Retrato Íntimo: El Gran Danés

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

Retrato Íntimo: El Gran Danés Me senté sobre un tronco cercano, tratando de entender aquel sitio salido de la nada inexpugnable en el corazón de San Telmo, donde el aire corría por los pabellones de piedra y salvaba de la inclemente canícula que sobrepasaba los treinta y cuatro grados centígrados. Me sequé el rostro y los lentes empañados y pedí yo también un chori de esos que se comía el desconocido. Antes de que me lo hubieran traído, él se acercó, se sentó a mi lado sin pedir permiso, y comenzó a hablarme de aquel negro que dormía conmigo y los hombres de mi vida, en la misma cama, y del cual solo había hecho mención en una novela publicada muchos años antes en tierras europeas, muy distantes de esta realidad que nos embargaba o nos embragaba, se me ocurrió en silencio.

—¿Cómo sabes tú de esa historia?, —pregunté—. Fue lo menos original que me salió, pero estaba ávida de una explicación. El gran danés humano medía casi tanto como mi viejo amigo canino puesto en dos patas, y de alguna manera rara tenían un aire familiar, de ademanes elegantes. “¿Será germano como mi perro?”, me pregunté, también para mis adentros.

—He leído toda su obra. Y si no le importa, me gustaría invitarla a una copa. —Fue su respuesta.

Ya para ese momento estaba yo suficientemente curiosa, y acepté con la cabeza. Así que nos fuimos a un bar cercano, y pasamos el resto de la tarde y la noche juntos, dando vueltas por la ciudad de los poetas, bebiendo, fumando y cantando canciones de su tierra que mucho tiempo antes me habían perturbado con la delicadeza de un pétalo.

A medida que se sucedieron las horas, y la brisa abrevió la angustia del calor, el hombre nuevo y yo nos fuimos acercando, acariciando, el uno al otro, rincones intocados del alma. Lo dejé masajear mis huesos endurecidos por los golpes de la vida; me permitió entrar entre sus pectorales, curiosear y hasta descansar debajo de las costillas. El exterior de Buenos Aires perdió su escandalosa brillantez, para devolverme su condición de ciudad transitada y exhausta de pasos innecesarios.

—Cuando uno lee a un autor que le gusta, siente deseos de invitarlo a un trago. —Fue lo último que me dijo antes de caer desfallecidos, al final de la madrugada, después de habernos abrazado como si fuera una rutina antigua.

Al despertar, me llamó la atención el tamaño de sus zapatos, puestos en un cuarto auxiliar de su departamento, en fila militar y ordenados por colores. Me sobresaltó más aún mi conformidad sin reparo a vivir junto a él lo que me quedaba de viaje. El tiempo parecía volar en cámara rápida cuando el Gran Danés andaba cerca. Era argentino, con pasado alemán, ciertamente, y como a mí, le gustaban Bach y Gardel.

Al día siguiente, como si el resto del planeta hubiera desaparecido de los mapas, volvimos al boliche donde nos conocimos, y pedimos a la doña del piano que nos interpretara “La Pasión según San Juan” y “Volver”. Y ante una suculenta propina, la pianista sonrió y no paró de tocar en toda la tarde, solo para nosotros. Buenos Aires entero disipaba el calor en las piletas o atrincherados en el aire acondicionado de los hogares que podían darse el lujo.

“Nostalgias / De escuchar su risa loca / Y sentir junto a mi boca / Como un fuego su respiración”. Yo podía escuchar la letra, aunque solo las teclas del piano sonaran. Esas nostalgias tangueras me llevaban a mi novela, donde hablaba del negro africano, orisha al fin, al cual hizo referencia el Gran Danés la tarde anterior. Nostalgias era el nombre de mi libro, pero nostalgia era también la palabra anticipada de aquellos días que siguieron, en los que yo podía avizorar el sentimiento demoledor de mi partida, no tan lejana.

En las pocas jornadas que vivimos hicimos todo. Abandoné a hurtadillas mi hotel y me fui a su guarida a unos pasos de los bosques de Palermo. Él mandó un mensaje a sus amigos y familia anticipándoles un viaje de urgencia al que realmente nunca fue, para conservar entre nosotros el tiempo y el anonimato. Aprovechamos ambas cosas como locos.

Retrato Íntimo: El Gran Danés

En la mañana se levantaba, iba hasta la hilera estricta de grandes zapatos, y se calzaba el que combinara con su pañuelo del saco. Salíamos a caminar. Volvimos a recorrer todos los sitios que ya había visitado, y que no le dije que conocía, porque me gustaba redescubrir la ciudad vieja a través de su mirada. Me enseñó su lenguaje porteño que adquirí en un par de días, aunque él en realidad era patagónico y prefería el lunfardo. Nos dimos el tiempo de escapar a Mar del Plata solo para visitar las arenas movedizas donde Alfonsina Storni se quitó la vida y comer churros de Don Manolo. Bailamos largos y sentimentales tangos apretados, como si la vida se nos fuera a terminar cada noche. A la mañana siguiente, volvíamos a ensayar la sonrisa y revivir las horas únicas de tocarnos con los dedos de las manos y los tentáculos del amor, por dentro y por fuera.

Una semana después nos despedimos en el aeropuerto con trilladas promesas de reencuentro que yo temía fueran solo eso, promesas. Le recité los versos de aquel poeta desaparecido de mi tierra:

 

—“¡Sí! Volveré, ¡indiana mía!”,

El indio le contestó,

Y otro beso le imprimió

Con dulce melancolía

De ella al punto se desvía.

Marcha en busca de su grey,

Y cedro, palma y jagüey

Repiten en la colina,

El triste adiós de Guarina,

El dulce beso de Hatuey.

 

Me aseguró que pronto tendría noticias suyas y desaparecí tras el corredor de la aduana para chequear mi equipaje y volar a mi nuevo destino en el centro mismo del continente y las altas pasiones.

Han pasado varios meses de aquel encuentro y recuerdo cada detalle como si hubiera sido ayer. El espesor de la distancia no ha socavado un ápice mis memorias de esos días. Esta mañana cuando me levanté, encontré sus tenis azules, gigantes, junto a mi enmarañado bulto de zapatillas, tacones y botas de un invierno que ha tardado en llegar. Ahora sé que el Gran Danés ha venido a mi morada. Aunque no se ha dejado ver, he notado en el espejo el filo de su sombrero y una sonrisa inmensa que no sabe guardar silencio. El estruendo de su voz se aproxima sin avisos.

He decidido dejar escritas estas letras, porque no sé cuándo regresemos. He dejado empeñadas un par de pulseras de oro que eran de mi abuelita para pagar el alquiler, y con una llamada cancelé, ante la histeria de mi agente literario, las próximas presentaciones de la nueva novela. El Gran Danés ha vuelto y me marcho con él, dejé dicho en mis muros de redes sociales. Y subí con el mensaje una foto de mi viejo mastín para que no vayan a creer que me he vuelto loca.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de Bahía de Sal, premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017, Huso-Hiperlibro, México, 2018). En septiembre de 2018 publica su nueva novela Luz en la piel, Cinco voces de mujer (Huso, España).

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