El arte de la complicidad, leyendo Divina Despierta

El primer brote de ironía que experimenté durante mi asistencia al estreno de Divina Despierta, ocurrió en la sala donde los asistentes de prensa hacíamos fila (bola, más bien). Estaba hojeando un folletito de ticketmaster, cuando mis ojos se detuvieron en el evento del 22 de abril a las 17:00: un partido entre Cruz Azul y Guadalajara. Supuse que si me presentara al fútbol, por parte de La Mascarada, no importaría qué escribiera, nadie concurriría a una “segunda puesta en escena” (excepto en el caso de que los entrenamientos sean tan concienzudos, como para poder montar lo que muchos consideran “la farsa” más de una vez). Esta imagen ridícula del fútbol, como un juego que se repite todo otra vez desde el principio, al que acuden grises escritores para reseñar la partida, en beneficio del culto público interesado, me dejó pensando en la distinción entre Juego ―en el sentido del juego de pelota mesoamericano― y Teatro, pero mis cavilaciones fueron interrumpidas cuando me di cuenta de que yo iba, ¡ay!, no al teatro, sino al cabaret.

El arte de la complicidad, leyendo Divina Despierta

La dramatización, en efecto, Divina Despierta, es una puesta en escena que ocurre la mayor parte del tiempo al interior de un cabaret, cuyas escenas un voyeur ―otro de los actores atiende.

Consciente de que me esperaban un par de horas de esta noche dedicadas al hilo retomado de mis cavilaciones, no pude evitar, al final, por un respeto que se antojaría “actuado”, aplaudirle a la caravana de actores, a pesar de que haya tantos matices de los que deseo hablar, como para que esa “actuación”, encarne, quizá sí, quizá no, en su personaje.

Una pequeña colección de aforismos, no más de tres, sólo por usarlos como ejemplo, que tratara sobre la escenografía muda a la espera de sus actores, sería tal vez que

*un dormitorio con vista panorámica es doblemente desolador si está acondicionado ex profeso para un enfermo

*esa mesa donde un corro conversará acaloradamente mientras el moribundo se debate en la cama, es el contrapunto necesario para el paisaje sombrío tras las ventanas

Y, tal vez

*aun la torre Eiffel es un punto de visión ―como esas memorables azoteas― para el (esto lo reescribo tras ver la obra) voyeur, como lo podría ser (vuelvo sobre mis pasos) el Iztaccihuatl o el Popocatepetl.

He de someterme a un juramento de decir la verdad: mientras la prensa se mantenía cruzada de brazos, y un público entusiasmado y sonriente aplaudía (voltee para verlo con mis propios ojos), se llamó a proscenio a Lucía Maya, encargada del trabajo escenográfico y artista plástica, y no pude sino ser más auténtico en mis aplausos: los fotógrafos, incluso la que aplaudió junto conmigo, se arremolinaban sobre el juego de sombras que esa escenografía propone, rozando la genialidad en una tercia de ocasiones.

Si no fuera ―calculo― por el trabajo de Lucía Maya, la obra se antojaría harto insípida, con demasiadas coreografías que sirven para rellenar los espacios en blanco de lo que parece no tener trama, para al final salir a declarar que se trata de la trama más simple, o simplista, ideable posible (no es culpa de los actores: hablemos de ellos).

Oscar Wilde retrató en El retrato de Dorian Grey a una actriz de quien se enamora Dorian; actúa mal ―no al grado de lo mal que canta la amante de Orson Wells en Citizen K― con un grado de encanto sobrecogedor que Basilio Hallward analiza estudiando con preocupación a Dorian, y con una preocupación en algo semejante a Sibila ―la actriz―. No me parece raro que un egresado del CUT ―Mariano Ruiz― se muestre en algo inseguro al tenerla que hacer en meras representaciones comerciales, efecto en su actuación tanto más desconcertante, subyugador, o inquietante, si consideramos que él representa a Notre dame des fleurs, la vírgen de las flores, título de la novela homónima de Jean Genet en que está basada la obra de José Ramón Enríquez, y que su personaje obedece a que los “jóvenes actores”, ―entre ellos Mariano Ruiz― “se ajustan desde una perspectiva actoral y física a la concepción de los autores”, lo que quiere decir que el maquillaje en la finura de los rasgos de ese actor, nos recuerda una y otra vez, una y otra vez, a la Sibila que Dorian Grey le llevó a ver a Basilio Hallward.

Mucho más confortado en su papel, Tito Vasconcelos ―”uno de los más notables artistas del Cabaret mexicano actual”― parece ignorar que acaso la homosexualidad actuada sea uno de los papeles más fáciles que un varón puede interpretar. Su personaje, con todo, corre la suerte de Don Profundo en El viaje a Reims, la ópera, esto es, es el más entrañable, así la afinidad entre el público y él se deba únicamente al grado de decadencia de su alcohólico, homosexual y sexomaniaco personaje, y no tanto, ¡ay!, a su porte actoral.

Jean Genet, en efecto, fue hecho prisionero con cadena perpetua en 1947: “después de más de diez procesos por robo, intento de homicidio y prostitución homosexual, a Jean lo condenan a cadena perpetua” como escribe César Benedicto Callejas. De hecho, su Nuestra señora de las flores, escrita en la cárcel, es la personificación de una virgen que comete un homicidio ―presumiblemente el alter ego de ese hombre de los bajos fondos, hijo de una prostituta, que rescatarían del encierro Jean Paul Sartre y otras firmas―. Es un autor, pues, que conoce en carne propia los mismos bajos fondos que llevaron a Bukowski a un jacuzzi en su vejez, a quien le fascina, por ende, la contemplación del horror (“permanezco impávido ante un crimen más grande que una escena de sexo entre dos niños”, repetirá el guardaespaldas de la virgen de las flores).

El escritor creería que para estudiar a la high society mexicana, bastaría con ir a una cena de gala; se equivoca: para conocer los gustos, sentido del humor, vicios, idiosincrasia, e, incluso, lo que puede llegar a considerar una “peripecia” la sociedad del Hola!, basta con ir a una de Cabaret.

Divina Despierta se presenta en el Teatro Benito Juárez del 2 al 26 de marzo de 2017.

 

Por Jerónimo Gómez Ruiz

 

Written by Jerónimo Gómez Ruiz

Jerónimo Gómez Ruiz dice haber, una mañana, al salir de la “sinagoga de los escritores”, tras apurar en un restaurante, ubicado entre carpas, unos huevos a la mexicana y un jugo de nopal, leído su propio nombre entre las páginas, su propio nombre entre los libros.

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