El arte literario en 1892, Gabriele D’Annunzio

Gabriele D’Annunzio utilizó y dominó diversos géneros literarios, pero quizá sean sus facetas más afamadas la de poeta y novelista. Como otros escritores de su época, D’Annunzio ejerció abundantemente el periodismo. Es cierto que en un tiempo desestimó tal actividad, pues consideraba que ésta lo alejaba de sus verdaderos proyectos artísticos, aunque escribir en este marco también le permitió tocar casi todos los temas que le apasionaban ―la música, la moda, la pintura y, desde luego, la literatura― y que frecuentemente utilizó en su producción narrativa.

En el periódico vertió sus opiniones sobre la vida y la obra de figuras como Émile Zola, Richard Wagner, Francesco De Sanctis, Guy de Maupassant, Friedrich Nietzsche y Giovanni Pascoli. Acerca de éste último, escribió un sugerente artículo cuya traducción aquí presentamos. D’Annunzio escribe, en el emblemático diario Il Mattino que fundaron Matilde Serao y Edoardo Scarfoglio, un texto donde rinde, por una parte, honores a un poeta muy poco conocido en ese entonces y cuyo arte aprecia ―Pascoli―, por otro lado, deja entrever sus ideas sobre la poesía en el esbozo de un canon que también ostentaría Andrea Sperelli ―el protagonista de Il piacere de 1889, su primera novela―.

 

El arte literario en 1892. La poesía

 

Los poetas son maestros de su arte. Hablo, naturalmente, de los pocos.

Estos pocos, convencidos de que todo el arte literario depende de las virtudes íntimas del elemento material del cual éste se sirve, se han habituado a conocer y a estudiar tales virtudes para extraer de sus combinaciones y de sus convergencias el mayor efecto estético posible, siguiendo cada uno su particular concepto de la poesía y elaborando su particular materia práctica hasta el límite de su capacidad.

Así como los parnasianos de Francia derivaron el lenguaje profuso, la variedad métrica y la riqueza de las rimas de Pierre Ronsard y de los otros poetas del siglo XVI, estos pocos han querido proseguir y renovar las formas tradicionales italianas poniéndose en contacto con los poetas del stil novo y con aquéllos de la época de Lorenzo el Magnífico. Pero raramente han conseguido infundir en los versos antiguos el sentimiento moderno, y con muy poca frecuencia también han logrado obtener de las rimas aquella música tenue y misteriosa que es el indescifrable encanto de algunas baladas y de ciertos sonetos primitivos en los cuales el símbolo está oculto o envuelto por velos sumamente densos. No obstante su fatiga no ha sido vana, pues ellos han podido introducir en la lengua poética algo del frescor de aquellas fuentes puras.

El más original de todos, quien mejor que cualquier otro ha conseguido imprimir su sello en las formas antiguas, me parece sea Giovanni Pascoli, un poeta de la soleada Romagna surgido de la escuela de Giosuè Carducci. Y yo me complazco en citarlo aquí solamente a él y en ofrecerle aquellos honores que merece, mientras su pequeño y precioso libro de versos (Myricae) ha permanecido hasta hoy prácticamente desconocido bajo una conjura de silencios.

El arte literario en 1892, Gabriele D’Annunzio

Él es un poeta rural. El sentimiento que él posee de la naturaleza es profundo, tranquilo y casto.

Giovanni Pascoli es señor absoluto del instrumento métrico y, a diferencia de los otros poetas, varía en él con gran habilidad sus búsquedas. Su versificación es vivaz e ingeniosa. Mientras incluso los mejores no acostumbran más que cuatro o cinco modulaciones del endecasílabo, y por lo general privilegian una que repiten hasta el hartazgo, él muestra conocer muchas de las innumerables a las cuales se ciñe este omnipotente verso “más compacto que el mármol, más maleable que la cera, más sutil que un fluido, más vibrante que una cuerda, más luminoso que una gema, más fragante que una flor, con más filo que una espada, más flexible que un tallo, más acariciante que un murmullo, más terrible que un relámpago”.

Sin embargo, él muestra no dar mucha importancia, en la composición de sus estrofas, al elemento musical de las palabras que elige con grandísima delicadeza. En su poesía raras veces se siente lo indefinible. El fantasma poético no surge de la melodía y no recibe casi nunca significaciones notables. La mayor importancia es, en cambio, otorgada por él al elemento plástico. Él tiene de las cosas una visión clara y precisa; y las representa en sus líneas visibles, casi siempre, con sorprendente nitidez. Debido a estas representaciones, él posee palabras que definiría como casi lineares, que dibujan, y palabras deliciosas que colorean. Pero más allá del paisaje y de la figura, la vista interior no percibe nada más; y los “conjuntos invisibles”, por utilizar la frase de Frédéric Amiel, permanecen ocultos, sepultados, porque ninguna otra potencia confluye con ellos además de aquella trascendente que yo nombraré gráfica. Diré al fin, esperando ser mejor comprendido, que en esta poesía falta el misterio.

No es fácil expresar ciertas sutilezas de la sensación estética, y todavía menos fácil es ser comprendido por la gente común. Se sabe que todo cerebro literario tiene una percepción particular, en la cual predomina una de las diversas propiedades inherentes a la palabra. Yo creo que al cerebro de este poeta, la palabra se le presenta como imagen, escrita, ésta está formada en las letras alfabéticas de las cuales se compone, diría casi materializada por la escritura legible. Este lenguaje suyo tan refinado y tan rico, gobernado por una sintaxis multiforme, ágil, audaz y latinamente potente, tiene a veces una suerte de sorda materialidad. Algunas palabras, buscadas con tanta evidente fatiga, parecen casi conservar la inercia del léxico del cual fueron extraídas; en la común armonía que guardan entre ellas permanecen como disociadas de las otras. Para los sentidos del lector, o diré, con mayor seguridad, para mis sentidos, justamente no ostentan más que la imagen escrita que predomina sobre su significado y sobre su sonido. En resumen, encuentro en este libro, a veces, no el arte sino la literatura. Es evidente la ausencia de aquel misterio que sólo la potencia oculta de la música crea en torno a los espectros poéticos: ese misterio que es, por ejemplo, tan profundo en ciertos sonetos y en algunas sextinas de Petrarca, donde las palabras parecen tornarse inmateriales y disolverse en lo indefinible.

 

Traducción de Diego Mejía

 
El arte literario en 1892, Gabriele D’Annunzio

Escrito por Diego Mejía

Italianista, poeta y traductor. Estudioso de Italo Svevo, Matilde Serao, Gabriele D'Annunzio, Honoré de Balzac y Victoriano Salado Álvarez.

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