Los colores negros del dado verde: Escritura, prestidigitación, azar y coincidencia (segunda parte)

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claude_adrien_helvetiusHace cosa de diez años estudié a conciencia un repertorio de prejuicios bajo la forma de aforismos, cosa que sería condenable si los hubiera extraído directamente de un tomo decimonónico, pero que es excusable siendo que, simplemente, imprimí esos epigramas o aforismos o máximas si no inmorales, del todo amorales, directamente de un portal del temprano siglo XXI, y me propuse meterlos en cajones organizados en mi memoria, para, a la menor oportunidad, citarlos, produciendo situaciones desorbitadas en que la naturalidad perdía entre mis conocidos su naturaleza meramente física y pasaba a estar dominada por las leyes de la literatura. La mayoría de esos aforismos se han convertido, ya, en un libro impreso (yo los había descargado directamente del blog que su autor escribía). Además de eso, conocía un par de poemas suyos y había cursado cierto ciclo de seminarios y talleres dictado por él. Un año más tarde, me propuse recorrer todas las librerías conocidas por mí, y hacerme de su obra completa. Lo conseguí; excepto por un par de títulos, que salieron recientemente, cuando había perdido ya todo el interés. Como sea, un año después, hace nueve años, tuve entre mis manos cierto libro que parecía ser depositario de una suerte de plasticidad que posibilitaba una apreciación tan visual como táctil, cuya lectura se sucedía en mi conciencia a la manera de una serie ordenada de gotas que de un modo connatural al texto, surgían en mi cabeza, gotas cada una de las cuales terminaba por formar una imagen refleja memoria adentro, ya fueran un cuadro, ya un sintagma. El cuadro del que hablo no podía ser sino obra de un minucioso estudio de sí mismo efectuado por el autor, quien, inevitablemente, en todas sus obras, hace un nuevo autorretrato. He allí mi obsesión siniestra: a mi documentación había sumado fotografías suyas, de recortes de revistas y gacetas de poesía, e, incluso, en cierto momento me salté a la obra de su pareja, que también es escritora: su autorretrato cobraba cada vez más una nítida personalidad en mi conciencia. En lo personal, a lo máximo que he llegado, ha sido a emplear a mi gato como modelo para escribir el libro de mi muerte, una colección de poemas cuyos epígrafes están tomados de ese libro en el que ahora me parece que su alma, la de mi gato, vive, Las mil y una noches, según he comprobado recientemente al abrir sus páginas y sentir un arañazo de aire al cambiar una página. Como sea, ese libro que leí por primera vez hace nueve años, lo leí, hace nueve años también, cerca de unas seis veces seguidas, y finalmente lo olvidé. Sólo recientemente, he sabido que en 1758, salió a la imprenta un libro que 21 días después de su puesta en circulación fue condenado por varias instancias, incluyendo al mismo Luis XV y al papa Clemente XII, además de a la Facultad de Teología de la Sorbona, en el que su autor, Claude-Adrien Helvétius, famosamente ansioso de gloria, pero escritor que vivió ese fracaso de orden legal, y mantuvo un silencio sepulcral por décadas, dividió a las ideas en tres categorías, la primera de las cuales era la del grado de las ideas útiles. Si no hubiera leído en el espejo textual de Helvétius tal caracterización, habría desarrollado más una intuición que ya tenía, no sólo respecto del libro que decía proveía de una experiencia tan visual como táctil, sino de la obra de su autor, suponiendo que el estilo (he observado la letra manuscrita del escritor en pizarrones para plumón y en fotocopias) era el único responsable de su calidad. Años y años estuve tratando de tener una letra que me gustara. Sin embargo, había algo en la letra, descuidada y de cierto modo “caricaturizada” de ese escritor, que me hacía descreer profundamente de mi propio “estilo”, cuyo reflejo más fidedigno creía yo encontrar en esa detestable manuscrita cursiva con la que pretendí abrir los anacrónicos tomos de una textualidad que, para colmo, decidió, guiado por una loca intuición, funcionar como veladura por la que hice pasar una sola idea fija. Lo que Salvador Elizondo llama “la idea fija”, encontró, en mi consciencia, al personaje de Dios: le quité a un portarretratos que había en mi escritorio la foto de mi abuela paterna, que cultivaba maíz, y dejé el solo vidrio: imagen aproximativa de una idea fija aproximativa, ya lo dije, al concepto de Dios, para que me vigilara mientras escribía. Y un día, mientras revisaba mis archivos, abjuré ya completamente de mí mismo: era impracticable: mi escritura era un compendio de despropósitos que ni siquiera revelaban a un autor tras bambalinas, de modo que, si no podía ser un escritor, me convertiría en personaje, así tuviera que encontrar el libro oculto de una librería perdida en que leyera mi nombre en todas sus letras. Y cuando estaba por recorrer la primera librería, vino Claude-Adrien Helvétius en mi auxilio (“un escritor fracasado siempre tendrá el lugar más querido en el librero de otro escritor fracasado”) a informarme no ya sobre las ideas útiles, sino a enmarcar su propio libro en ellas, haciéndome más plausible el sueño de redacción universal. He aquí que a su garabateante pluma se le ocurrió definir a las ideas útiles de que hablaba, como “aquellas ideas que sirven para entretener o ilustrar”. Dicho así, de manera suelta, fuera del no digamos complejo sino clarísimo sistema moral de su filosofía, la oración en sí misma parece ejemplo de pizarrón en un salón de la primaria: y no lo dudo, pero en todo caso se trataría de una loca primaria como la soñada por Frege: «Con el tiempo, con mi “Conceptografía”, en las escuelas dejará de enseñarse la relación entre sustantivo y predicado, y pasará a enseñarse la relación entre argumento y función». El sueño de Frege, para bien o para mal (cualquier lingüista particularmente ingenioso sabría que para bien), no ha invadido las aulas aún. Las ideas útiles de que habla Helvétius, tienen en consonancia con ese libro plástico y gustoso al tacto de que hablaba, una relación directa, pues si por algo me atrajo, como un imán, el repertorio de ese libro de ensayos hasta leerlo seis veces seguidas, a veces sofocándome de risa, fue porque lo encontraba entretenido, además de ilustrativo. Supuse entonces que todo cuerpo de libro que tuviera una especie de tentativa filosofante, sería igual. Nunca lo encontré. Hasta ese libro ilustrativo, y entretenido. Cosa curiosa, porque el autor del por su parte más breve fascículo de ese minucioso estudio a sí mismo, ha decidido poner en duda el epíteto de “divertido” al aplicarlo a los libros, no tanto por su seriedad connatural, como por la ya pasada de moda necesidad de innovación artística, bandera que dicho escritor ha hecho suya, cuando su prosa es una de las más agudas que yo haya leído. Como sea, lo cierto es que desde que, a raíz de lo que podría considerarse casi un malentendido en el orden de mis variopintas tentativas por ocupar un lugar en la cotidianidad, tuve noticia de ese escritor, y comencé, otro gran equívoco, a leerlo, he soñado con él unas siete u ocho veces. Y es precisamente de lo que quería hablar: de un sueño que tuve hará cosa de cinco noches.

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Era de día afuera, en el exterior de la casa, incluso en el jardín, pero era de noche adentro, donde las luces estaban encendidas. No era una casa cualquiera: tenía una amplia cocina al aire libre, que conectaba con el jardín pero que, de alguna manera, se ubicaba adentro de la casa, con, por ende, las luces encendidas. Allí, se apareció el escritor del que hablo, en compañía de otro escritor, un escritor que no existe, un escritor que soñé. Y yo me puse a hablar con ese escritor. Tenía el pelo revuelto, no se había rasurado, era más delgado que robusto, pero no en exceso, y tenía unos cuarenta y cinco o cuarenta y ocho años. Entonces me lo dijo:

“Con frecuencia le digo a mis alumnos que uno puede sentir exactamente lo que siente un refrigerador por dentro cuando está abierto”, y me señaló su abdomen en el momento en que abría el refrigerador de la cocina para extraer una lata de cerveza Tecate.

“Pero, ¿sabes qué es lo que me dicen mis alumnos?, ¡Bah!, ¡Qué eso no puede ser, porque eso depende de una cuestión genética!”, y procedió a reír, antes de beber de la cerveza.

Fue un sueño extraño, y se lo conté a algunas personas. Todas me vieron de modo elíptico, entrecerrando los ojos, ladeando la cabeza como un frisbee, y yo no supe ya tomarlo de regreso y volver a arrojarlo: no va a ninguna parte, ni significa nada, salvo que los objetos de los que rodearse para sentarse a un escritorio y escribir, acaso quepan en el refrigerador para libros con fecha de caducidad, además de algunos otros comestibles, como cerveza, sea Tecate, o no lo sea.

2

Recibir la mañana sentados al escritorio leyendo los disparates que escribimos durante el día previo, a veces durante los días previos, todos de sequía creativa, es una actividad que en algunas ocasiones sólo es soportable cuando la acompañamos del proverbial café que a esas desacostumbradas horas en que la mente no parece tan ágil como cuando tiene que ocuparse de la locomoción y se entretiene, por lo tanto, en la observación de los componentes del paisaje, así sea el paisaje subterráneo del metro, o el paisaje congestionado de la ventanilla de un pesero, nos asiste como una auténtica droga fuerte. Pero recibir, en cambio, la noche, con la misma taza que usamos en la mañana, e igualmente repleta del líquido negro, es inusual, pero no del todo imposible. Cuando, de alguna extraña manera, nos despertamos sin haber siquiera dormido, y de pronto comprendemos nuestras alternativas: acostarnos, como un santo judío, a reflexionar en el silencio y la respiración y el ayuno nocturno, o encender la computadora y abrir un archivo de Word, el tiempo libre utilizable a nuestro antojo se abre como la noche de Elizondo: de par en par. Es durante la noche, también, que, como dicta el poema, “la luz del refrigerador se abre como una emisión extraterrestre” (cito de memoria, ¡ay!).

Imagino un futuro de ciencia ficción en que la fecha de caducidad esté determinada por la cantidad de veces que comes un platillo. Comer seis veces una pieza de mole, podría equivaler a la fecha de caducidad de ese platillo que se auto-replica refrigerador adentro. Entonces no hay salida: habrá que tirarlo a la basura. Alguna vez leí en la columna de un escritor con quien mantengo desde hará cosa de un año una relación de enemistad, (pero, no se sabe, no recuerdo bien, él pudo haber estado citando a otro escritor) que “las bibliotecas no son bodegas de libros leídos”. Mi modesta biblioteca es todo, menos eso: he desechado cerca de 30 títulos en los últimos diez años, sólo por considerarlos inadecuados para construir un espacio de perdurabilidad libresca. Llega inevitablemente el día: regalaremos ese sexto mole, esa sexta sopa de garbanzo, cuando ya nos está produciendo indigestiones. O, si le tenemos un aprecio sentimental, lo acomodaremos como imán del polvo en los estantes. Sólo de vez en cuando volveremos a abrir sus pastas, ya sea porque un malestar repentino nos conduce a ese santuario de meditación y recogimiento que es el escusado. Y entonces podremos encontrar nuevamente brillo en las de otra forma desasosegantes páginas.

Otro tanto habría que aplicarle a nuestros propios archivos. Si no los guardamos por cierta estima que cobra el aura de “iniciación” en la memoria de ese que fuimos, cuyas manos acaso eran la mitad de pequeñas de la taza de café, lo hacemos por simple inercia, cuando no por superstición. Pero me detendré aquí.

A veces, guardamos algo que escribimos a mano, como digo, por inercia: en realidad no nos gusta su contenido, y si no lo tiramos es por, como digo, inercia. Esto quiere decir que la mano se mueve sola, y al final no lo tiramos. ¿Qué hacemos, entonces, meses más tarde, volviéndolo a leer, y extrañándonos de que su contenido es inusitadamente bueno, y lamentando no haberlo desarrollado mayormente? Tal vez es lo que Jabès decía de que “pero cuando uno está en estado de gracia no lo sabe”.

Muchísimo más interesante, la motivación de no tirar ciertos papeles, aun cuando los hagamos bola, sólo para desarrugarlos después, guiada por la superstición, revela un aspecto del que casi ningún escritor quiere hablar: el miedo que le tenemos a nuestra propia pluma, los dientes que sospechamos en sus bordes. No dudo que con la aplicación suficiente el redactor temeroso de traicionar un papel que sabe tiene el poder de vengarse, al revisarlo, igualmente, y sólo por accidente, meses después, sepa ya domeñar en un par de líneas su desenlace.

 

Por Jerónimo Gómez Ruiz

 

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Escrito por Jerónimo Gómez Ruiz

Jerónimo Gómez Ruiz dice haber, una mañana, al salir de la “sinagoga de los escritores”, tras apurar en un restaurante, ubicado entre carpas, unos huevos a la mexicana y un jugo de nopal, leído su propio nombre entre las páginas, su propio nombre entre los libros.

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