Los colores negros del dado verde: Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (sexta parte)

Hemos completado un ciclo entero, y este ciclo es repetible cuantas veces queramos respecto de cada cosa, sean cuales fueren. Es radicalmente posible, respecto de cada tipo de Pensar, pensar un tipo de ser (por ser el Existir raíz enraizante absoluta): pensar conociendo palabras el ser de las palabras, pensar conociendo objetos el ser de los objetos, pensar conociendo personas el ser de las personas; y cuando el conocer “piensa” se pone en dirección hacia su enraizamiento en el existir.

Variación sobre un tema de Juan David García Bacca, a propósito del Poema de Parménides, citado por Gabriel Orozco

 

Al inicio del siglo V, en el 400 exacto, Agustín de Hipona había escrito una caracterización sobre el tópico de ´la memoria´ asaz particularizante sobre la índole de placeres sensibles que podemos experimentar con su ayuda, en, pero eso es ya de mi cosecha, el sueño, por ejemplo. La única mención que hace San Agustín del sueño, es la de cierta preocupación que tenía de [no] eyacular mientras dormía. El resto de consideraciones, en las que nos podemos detener también en el libro X de las Confesiones, está más emparentado con su objeto de estudio, desarrollado principalmente en el libro XI: la naturaleza del tiempo. Específicamente, entre el capítulo XVIII y el XI del libro décimo, Agustín expone una serie de sintagmas correlativos que no llegan a consolidarse en filosofema alguno, pero que, en su conjunto, a través de la lectura corrida del contenido, traen a la cabeza una consideración bastante oportuna de ser mencionada. De acuerdo con la consideración a la que me refiero, los objetos de la memoria son «objetos sensibles», o sea, que podemos “sentirlos” como cuando imaginamos un limón. Si un sintagma pudiera ser un filosofema, en el de «objetos sensibles» encontraríamos, desarrollada, una filosofía como la expuesta en cierta hoja que alguien dejó, hace más de 8 años, olvidada en la biblioteca de la universidad donde estudiaba, y que, en lo personal, me abrió los ojos a la insospechada posibilidad neta del mundo con el que acostumbro fantasear en la antesala del sueño:

Miguel llegó tarde a la clase. Tenía una bufanda wow. A mí me tocaba exponer, y no podía dejar de ver su bufanda. Se fue temprano, mientras exponía, del salón. En mi memoria podía ver la pelusa, el frizz de la bufanda. Podía tocarla con los dedos. Una bufanda de todos los colores del mundo, ¡¡¡con la que yo soñé hoy!!!

Esa tarde fui con un amigo, que terminó la carrera por lo menos 6 años antes que yo, al Mega Mercado cercano al metro de la universidad. Ahí me enteré, por accidente, en la etiqueta de una crema de peinar, lo que era el frizz. Palpé el papelito ―doblado en cuatro— al interior de mi bolsillo, y escrito en letra de corazoncitos y pluma rosa. Se trata de la “estática” del cabello, o, como escribió la chica, de la “bufanda-de-Miguel” (me gustaría emplear este término en el sentido en que los psicólogos adeptos a Friedrich Dorsch emplean la de Servilletero de Wundt, de tan prototípica que me parece esa bufanda).

Si emparentamos el papelito extraviado de la universitaria, con la filosofía del filósofo medieval de que hablaba, Agustín de Hipona, queda claro que en el periodo del sueño es posible tocar, ver, oler, sopesar y tasar una bufanda, entre otras cosas, gracias a la memoria. Y, si hacemos caso al epígrafe del OROXXO, lo mismo sucede con los objetos y, más importante aún, las personas.

Imagino a la universitaria soñando con la bufanda-de-Miguel. Me imagino las yemas de sus dedos haciendo una efervescencia como la de los Alka-Seltzer al entrar en contacto con la tela. Crema de peinar, Alka-Seltzer, son todos materia de reflexión para la literatura Alt Lit. Y, aunque una vez, de niño (tendría unos 12 años), acompañé a una prima que tenía unos tenis convertibles en patines, con mi tía, a un departamento en que juzgué con el peso del índice de Avelina Lésper cierto bodegón en que se veía un plato lleno de leche junto a una caja de All Bran (llovía, naturalmente, y sólo hasta que pasó la tormenta nos bajamos del coche para subir a ese departamento) ―con esa, habrían sido ¡dos! las veces en la Historia Universal de Mi Vida Privada en que un pintor me abre la puerta de su casa vestido únicamente con una toalla— ejecutado con una técnica en algo semejante a la del impresionismo, con el tiempo, yo mismo, he sido incapaz de sustituir palabras como “Herbal Essences”, “Fructis”, o “Sedal” por sintagmas tipo “crema de peinar”.

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (sexta parte)Con la lata en la mano, me demoraba, hace dos días, en considerar para efectos de una imaginación no del todo capaz de tasar el significado neto de la proposición, que el contenido, de 355 mililitros, contenía 4.5% de alcohol. Aunque estaba lleno de almendra, nuez y azúcares, tenía, precisamente debido a una nutrición más o menos eficaz, el suficiente apetito como para apurar la lata y conseguir mi propósito: emborracharme por lo leve, como quien, sin moverse de la silla, contemplara el punto más alto de la conexión entre Puebla y la Ciudad de México, festejando el silencio vibrante de la soledad como un paliativo contra la estupidez. Me apresté, pues, a limitarme a percibir, y nada más que percibir (De noche el hombre una luz enciende —toca— para sí, como rezara Heráclito), mientras daba esos tragos en la cerveza, cuando, inopinadamente, moví a cortos golpes la lata como quien hace temblar la mano, y descubrí que lo que le restaba de líquido era apenas lo suficiente para un trago más. Sin duda, y si quería conseguir el efecto que esperaba, para acompañar ese silencio vibrante que era la grabación de 56:46 minutos que escuchaba, tendría que regresar al OXXO. Así, con un mareo incipiente, bajé las escaleras del edificio, implementando con cortos silbidos el sonido rítmico de mis pasos sobre los escalones, y crucé la calle: Allí seguía, en frente, el cartel con la promoción de 2X1 en la compra de aceite vegetal, aunque, como vi al entrar, en el estante de aceite vegetal sólo había una botella de soya, de muy probable mala calidad pero precio atroz. En ese momento, extrañamente, la cerveza al interior de mi cuerpo se solidificó en el regusto pastoso a algo parecido a la leche, y sentí una arcada, pero respiré hondo. La luz al interior del OXXO me disgustaba; era una imagen adulterada de la vigilia, una especie de vigilia permanente en un reducido campo de posibilidades signado por la sustitución del espejo en beneficio de la cámara de vigilancia. Me había demorado una enormidad en cada pasillo del OXXO, buscando cierto jabón con forma de estrella del que había oído hablar, y, cuando le pedí, en el OXXO vacío, al dependiente, en el mostrador, unos cigarros y me dispuse a pagarle las cervezas que llevaba conmigo, me indicó, ante mi reconcentración pausada en el celular, donde anotaba un posible desenlace para cierto capítulo de cierto proyecto, de la más celérica manera posible, la cantidad a pagar y, toda vez que yo siguiera escribiendo en el celular conforme sacaba la cartera con la otra mano, él estuvo haciendo rapidísimos movimientos con los dedos en su computadorcita, dándome a entender que tuviera la amabilidad de apurarme. Cosa extraña en un profeta: en cierto momento, presionó con su mano un huevo —el huevo de plástico— de Kinder Sorpresa que tenía sobre el mostrador, este se abrió, y dejó escapar, por el impulso de sus movimientos, una ramita de palmera a escala con brotes secos sobre ella.

            —¿Eso cuánto cuesta? —le pregunté, señalando la marihuana.

Él se limitó a enrojecerse, y a volverme a indicar el precio de los cigarros y la cerveza, mientras cerraba su cajita. Le pagué, y le dije:

            —Gracias, ¿qué hora tienes?

—Ocho y media. ¡¿No la tiene en su celular?! —fue su respuesta.

Volvió la asfixia, como si respirara por medio de una bolsa, efecto de la tos que ya se me disipaba. Y, junto con la asfixia, esa reacción desfavorable de la luz de las escaleras de mi edificio al entrar en contacto con los ojos. ¿Es que tenía acaso que tener una dieta más dietética, quizá? ¿Comer sólo trigo?

Serví una porción del envase de cerveza en un pequeñísimo vaso con el grabado de una mujer en una roca junto a la que pasa una gaviota, y seguí escuchando la grabación.

  • Hace unos días, publicaba en Facebook, que: En esta ocasión seré más exigente: siguiéndole el juego a Gabriel Orozco, irás a un OXXO, revisarás un producto del refrigerador, un producto de cada pasillo, y hasta un producto de los que se ofrecen en el mostrador; leerás las instrucciones de cada producto, y, con el auxilio de tu celular o de una libreta, anotarás de cada etiqueta que leas, hasta dos palabras; al final, comprarás un chicle en el OXXO, y preguntarás la hora al dependiente. Memorizarás su respuesta, al salir del OXXO la anotarás en tu libreta o celular, y sus palabras serán las palabras iniciales de tu texto; en el texto, usarás las palabras que hayas anotado, las de las etiquetas. La historia deberá tratar sobre una transacción en un OXXO. No es necesario que sea una historia hiperrealista, pero toma en cuenta que de preferencia deberá serlo. Me enviarás el resultado al inbox, y mi próximo reto también al inbox. Saludos. r del OXXO la anotarás en la libreta o en el celular, y sus palabras serán las palabras iniciales de tu texto; en el texto, usarás las palabras que hayas anotado, las de las etiquetas. La historia deberá tratar sobre una transacción en un OXXO. No es necesario que sea una historia hiperrealista, pero toma en cuenta que de preferencia deberá serlo. Me enviarás el resultado al inbox, y mi próximo reto también al inbox. Saludos.r del OXXO la anotarás en la libreta o en el celular, y sus palabras serán las palabras iniciales de tu texto; en el texto, usarás las palabras que hayas anotado, las de las etiquetas. La historia deberá tratar sobre una transacción en un OXXO. No es necesario que sea una historia hiperrealista, pero toma en cuenta que de preferencia deberá serlo. Me enviarás el resultado al inbox, y mi próximo reto también al inbox. Saludos.

Compartía la publicación en el muro de mi destinatario, y me enteraba de que “no vuelvas a postear nada en mi biografía, por favor, reto aceptado”. Independientemente del alarde de esta afirmación, sorprendente, si tomamos en cuenta que la idea de los “retos” no fue mía, sino que yo fui invitado a participar en ellos, me pareció que el ejercicio se antojaba como para realizarlo, y decidí llevarlo a cabo yo mismo.

Y es que, si en los OXXO´s se vendieran palmeras bonsái, en un mundo así, ¿qué cabría esperar de las hormigas?

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (sexta parte)En un estado mental semejante al de todos mis conocimientos y aptitudes puestos en una licuadora en que se rocía la especia de la insania, al interior de mi habitación, una celérica hormiga compareció, hará cosa de 7 años, ante mí; me sentí ridículo en ese momento, toda vez que ejecutara por efecto de su sombra una sorprendente danza japonesa de algo semejante a varas entrecruzadas, y, para mayor impaciencia, sensualidad inquietante. Mi sorpresa estuvo, para beneficio de la bailarina-mensajera, aminorada por una experiencia previa, esta sí del todo traumática. Por aquellos días gustaba yo de encender los cigarros que me fumara sólo en el caso de que el sol me pegara directa y fuertemente sobre la piel. Ese día estaba enajenado de aburrimiento (desconocía por completo los entretenimientos de Facebook, no tenía cuenta de Twitter, y había roto con todos mis contactos de correo electrónico, al mismo tiempo que sobrellevar ese reloj para hablar por teléfono que es el celular se me antojaba una acción desmesurada, no tenía un peso en el bolsillo y, por ende, no podía comprar libro alguno, me había cansado de escribir, y seguía tratando de romper la piedra de mi cabeza) y un sopor me invadía como el mal negro de que está compuesta la intuición (cuando es mera intuición) del deceso. Mis labios habían destensado su sonrisa y, flojos a mis deseos de reconocer lo que fuera en las lejanísimas y como emborronadas nubes, mantenían un gesto de desánimo sobrecogedor. De pronto, desvié la mirada hacia mi rodilla, donde una hormiga me ofrecía, llamándome, para inmediato asombro mío, la cabeza de otra hormiga.

La hormiga me había oblacionado su heroísmo, pero ¿Qué era yo? ¿Un dios, acaso? ¿Y estaba a la altura de su ofrecimiento? Involuntariamente, dejé escapar un resoplido por la nariz, y el contacto del aire con la hormiga, la desconcertó. ¿Había rechazado su ofrenda? ¡No! ¡Pero ella así lo interpretó y, sin poder gobernarse tras la euforia, echó a correr en todas direcciones, con la cabeza de la hormiga sobre las tenazas. Mi tristeza no tuvo cabida ese día. ¿Qué más daba la tristeza de Nerón tras asesinar a su madre? ¡La mía sí era una auténtica tristeza a la Schumann (¿o era Schubert?), a la Chopin!

Reconozco tres estilos literarios facsimilares: el primero, está caracterizado por la presencia neta del alma de las cosas, esa flama azul que se desprende al contacto con ellas, y que descorre un círculo de pistas y evidencias acerca de las resoluciones prácticas que adoptemos para resolver dilemas concomitantes a las más decisivas trivialidades, pero que adquieren una importancia mayestática al estar en ellas impresa la huella de la tristeza, o, más específicamente, de la predisposición a hacer con la tristeza lo que las plantas hacen con la luz. Cuando tenía 18 años, y había abandonado temporalmente el progresivo —Biglietto per l´Inferno, Banco del Mutuo Soccorso, Il Balletto di Bronzo, Premiata Forneria Marconi, The Flower Travelling Band, Far Out, Pink Floyd— en beneficio de la música clásica, asistía a un extraño taller iniciático en torno al tópico de la poesía. Un día de los dos años que duró el taller, reflexionaba al interior de mi cama que para poder escribir ese ruin poema, vanguardista o no, perfecto que quería el tallerista, iba a tener que ser capaz de “destilar angustia y tristeza”. Supuse, pues, que si mi cuerpo fuera una máquina que destilara angustia y tristeza, iba a serme posible transcribir mi estado de ánimo y ofrecer a lo que Claude Adrien-Helvétius llamó “el público” (¿por qué no “el particular”?), mi pequeña obra. ¡Me engañaba! No sé qué tuvo que hacer Chopin para componer, a los 19 años, una obra tan triste como Concierto No. 1 para piano y orquesta, pero, estoy casi seguro, tras verme reducido casi por esas fechas a esa máquina, justo cuando mis manos afloraron como dos canales de ese corrosivo ácido del impedimento que es la tristeza en estado puro, entre lo que tuvo que hacer no fue, claro, estar triste. Me lo imagino contento, escribiendo esa obra, razonadamente imprimiéndole tristeza para hacerla sublime. Este tipo de literatura al que me refiero, sin embargo, es más parco o serio que la tristeza del mismo modo en que la parquedad o seriedad son negras y la tristeza es azulosa, como los “nevados de Toluca”, como se le llama a ciertos flautines. Esta forma literaria, alcanza el silencio cabeza adentro cuando los objetos que constituyen el “círculo del dilema” se encadenan unos con otros hasta que el rastro de la llama azul desaparece, para convertirse en una inmanencia negra, emparentada con el parpadeo, como bien saben, creo, las mujeres, y cierto escritor que pareció “coquetearme” un día. El alma dormida de esta inmanencia negra, se aventura a las regiones blancas, quedándose dormida. Y allí se entrevista, como Hamlet, con «la fuente del viento y de la nieve». En lo personal, la más cercana aparición de ese tipo de objetos que he podido observar a lo largo de las últimas ocho horas, es una gota de café ya seca sobre una hoja con contenidos tipográficos, antecedidos de un epígrafe de Valéry. Este estilo literario que he decidido exponer en primer lugar, y que es facsimilar, ya lo dije, a otros dos, está dominado por la seriedad connatural a la tristeza con la que creemos poder acercarnos a la fuente de nuestras tentativas. Es difícil, pero no imposible, que surja de entre algún espacio blanco de los que dejan las letras entre sí, por lo tocante al estilo de que hablo, un chiste, una broma, o una mera ocurrencia. Con frecuencia, los escritores que se abocan a esta literatura, perciben cada acto como una operación del espíritu por medio de la que es posible establecer una comunicación eficaz con el centro de atención al que se dirigen todos esos actos, algo así como la tubería por la que tienen que pasar las intenciones antes de tener la certeza de que son bienvenidas en el vertedero oficial a que esa tubería conduce; este tipo de escritores son enemigos del lujo, pero no del buen gusto, y, de hecho, su buen gusto consiste en privarse del lujo. Sin embargo, una vez, en el aeropuerto, vi una declaración de lujo extremo en una diadema púrpura, por parte de la mujer de una pareja de escritores que pertenecen a este dominio de la realidad libresca.

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (sexta parte)

El segundo estilo literario facsimilar a estas tres literaturas, es, por mucho, el Mejor Estilo de Todos los Estilos Universales y el Más Eficaz Para Producir Felicidad. Está caracterizado por la diminutez (sí: como si el hombre fuera una hormiga). Asomarse a un libro escrito en ese estilo, es como asomarse a un sistema de lupas que se muestran tan minuciosas para retratar al personaje, como para retratar su filigrana. Exuberante, este estilo celebra lujos y banquetes, llora pérdidas y mala suerte, se encarniza a veces descorazonadoramente con sus héroes. La lupa central de este sistema de lupas, no amplifica en realidad la imagen de lo diminuto, sino que vuelve diminuto al lector quien, de ese modo, salta el milímetro de grosor de la hoja que lo separa del Libro entendido como Reino (o, si llamáramos “libresco” a un estilo que no es este, República, como en la Republique des Lettres). *Me detendré en este punto cuando exponga el tercer estilo en el que estoy pensando. Es, ya lo dije, el Estilo Universal Perfecto por Excelencia, y, aunque no me proponga, ahora, imitarlo, anoto al margen que cuando estamos tocados por la gracia en un momento especial —objetivo final de toda tentativa escritural— y somos, por ende, capaces de “imitarlo” pero no “emularlo” (no se puede perfeccionar), o sea, cuando lo reproducimos, nosotros, que damos una frase al mundo siendo que su Autor nos dio los treinta volúmenes de su Libro, que saltamos de felicidad sobre la silla sólo por el concurso de las 49 palabras de su frase cuando su Autor nos las dio hasta el último número, nosotros, que vivimos entre OXXO´s y tienditas siendo que su Autor nos retrató la más remota antigüedad, que nos creemos originales por soltar un chiste cuando el autor describió el Humor Universal, que consultamos con temor sus páginas cuando su autor nos insiste sernos favorable, nosotros, en fin, escritores cuyos cuerpos podrían pudrirse (¿Quién no ha escuchado “Menudencias” en Flux & Vega?) anegados en un oscuro pozo, cuando su autor nos prometió la fuente, cuando lo reproducimos, digo, a este estilo, si no es que el tipo de producciones espontáneas que ofrece son más bien una continuación a esos treinta volúmenes de los que nosotros somos el instrumento, podemos llamarnos, sin duda, felices (¡Que alguien exorcice esa palabra!).

Un añadido estorboso a estas consideraciones (Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de Chopin, que a tantos contraria al “replicar” sus finales, en lugar de la vieja usanza a la Bach: “Si el origen del mundo fue un milagro, el fin lo será igual”) es la de que la lengua sonriente del hechicero que urdió esta literatura, ocupa ahora, ya enrollada, la posición de sol, ese mismo sol que se mantiene inmóvil en lo alto de la montaña a la que la diminutez de ese personaje que podemos ver desde la perspectiva de ese sol se dirige llevando con él los propósitos comunes a la humanidad.

Del tercer estilo hablaré sólo brevemente. Es la simbiosis de estos dos estilos: el mundo inanimado y el mundo animado puestos juntos en el mismo crisol. Es el estilo del flâneur mexicain que silba mientras arroja chispas en el desierto de las que brotan palmeras bonsái. Es un estilo particular, que convoca a cabras y serpientes a leerlo, finalmente excusadores del hombre: de ello quería hablar, de la Terra Incógnita de Landxit.

Algunos recordarán que abrí mis palabras con un epígrafe rescatado por Gabriel Orozco. Recordarán también que hablé de la facultad sensible de la memoria y del sueño. Hace unos días, le expuse, en hebreo, a mi profesor de hebreo, mis consideraciones en torno al paraíso. No lo veía a los ojos mientras hablaba, por una torpeza inherente al acto de aprender una lengua, que me impide concentrarme en más de una cosa a la vez, y hablaba “a ciegas”, hablaba desde “el inconsciente” (me limitaba a imaginarme sus reacciones). Cuando le dije que en ese mundo podía haber, por qué no, un maestro de hebreo, creí reconocer su agradecimiento: se disculpaba: gracias, pero no, tengo mis propios planes. Entonces, como un psicólogo profesional, recurrí a la llamada “psicología inversa”. Le dije: ¡Pongamos sí o no que en esa isla (que contempla montañas, playa, bosque, jardines, desierto —y, dentro del desierto, al que se tiene un acceso de 3 kilómetros cuadrados, una muchísimo más extensa región a la que nadie puede pasar, Terra Incógnita— y hasta una isla al interior de la isla) en que viven poetas y escritores, estén ustedes de verdad! Me basta su fantasma para llevar a cabo los planes que tengo en torno a mis fantasías cuando escucho el término “República de las Letras”.

 

Por Jerónimo Gómez Ruiz

 

Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (sexta parte)

Escrito por Jerónimo Gómez Ruiz

Jerónimo Gómez Ruiz dice haber, una mañana, al salir de la “sinagoga de los escritores”, tras apurar en un restaurante, ubicado entre carpas, unos huevos a la mexicana y un jugo de nopal, leído su propio nombre entre las páginas, su propio nombre entre los libros.

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