PREMONICIÓN
Está lloviendo en Oaxaca.
Llueve en Monte Albán y la ciudad de entonces
acontece en tu frente.
Llueve sobre el amor y las gotas de lluvia
humedecen los ojos y las piedras.
Llueve en los muros
bajo los árboles
en las vísceras blandas de la noche
y la lluvia recorre esta hoja de diario
en la que leo que llueve
sobre la luz eterna de Oaxaca
atardeciendo encima de tus hombros
en un cuarto de hotel desde mi ausencia
una amapola creciendo en esas sábanas
y el agua que se filtra en las ventanas
en la lluvia cautiva a pesar de los duendes y la sombra.
Llueve sobre los ídolos zapotecas
y el tono de las nubes crece como un volcán
enciende los destellos de las salpicaduras en tus manos.
Llueve tu vendaval sobre mis sienes
llueve otra vez amor sobre tu carne
está lloviendo en Oaxaca
y es la humedad estéril
todavía.
EL EDIFICIO ROTO
El edificio roto se erige cual un cadáver insepulto en la ciudad. Su presencia contrasta con los carteles más animosos acerca del futuro y hasta con la arboleda de verdes refulgentes en la incursión primaveral. No hay optimismo que resista un edificio roto. El esqueleto de herrumbres enfrenta cualquier discurso ardoroso, el jolgorio de una fiesta, la mansa credulidad. Un edificio roto encara la parte más desolada de la urbe, sus ventanas cual florero marchito; deshojadas, inertes. Las puertas yacen como despojos en los restos del piso y por los huecos de sus heridas baten en ventolera los harapos que remiten a cortinajes antiguos. El edificio roto carece de portada, sólo se sostienen en pie los horcones del puntal y algunos muros de piedra que indican su estructura de origen. Sobre la planta más alta perdura un trozo del techo, cubierto de tejas criollas invadidas por las especies silvestres que acogen los nidos de las aves. Hay un signo de vida en las palomas y otro síntoma de color en los fragmentos del mosaico colonial que se desprenden del piso cuando el viento arrecia.
El edificio roto es un lamento en la ciudad, un alarido de dolor frente al hastío.
ROSAS GEMELAS
Dos rosas en un vaso, desveladas,
De un aroma perdido en la memoria
Su presencia es perfume de una historia
Detenida en la flor de mis almohadas.
Dos rosas rojas, como la ironía
De aquel rayo escapado a la ventana
Hilo de luz partiéndose en el día
Grano de sal que anida en la mañana.
Son dos símbolos rotos de un pasado
Que se mueve en el ritmo de las velas
Y quiebra la invención del impaciente
Son marcas de un color inapropiado
Que palidecen en la tarde ausente
Y mueren juntas, como dos gemelas.
Minerva Salado (La Habana)
Poeta, ensayista y periodista. Es autora de diez poemarios, entre ellos Al cierre, (Premio David de 1972), Tema sobre un paseo (Premio UNEAC de 1978), ambos publicados por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y Herejía bajo la lluvia, (Premio Carmen Conde de la editorial española Torremozas), publicado en Madrid en el año 2000, asimismo en una edición ampliada de 2015 en La Habana. Sus libros en prosa incluyen siete títulos. Los más recientes de ellos son el ensayo Censura de prensa en la Revolución cubana (Madrid, Editorial Verbum, 2016) y el testimonial Memoria de una revolución (1955-1956), con prólogo de Elena Poniatowska, editado en Amazon Kindle en octubre de 2020. Reside en México desde 1988.