El profeta, el artista, el mensajero: Bartleby y el XIX

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Bartleby, siendo él mismo mensajero y mensaje, estaba aparentemente en las cercanías, en las inmediaciones, próximo, pero, en el fondo, nada en él era próximo. Detrás de un biombo, es decir, detrás de un velo, se tenía noticia suya, pero ni su persona ni sus actos eran capaces de corroborarlo. Era similar a un mensajero que apuntaba hacia el cielo de una noche estrellada, en la cual, alguna estrella o constelación podría contener su mensaje, pero la agudeza para interpretarlo escapaba al espectador común.

Cuando deseamos hablar de Bartleby (1853), no podríamos pasar por alto el contexto de Melville y de su obra, hablamos del plenilunio del siglo XIX, periodo que presenta la problemática de la ascensión del utilitarismo, corriente que choca de forma brutal con la manera en la que se concebía el arte y el ejercicio artístico. Desde la óptica de dicha ideología, la importancia del arte está en relación con su posibilidad de transformarse en un producto. El artista, en general, sobre todo cuando sus obras no se ajustan a la idea de un producto deseable para la sociedad en auge, pasa a convertirse en un lujo innecesario del cual sería preferible prescindir. En dicho punto podría considerarse análoga la posición de Bartleby, individuo que en primera instancia es tomado por un escribiente, y que sin embargo, en un momento dado expresa la posibilidad de suspender su quehacer, entendiendo dicha suspensión como un estatus en el que no se niega a permanecer como escribiente, pero que tiende hacia el estado de potencia, en el cual es posible apreciar la posición y la praxis de Bartleby desde otra perspectiva.

De forma similar, el artista decimonónico que reacciona contra el sistema no se niega a continuar con su producción artística, sin embargo busca continuarla por medios diversos a los esperados por la sociedad, lo cual deriva en una expresión de carácter más o menos incomprensible para la generalidad de los apreciantes, incluso al grado de causar la impresión de que no hay ningún mensaje: una suerte de dialéctica negativa.

No se trata de la ausencia de mensaje, la fórmula que Bartleby esgrime a cada petición que se le solicita, el famoso “i would prefer not to”, como se ha dicho, tiende al estado de potencia y produce una suspensión, en la que el acto queda indefinidamente cancelado, pero su potencia permanece intacta.

La figura de Bartleby resulta sintomática de su tiempo; el amanuense que no escribe y que rehúsa cumplir con las expectativas de la sociedad, un escribiente que puede serlo, pues posee la facultades para dicho ejercicio, pero cuya suspensión de tal actividad significa una protesta contra el carácter utilitario de sus labores, elevándolo a la categoría de lujo. Escribiría si quisiera, pues es capaz de ello, pero prefiere no hacerlo.

Bartleby se pone en huelga, o mejor dicho, en suspensión, debido a que se erige como la protesta de un mundo que está irremediablemente perdido, el mundo donde el artista era aún el vate, el elegido, el mensajero de los dioses. Según Giorgio Agamben:

Se inscribe en la estirpe de los ággeloi, de los mensajeros. A ella pertenecen también el Bernabé kafkiano, de quien se nos dice que “apenas era otra cosa que un mensajero e ignoraba el contenido de las cartas que se le confiaban, pero también su mirada, su sonrisa, su caminar parecían ser mensajes, aunque él no fuese consciente de ello”. Como mensajero Bartleby “ha sido enviado por cierto designio misterioso de la omnisciente providencia, misterio que un simple mortal no puede descifrar”.

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El estado de suspensión de Bartleby puede parangonarse con una idea que estaba dictando el rumbo de gran parte de la literatura del XIX, y que alude a ese ámbito misterioso de los significados no revelados, de aquello alineado en los márgenes, y de lo cual apenas se vislumbran el perfume, la sombra o el buqué. En la segunda mitad del siglo, Baudelaire hablaba de las correspondencias, noción que en Mallarmé derivó en la preconización de esos estadios liminares ubicados en los márgenes, los cuales referían al objeto sin mostrarlo, mejor dicho, lo sugerían.

Bartleby podría conectarse con el carácter divino de su mensaje y con la divinidad misma cuando pensamos en la potencia como “contraposición cualquiera de los sensibles y los inteligibles”, dándonos esta dicotomía la posibilidad de establecer una relación entre los dos contrarios y la teoría de correspondencias, tan influyente en el arte del XIX y que iba de un continente a otro; desde Swedenborg a Emerson y desde Poe a Baudelaire y que incluso puede no haber sido ajena a Melville. Recordemos que en el sistema de correspondencias existe una relación entre un algo anclado en el mundo sensible o terreno y su contraparte ubicada en el ámbito divino, la cual se encuentra velada y sólo se puede tener cuenta de ella cuando se advierte su anverso terrestre, el cual apunta, o mejor dicho sugiere, sin nombrar ni develar del todo a la porción celeste de la cual es correspondencia. Ante la imposibilidad de descifrar del todo aquello que se ubica en el ámbito celeste surge un estado de constante aspiración hacía él, aspiración condenada a la falta de consecución generando un estado que se parangona con el de la suspensión.

Podemos también hablar en gran medida de las nuevas necesidades expresivas propias de la segunda mitad del XIX. Del mismo modo en el que la poesía simbolista de Baudelaire y Mallarmé se recrea en la sugerencia, la narrativa también reclama su derecho a negarse a explicar, a moverse en el ámbito de lo evidente, y de allí, el surgimiento de obras tan enigmáticas y sugerentes como las de Poe, Dickens o la del propio Melville.

Al mismo tiempo, la actitud de Bartleby apunta hacia ello, pues no enuncia, no nombra, él sugiere y se desenvuelve en el espacio de una indeterminación que no afirma ni refuta, es decir, se niega a destruir lo aludido.

Siguiendo con la idea de las correspondencias, el proceso de suspensión en el discurso de Bartleby parece encontrar su contrapartida en el discurso de su jefe; el abogado, quien ejerce una relación de carácter mimético al entrar en contacto con el amanuense, y que se ve obligado a poner en estado similar (de suspensión) su deseo de prescindir de los servicios de un empleado que se rehúsa en un principio a otras labores que no sean las que se le asignaron originalmente, y posteriormente a todas ellas. Podríamos postular que el texto funciona bajo una clave de dicotomías o correspondencias, donde la de Nippers y Turkey es la más evidente, pero la de Bartleby y el abogado es más interesante y compleja. Ambas son susceptibles de interpretarse como relaciones entre dependiente y correspondiente.

Las actitudes disfuncionales que esgrimen los personajes de la oficina en que laborara Bartleby encuentran un punto de equilibrio cuando se ensamblan, se hacen parte de un sistema y sus peculiaridades en conjunto alcanzan un orden funcional. El papel de Bartleby es romper con esa dinámica; ese engranaje que tritura y que busca solamente el aspecto funcional.

Con respecto a Bartleby y su relación con el narrador, Gilles Deleuze pone énfasis en el pacto roto del abogado con su amanuense, al cual, en un inicio colocó tras el biombo, hecho que resultaba en la invisibilidad de Bartleby, pero que le permitía escuchar y ser escuchado, y siguiendo a Deleuze, tal pareciera que cuando Bartleby es obligado a salir de dicho umbral, se ha cometido una grave violación a ese pacto tácito. Como en la literatura clásica, el desequilibrio de los estadios ordinarios requiere una recalibración del status quo, especialmente en lo relativo a las normas de la hospitalidad (Bartleby fue invitado a la oficina por el abogado a fin de laborar como amanuense bajo ciertas condiciones, y no otras), restablecimiento que frecuentemente requerirá de medidas heterodoxas.

Al mismo tiempo, hay que mencionar que Bartleby es una fuerza que ejerce influencia pero que no es capaz de recibirla, como se ve constatado cuando se piensa en su imposibilidad de mudar de opinión, su posición es inexpugnable. Bartleby es el emisario que se arriesga en el cenagoso paraje del mundo utilitarista y pasa por él sin mancharse, sin embargo el coste de esta hazaña implica la suspensión o cancelación de su propia voluntad que desembocará en un momento límite que significará su desaparición al presentarse la imposibilidad de elegir alimentarse para seguir viviendo.

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El comportamiento de Bartleby y su fórmula son incomprensibles para los personajes de la narración de Melville, excepto para el abogado, mas sólo parcialmente, pues él alcanza a entrever, presiente, atisba el símbolo pero nunca el anverso.

Las actitud de Bartleby es tenida por absurda debido a que está privada de referentes a los ojos de quienes conviven con él, y aunque Bartleby en su lenguaje sugiera (solamente el narrador capta dichas sugerencias), sus interlocutores sufren de una ausencia de referentes pues pertenecen a mundos o realidades diversas.

El personaje de Bartleby carece de nexos en todo sentido, dueño de un pasado enigmático, pues si acaso tenemos como único punto de partida una vaga posibilidad calificada como rumor: se supone que anteriormente estuvo en la oficina de cartas perdidas, hecho que lo sitúa como parte de un sistema quebrado, donde mensaje y destinatario nunca tuvieron coincidencia.

Se trata del hombre sin atributos, sin referencias, y sin particularidades, por tanto su actuar no tiene vínculos o compromisos con las personas o con las decisiones. Sin referentes, se mueve en perfecta suspensión. Deleuze comenta:

Figuras de vida y de saber, conocen algo inexplicable, experimentan algo insondable. No tienen nada de general, pero tampoco son particulares: escapan al conocimiento, desafían a la psicología. Hasta las palabras que pronuncian escapan de las leyes generales de la lengua (los “presupuestos”) tanto como a las particularidades del habla, son como vestigios o residuos de la lengua original y primaria, y arrastran al lenguaje en su totalidad hacia el límite del silencio o de la música.

Bartleby no tiene nada de particular, pero tampoco es general, es un Original.

Los rasgos que se le atribuyen a este “Original” preconizan el silencio, la potencia, la música o la sugerencia, la correspondencia divina, etc., pero a los ojos del espectador se revisten con la apariencia de una suerte de inacción, y finalmente la inacción o aparente inacción genera el caos, por eso Bartleby “contamina” el ambiente de la oficina, porque su aura es para los otros una especie de peste, y ya sentencia William Blake: “He who desires but acts not, breeds pestilence”.

Lo que Bartleby propaga es un estado de indeterminación que cunde en todos los que lo rodean, lo cual se corrobora en el hecho de que los otros copistas comienzan a usar su lenguaje ante la sorpresa del abogado, que parece ser el único en notar la propagación que pone a todos en jaque.

El estado de indeterminación de Bartleby apunta hacia la potencialidad, justamente por eso, Agamben refiere a la mítica pirámide de los mundos posibles como preámbulo al análisis de la figura del escribiente.

El crítico italiano Mario Lavagetto parte del ejemplo acerca de la discusión que tuvieron dos conspicuos contemporáneos de Melville (Edgar Allan Poe y Charles Dickens) acerca del campo de las posibilidades en Barnaby Rudge en “Nel palazzo dei destini possibili” (En el palacio de los destinos posibles). En dicho texto, Lavagetto nos habla acerca de las potencialidades al interior del relato, las cuales se relacionan con los “piccoli indizi” (pequeños indicios) que un autor puede diseminar en su obra voluntaria o involuntariamente (y que pueden ser, por tanto, pistas falsas o verdaderas, en el sentido de guiar al lector por la senda propuesta de antemano por el autor), y la capacidad del narrador para suscitar el interés del lector, aprovechando la humana y persistente aspiración por ejercer la clarividencia.

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En este contexto impregnado de posibilidades, es también plausible que la narración de Melville pretenda suscitar a partir de Bartleby ese ánimo de suspenso o expectación respecto a su mensaje y su misteriosa y recurrente fórmula. Por otro lado, volviendo a la imagen de los mundos o destinos posibles, podemos esbozar algunas confluencias que se registran en Bartleby, pues si el mejor de los mundos posibles (en este caso aquél ideado y propuesto por el autor) descansa sobre los restos de infinitos mundos posibles que no se concretaron (como en el mito referido por Agamben o las vías posibles que subyacen a los ojos del lector agudo en relatos como Barnaby Rudge), y es aquél que se está desenvolviendo, podríamos considerar a Bartleby como un eco o un vestigio de dichos mundos no realizados, tal como se sugiere en la naturaleza de su antiguo empleo (el origen de Bartleby está en aquello que no fue efectivamente realizado o en este caso, no llegó a su destinatario), y cuyo encuentro con el supuesto mejor mundo posible (también probable metáfora del mundo utilitarista) genera un choque irreconciliable.

Aquello a lo que en el fondo Bartleby parece negarse (aunque no sea una negación en toda regla como ha tratado de señalarse), es a ser partícipe del sistema de su tiempo y a salir del campo de la potencia para hacer efectivo su impulso.

Desde luego es de notar que Bartleby en algún momento escribe, o cuando menos es amanuense, y en un momento dado decide dejar de hacerlo, y es el hecho de que quede suspendido el producto de su escritura lo que suscita muchas incógnitas. En primera instancia lo convierte de inmediato en un elemento disfuncional del orden utilitarista

El acto de escribir pudiera ser riesgoso para el copista, pues lo vincula al mundo de diversas formas. Por una parte, mientras continúe su labor, puede ser considerado como un amanuense, y dicho referente parece subvertir la naturaleza de Bartleby (hombre sin referentes) y corre el peligro de transmutarla. Por otro lado su “camino profético” parece concluido, y esto aunado a la violación del pacto tácito mencionado, genera la imposibilidad de la continuación de las labores del anteriormente copista.

En un principio me referí a Bartleby como mensaje y mensajero, pues oscilando entre el ámbito terrestre y el celeste según la teoría de las correspondencias, es capaz también de ejecutar una suerte de síntesis entre ambos polos debido a su posibilidad de partir de un punto cero. Bartleby se constituye como el taumaturgo profeta capaz de crear de la nada, como se ha dicho; sin referentes, tablilla en blanco que sin dichos referentes, también carece de límites, lo cual, lo aproxima a lo divino.

Por Diego Mejía

Escrito por Diego Mejía

Italianista, poeta y traductor. Estudioso de Italo Svevo, Matilde Serao, Gabriele D'Annunzio, Honoré de Balzac y Victoriano Salado Álvarez.

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