Hotel Pennsylvania

Se abrieron las puertas del elevador en el sexto piso. Salí sin mirar hacia el frente porque estaba ocupada jalando la maleta que se atoraba con la alfombra; en el viaje se le había perdido una llanta. Comencé a caminar hacia la izquierda. Me topé con una ventana que daba a la nada. Un muro altísimo clausuraba cualquier posibilidad de ver los rascacielos de Nueva York. Hacia abajo, el vacío. El vidrio percudido estaba enmarcado por unas cortinas rasgadas de terciopelo verde oscuro que hacían alusión a una época de gloria que se había quedado muy, muy atrás. Bienvenida al Hotel Pennsylvania, pensé desconsolada. Me volteé a la derecha. Ante mí había tres pasillos, uno más oscuro que otro. Chequé dos veces el número de la llave que me acababan de dar a cambio de dejar un voucher abierto. ¡Y todavía pagar por quedarme aquí…!, me dio escalofrío pensar que serían 5 noches. Siguiendo el letrero de la pared con flechas que indicaban la dirección de las numeraciones de los cuartos, caminé hasta el fondo del primer pasillo para descubrir que no estaba ahí el número que buscaba. Tuve que recorrerlo de regreso y volver al punto de partida. Caminé por el segundo pasillo con el mismo resultado. Fue hasta el tercer intento que encontré mi habitación. Abrí rápido la puerta que se azotó contra la pared. No podía creer lo que veía: una cama matrimonial llenaba todo el espacio. Bajo una pequeña ventana, que daba al mismo muro que había visto al salir del elevador, había un buró desvencijado, apretado entre el colchón y la pared. Me cercioré de haberle puesto el seguro a la puerta. Tenía una extraña sensación de que alguien podría haberme seguido, se sentían muchas presencias en el camino, y habría jurado que las paredes murmuraban a pesar de estar desierto lo que, en 1919, fue el hotel más grande del mundo, año en que se construyó con 1,700 habitaciones. Además de leer esto en el letrero pegado detrás de la puerta, me fijé dónde estaban las salidas de emergencia. Apenas acababa de llegar y ya sentía un impulso irracional por dejar mis cosas y correr a la calle. Quería estar segura de que sí había llegado a Manhattan, que había más personas en esa ciudad. Necesitaba que el frío me golpeara la cara, me lastimara; que las multitudes que abarrotan las banquetas me hicieran difícil caminar hacia un rumbo definido. Al menos eso me habían contado que sucedía en una ciudad como ésta, y me urgía sentirlo. Pero otra urgencia la precedió, tenía que ir al baño. Luego de cuatro horas de viaje y una de espera para que me dieran el cuarto, no había nada más importante que orinar. El aroma intenso y desagradable estaría en armonía con el del resto del lugar.

Había llegado al Pensylvannia una hora antes de subir. Luego de formarme detrás de decenas de personas y su equipaje, el empleado malhumorado me dijo que el cuarto estaría listo hasta las tres. Sonrió y me sentí insultada por su cinismo. ¿Qué hago con mi maleta?, le pregunté angustiada. «Guárdela en el sótano». Me extendió un boleto y me pidió a cambio de éste cinco dólares que tuve que pagar en ese momento.

Salí del elevador a un espacio oscuro y húmedo… Le entregué mis pertenencias a un hombre que nunca me miró a los ojos. Estaba agobiado recibiendo paquetes de otro hombre que tampoco parecía tener rostro. Al dar la vuelta para regresar al elevador, un charco de vómito detuvo mis pasos. Trozos de algo que debió haber sido jitomate o zanahoria dejaban una marca bastante circular en la alfombra. Me sorprendió su perfecta geometría. Me hice a un lado sintiendo tantas náuseas que estuve a punto de vomitarle encima. Sacudí la cabeza y los brazos para dejar ahí esa sensación asquerosa y regresé al lobby. Al ver un sillón vacío, me desplomé en él. Decidí quedarme ahí hasta que pudiera bañarme en lo que seguramente sería una regadera oxidada, pero sólo así recuperaría las fuerzas para recordar a qué había venido a Nueva York.

 

Por Hilda Sitges

Escrito por La Mascarada

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