El afilador de tijeras

Llevo tres tardes escuchando en mi barrio el silbato de arcoíris del afilador de tijeras. El silbato que se despliega como un colibrí acústico. Tenía la idea de que estos personajes vespertinos habían desaparecido desde hace por lo menos un cuarto de siglo. Pero surge de pronto uno de ellos, cada tres, cada cinco años. Hace sonar su silbato de pájaro errante durante dos o tres días en algún barrio, escogido al azar, y luego desaparece, al parecer para siempre. Un para siempre estacional, que dura alrededor de un lustro.

Se desplazan a pie, en un carrito de madera con ruedas de bicicleta. Allí cargan la piedra providencial, rectangular, del tamaño de una caja grande de cerillos. La piedra lunar, gris verdosa, que se gasta en un fino polvo cuando se afilan sobre ella las tijeras. El trabajo no lleva ni cinco minutos. Y a duras penas cuesta cinco pesos.

Mujeres de otra época, que toman el fresco en la acera de sus casas, sobre sillas de plástico, entran de súbito a su vivienda a buscar las tijeras viejas, cuando escuchan el lejano, el fosforescente silbato. Mujeres diligentes, en camisón blanco o azul pálido o rosa gastado, que pasan las largas horas del bochorno en una acera cada vez más despoblada de niños, a un paso del asfalto que retumba con los grandes, los tambaleantes, los ruinosos autobuses urbanos.

Regresan con las tijeras alemanas, de orejas góticas, meticulosas tías de los sacapuntas escolares, ennegrecidas por el uso, melladas por las vastas telas de antaño. Las brujas del trabajo doméstico, pesadas y puntillosas, empero arrojadas cada vez más al desuso, al domingo de grima, a las íngrimas vacaciones que tienden a perpetuarse, tal si fueran una jubilación. Regresan de la penumbra humeante estas señoras, agobiadas por la menopausia y la canícula, justo en el momento en que pasa frente a su puerta el afilador de tijeras.

Bajo el sombrero de ixtle, un rostro sombrío aplica con celo casi mítico el brazo metálico sobre la piedra prodigiosa. El sol cae como un relámpago sobre este acto mínimo que una vez más, sin fanfarrias ni muchedumbres, se ha llevado a cabo. Que no sucederá más, en la penumbra lustral de la acera, sino hasta dentro de otro lustro.

 

Por Adolfo Castañón

Written by La Mascarada

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