Gretta y Gabriel: Fragmento de “The Dead” de James Joyce

SalvadorLa mañana seguía siendo oscura. Un amarillo aburrido anidaba en las casas y en el río; y el cielo parecía estar descendiendo. El suelo era casi líquido; y había sólo algunos parches de nieve en los tejados y en los parapetos del muelle y en las rejas. Las lámparas seguían encendidas y rojas en el aire brumoso y cruzando el río, el palacio de las Four Courts se erguía amenazante frente al pesado cielo.

Ella caminaba delante de él con Mr. Bartell D´Arcy, sus zapatos en un empaque marrón bajo un brazo y sus manos sosteniendo la falda para que no tocara el aguanieve. Ya no tenía aquel porte y gallardía pero los ojos de Gabriel seguían brillando de felicidad. La sangre se agolpaba en sus venas: y sus pensamientos desbocados en su cerebro, alegre, tierno, audaz.

Ella caminaba delante tan ligera y erguida que él anhelaba correr y alcanzarla sin hacer sonido alguno, tomarla por los hombros y decir algo estúpido y cariñoso a su oído. Ella le parecía tan frágil que anhelaba defenderla de cualquier cosa y luego estar sólo con ella. Momentos de su intimidad explotaban como estrellas en su memoria. Un sobre del color del heliotropo se posaba  junto a la taza del desayuno y él lo acariciaba con su mano. Los pájaros piaban en la hiedra y la soleada telaraña de la cortina brillaba junto a la puerta: la felicidad no le dejaba comer. Ellos estaban de pie en un concurrido andén y él guardaba un boleto dentro de la tibia palma de su guante. Él estaba parado con ella en el frío, mirando a través de una ventana enrejada a un hombre que hacía botellas en una rugiente caldera. Hacía mucho frío. Su cara, fragante de aire frío, estaba muy cerca de la suya, y de repente ella le dijo al hombre de la caldera.

– ¿Está caliente el fuego, señor?

Pero el hombre no podía escucharla por el ruido de la caldera. Mejor así. Hubiera respondido la pregunta de forma grosera.

Una oleada de algo más que tierna felicidad escapaba de su corazón y desbordaba tibia dentro de sus arterias. Como el delicado fuego de las estrellas, los momentos de su vida juntos, que nadie sabía, que nadie nunca sabría, iluminaron su memoria. Él anhelaba recordarle esos momentos, hacerla olvidar los años de tediosa existencia y recordar sólo los momentos de éxtasis. Por años, el sintió que ni su alma o la de ella se habían calmado. Sus hijos, su escritura, sus quehaceres domésticos no habían apagado el delicado fuego de sus almas. En una carta que le había escrito decía: ¿Porqué estas palabras me parecen tan frías y aburridas? ¿Será que no existe una palabra tan dulce para ser tu nombre?

Como música lejana, estas palabras que había escrito años atrás renacieron del pasado. Ansiaba estar solo con ella. Cuando los demás se hubieran ido, cuando él y ella estuvieran en el cuarto de hotel, cuando estuvieran juntos. Le llamaría suavemente:

– ¡Gretta!

Tal vez no lo escucharía la primera vez, ella se estaría desvistiendo. Después algo en su voz la tocaría, ella daría la vuelta y lo miraría….

En la esquina de Winetavern Street encontraron un coche. Él estaba feliz de que el ruido lo salvara de la conversación. Ella veía por la ventana y parecía cansada.

 
Por Hernán Cisneros
 

Escrito por La Mascarada

Loading Facebook Comments ...