La forma del agua o la humanidad del monstruo y la monstruosidad del humano

Con la reciente película de Guillermo del Toro, The shape of water o La forma del agua (2017) en español, entramos nuevamente al mundo imaginativo a la vez que cruel del director mexicano. Ahora la historia se desarrolla en la década de los sesentas; la carrera armamentística y espacial está en auge, y las dos potencias económicas de entonces buscan vencer a su acérrimo rival. Dentro de un centro de investigación estadounidense, la trabajadora de intendencia, Elisa Esposito, entabla una conexión (relación) con una suerte de anfibio humanoide del Amazonas. El mutismo de Elisa y la falta de lenguaje entendible de la creatura por parte de los humanos no impiden que entre ambos surja otro lenguaje, uno lateral y subversivo, como diría Jaime Sabines, que será reflejo de un amor espiritual y carnal más allá de las convenciones.

La forma del agua o la humanidad del monstruo y la monstruosidad del humano

En cierto sentido, esta película es la más realista y política de Guillermo del Toro. Política porque es claro el trasfondo de xenofobia, racismo, homofobia, machismo que se viv(e)ía todos los días. Realista porque, en paragón con sus otras cintas (pensemos en El espinazo del diablo de 2001 y El laberinto del fauno de 2006), estos mundos, realidad y fantasía, sí llegan a entremezclarse completamente, los adultos aceptan este mundo extraño en su cotidianidad. En cambio, en las otras cintas queda la duda de si verdaderamente todo sucedió o es sólo un producto de la imaginación y magia infantil, aquella que se pierde con el correr de los años.

La forma del agua o la humanidad del monstruo y la monstruosidad del humano

La intertextualidad de la cinta de Guillermo del Toro es evidente. Los referentes más claros son dos: la cinta Creature from Black Lagoon o El monstruo de la laguna negra (1954) y la clásica narración de La bella y la bestia. Pero, a diferencia de estas dos historias, Del Toro elige un final distinto, es decir, la bella se queda con la bestia. Tanto en la película de los cincuentas como en el cuento, la figura del monstruo representa el otro, lo desconocido. En la cinta, la imagen aterradora de la creatura y su ausencia de lenguaje lo transforman a los ojos de los hombres en un ser inferior y peligroso al que tiene que eliminarse. En la historia infantil, si bien la mujer se enamora de la bestia, en realidad termina unida con el hombre que está detrás el monstruo; en esta narración las imperfecciones y vicios humanos deben representarse en forma tangible, la fisonomía es, entonces, el espejo en que todas estas corrupciones se pueden ver. Hay que resarcir nuestros pecados para hallar la redención y así retornar a nuestra forma y esencia humanas, la monstruosidad, aquí sinónimo de fealdad, carece de virtudes. Tanto en el film como en el cuento infantil el otro no debe existir, no sólo por ser diferente, sino porque también representa una amenaza.

La forma del agua o la humanidad del monstruo y la monstruosidad del humano

Del Toro ya en El laberinto del Fauno juega con esta ambivalencia o, mejor dicho, dicotomía de humano y monstruo. Allí el capitán Vidal, con su intransigente ideal de lo español y su odio por todo aquello diferente a su pensamiento, se transforma en un ser despreciable, en un verdadero monstruo. En La forma del agua esta postura es más radical: el coronel Richard Strickland ya no sólo tiene un encono a la existencia del otro con base en su ideología (comunista), raza (negro) y sexo (mujer), sino que también en lo referente a la especie. La creatura a pesar de su apariencia humanoide (“parecido a…”, según la raíz) no posee las cualidades naturales de los seres humanos: raciocinio, lenguaje, compasión, amor…, se trata sólo de un animal, una bestia sin derecho a vivir, a la que hay que someter. La simple existencia de este ser es inaceptable para Strickland, pues es una afrenta a su humanidad. Robert K. Ressler, criminólogo y perfilador de asesinos seriales, horrorizado comprobó que los peores homicidas, opuestamente a la creencia popular, no son individuos desarraigados y solitarios, sino personas comunes y corrientes, con trabajo y familia, muy bien incrustados y funcionales en la sociedad; los verdaderos monstruos tienen apariencia humana. Por su parte el anfibio acuático, (conglomeración de todo lo otro) al convivir con Elisa, sin miramientos exhibe agradecimiento, respeto y, sobre todo, amor, elementos que en teoría son innatos de hombres y mujeres. Estos sentimientos dejan de ser “exclusivos” para la humanidad, es, entonces, hora de replantarnos qué es lo que nos hace verdaderamente humanos, intentaría decirnos Guillermo del Toro.

 
Por Raúl Reyes
 
La forma del agua o la humanidad del monstruo y la monstruosidad del humano

Escrito por La Mascarada

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