La copa de Arthur Rimbaud: Los simbolistas y la dipsomanía

En general, la escuela simbolista fue asociada con la imagen del poeta maldito, el crápula, el artista bohemio de vida disipada. Más allá de lo biográfico, lo cierto es que en numerosas ocasiones Arthur Rimbaudestos artistas vincularon su proceso creativo a mecanismos poco convencionales. Uno de los instrumentos preferidos fue la dipsomanía. Si bien no es un hecho comprobable la enfermedad de tales autores (tal vez exceptuando a Verlaine), la influencia de los escarceos báquicos tanto en la vida como en la obra de estos artistas resulta innegable.

En primera instancia, es pertinente definir el fenómeno de la dipsomanía, el cual debe entenderse por su significado literal, es decir: una manía asociada con la sed y un impulso o una tendencia por beber (a pesar de que no siempre se haya referido necesariamente a los efluvios báquicos o sea exclusivo de ellos). El término con frecuencia es tomado como sinónimo de alcoholismo a pesar de existir particularidades que los distinguen. Dado que tocamos diversos matices referentes a la sed, a las asociaciones con los hábitos que de ésta se derivan, y a la influencia que tiene sobre los procesos compositivos de Rimbaud y compañía, el término debe entenderse en toda su polisemia. Por tanto, es justo señalar como precursores a los famosos “bebedores de agua” entre los cuales vivió Henry Murger y que fueron trasunto de sus famosas Scènes de la vie de bohème.

Charles Baudelaire mencionaría que el poeta es como un príncipe que va de incógnito para contemplar. En el caso del artista dipsómano, éste utiliza el estado alterado para fincar una distancia entre realidad y proceso ficcional; se presenta como ese príncipe y extrae una parte de la esencia de lo real a fin de utilizarla en el artificio.

El simbolismo busca la expresión de lo velado, aludir a lo aparentemente indescifrable por la vía de la sugerencia. Sus instrumentos predilectos son lenguajes tan ambiguos como evocadores, llámense música, perfume o vino. Se utiliza aquello que pueda cantar los transportes del alma, de allí que se emprenda el viaje a la grupa del vino y se busque el diálogo con la fée verte. Entonces, nuestro propósito será recordar lo que ya diría Rimbaud: “Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos”.

A fin de explicar la importancia de lo báquico en artistas como Rimbaud, es necesario hablar de los paraísos artificiales, es decir, los terrenos velados a los que accede el artista a través de sustancias que estimulan la consciencia no ordinaria, y a cuyo estudio se dedica Baudelaire en su obra homónima. De ella, entre otras cosas, se desprende lo siguiente: el hombre que busca dichos paraísos se convierte en una especie de Ícaro que es desterrado apenas acercarse a ellos, o, para decirlo de una manera más baudelairiana, es un albatros sediento de infinito (y que es igual al poeta), pero que, al atisbar una parcialidad de dicho infinito, cae de nuevo a tierra y no tiene más remedio que vivir entre los hombres y con las alas rotas fuera del paraíso.

Para Baudelaire, una de las cualidades del poeta es el orgullo, el cual le viene de sus cualidades creativas, una virtud que comparte ciertamente con otros personajes como el dandy. Los estados alterados fortalecen el orgullo del poeta, pues le permiten estimular su capacidad creativa mostrándole escenas que en la realidad ordinaria no lograría captar a detalle o, incluso, podría desconocer del todo.

Es bien sabida la admiración que tuvo Baudelaire hacia Edgar Allan Poe, una admiración que más bien era una devoción. Siendo así, es muy probable que el artista francés fuese influenciado no sólo por lo extraído de El principio poético, sino también de otros mecanismos más sutiles como la creación de ciertos estadios artificiales a través de sustancias como el alcohol, a fin de tenerlos disponibles para ser utilizados en su proceso creativo. Entiéndase con esto otro modo de artificio muy distinto a la mera reproducción de dichos estadios, pues el proceso simbolista dista mucho de tal técnica.

Por su parte, el poeta Paul Verlaine compartía con Rimbaud y Baudelaire esa afición por abrevar del Leteo y, muchas veces, recurrir a sórdidos parajes con el fin de confeccionar flores de tan alta como extraña belleza. En algunas cartas Verlaine escribía a su amigo Edmond Lepelletier acerca del estado en el que se encontraba luego de sus quehaceres dipsómanos, refiriendo una lasitud y una “mente cenagosa”. De ésta y otras relaciones epistolares se sigue que eran esos terribles días de resaca un punto de bastante estro para Verlaine.

Rimbaud, por su parte, planeaba una especie de viaje mediante el cual lograría su cometido de convertirse en vidente y de anular de manera consciente los sentidos y transgredir la realidad ordinaria. De aquel viaje planeaba regresar:

con miembros de hierro, la piel oscura, los ojos furiosos: de acuerdo a mi máscara, me juzgarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos inválidos feroces que retornan de las tierras calientes. Me inmiscuiré en los asuntos políticos. Salvado. Ahora estoy maldito, tengo horror de la patria. Lo mejor es un sueño bien ebrio, sobre la playa.

Rimbaud cita

El desarreglo de los sentidos al que alude Rimbaud, en gran parte, obedece a una voluntad de disociación, pues el vidente no es sólo capaz de comprender la correspondencia de las cosas, sino también de contemplarse a sí mismo desde el exterior, como una entidad dual. Uno de los métodos que favorece tal distancia es, sin lugar, a dudas el ejercicio concerniente a las bebidas espirituosas, muchas veces dintel al terreno velado por el manto de la conciencia.

En conclusión, al hablar del vínculo entre el proceso creativo y el uso de elixires báquicos dentro de la obra de tales autores, es justo atender a diversos aspectos, pero el más importante resulta ser la necesidad de disociación con el fin de establecer un eje dual, que en Rimbaud le permite contemplarse a sí mismo desde el otro, en Verlaine es la impronta de una pugna interior entre dos polos opuestos, y que en Baudelaire permite el paso de lo general hacia lo particular. Por tanto, la experiencia dipsómana influye de diversas maneras sobre los principales escritores simbolistas, ya sea que ocurra mayoritariamente a nivel reflexivo o fluya a nivel de praxis, pero queda patente su utilización en el proceso compositivo del artista, convirtiéndose en un afinador, en ese “aceite que pule del luchador los músculos”, en instrumento al servicio del arte.

 
Por Diego Mejía
 

Written by Diego Estévez

Tradujo 'La corrupción del alma' de Italo Svevo (UNAM, 2016). Miembro del colectivo Poetaretusei432, afincado en Siracusa. Forma parte del equipo editorial de la revista Senderos Filológicos del IIFL.

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