Verba volant, scripta manent: Betsabé

Diré como de rayos vi tu frente

coronada, y que hace, tu hermosura,

cantar las aves y llorar la gente.

Luis de Góngora

 

Irrevocable y secreta prueba la de la muerte, para el espectador induce reflexiones y tristezas, no sólo de seres queridos o cesados. En lo personal me da por recordar los relámpagos de infinita felicidad que no he sabido reproducir por medio de palabras.

La cuenta pendiente asomó el domingo en forma de un impresionante choque en la carretera federal. Casi entrando a la ciudad, en las curvas que deben más muertes de lo que uno esperaría, un microbús impactó de frente a un sedán que estaba pintado de taxi.

El más escandaloso de los periódicos se regaló el día de hoy con la fotografía en primera plana del auto apretado hasta lo sumo con los fallecidos cuerpos. Yo fui uno de los tantos espectadores de la cruel resolución: la sangre y el aceite de motor en el asfalto, la carne humana adherida a los metales retorcidos que los bomberos trozaban con un hacha.

La horrible visión me descompuso de tal forma que caminé hacia mi casa lo más rápido posible y evitando la avenida Insurgentes, que por su extensión y aspecto parecía una larga autopista, terminé dando un rodeo por las calles del centro de Tlalpan. Fatigado y temeroso como estaba, busqué las llaves y ahí fue que me di contigo.

Con la engreída y densa cabellera, los ojos inmensos, el primer y tembloroso beso que te di afuera del salón de clase, y de la risa que te provocaba el recordármelo. Lo imposible que me parecía al verte caminar por los pasillos de la “Facultad de Coapa” que algún día, que alguna vez pudiera estar cerca.

Sin embargo sucedió, y de todos esos encuentros, del noviazgo, del salvaje final, únicamente me quedé con una foto tuya, un llavero redondo y de plástico transparente que después de diez años está tan rayado y nublado que parece una pequeña brújula. Una foto y no más.

Confieso que la imagen de tus dieciséis años la guardo con un recogimiento que te turbaría, pero ¿qué más puedo hacer? Ya no te conozco y pensar que cada día te olvido un poco más me desgasta, me parece que el tiempo, nuestro tiempo, cabe ahí únicamente, en un relicario que nos vuelve a aquella tarde en el castillo de Chapultepec.

 

Por Jesús Martínez

 

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Escrito por Jesús Martínez

“Sutiles cuestiones trato, resoluciones graves comprehendo, perfectos libros amo”.

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