hay forma de que coincida la Copa del Mundo con el proceso electoral del país que más fervientes seguidores tiene en todo el mundo. Una vez más me espanta su ingenuidad, joven.

Yo no le peleo nada de lo que ha dicho, aunque claro que me gusta ese deporte y por un momento pensé en no acudir a las urnas hoy, hasta hace muy poco, más precisamente al término de la derrota española, o la victoria de Rusia, si lo prefiere así. Fue un encuentro por lo demás interesante, aunque sin llegar al espectáculo. No habrá nadie que diga que el equipo anfitrión no haya sido beneficiado por los árbitros; o que deje de comentar lo dudoso de algunas jugadas que bien pudieron modificar el marcador, pero se les reconoce un claro planteamiento del partido. Sin tantos argumentos futbolísticos lograron una victoria importante.

El violinista ya se preparaba para partir, lo aburría el fútbol o hablar de fútbol. Tal vez sólo quería desahogarse con alguien de nuestra precaria situación política y el futuro tampoco le inspiraba seguridad alguna. Se despidió con un ligero apretón de manos y se fue caminando despacio, haciendo cuentas con algunas monedas. Yo también partí hacia el módulo que me correspondía, pero antes compré una pluma negra, pues de los lápices, por más gruesos e indelebles que fueran, no me confío.

 
 
Por Julián Guía
 
Los escépticos

Escrito por La Mascarada

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