Plumas

De las cuatro sólo una logró volar a tiempo. Es que el Wolks aceleró demasiado los últimos metros y ellas, distraídas en el confort de picotear migajas sobre el pavimento, no reaccionaron. El auto no fue la trampa, apenas el ejecutor del acto. No las oí emitir un sonido, sólo el golpe seco contra el paragolpes y la rueda destrozando el cuerpo de una.

Mientras esperaba el cambio de rojo a verde las plumas volaron por la avenida. Cuando subí al colectivo todavía se bamboleaban en el aire varias de color negro veteadas con blanco y gris. Debía cruzar la ciudad para ir a casa de mi mujer. Al día de hoy me niego a ponerle el título de ex, no por una cuestión de propiedad o de orgullo, sino porque detesto viajar tanto tiempo para nada o tal vez por no darle a ella todos los gustos.

Ella vive en un lindo barrio fuera de la ciudad. Uno de esos nuevos, con casas rodeadas de amplios jardines donde hay suficiente espacio para la pileta de natación. La casa de mi mujer está pintada de color salmón y el tejado es de un verde oscuro. No estoy seguro si tiene un quincho en el fondo. Cuando llego, mi mujer ―que quiere ser mi ex― me atiende desde la reja. Jamás he logrado traspasar ese vallado, incluso al momento de buscar a mi hija o dejarla de regreso.

El esposo de mi mujer es un artista consagrado. Cobra buenas sumas sólo por aparecer en algún programa de televisión. Desde que están juntos, algo más de diez años, ella ha crecido mucho en su profesión de arquitecta. Le sienta bien esta vida tranquila, relajada, lo digo sin haber compartido una charla porque, a decir verdad, no conversamos nunca en los últimos catorce años.

Sé que ella está feliz de no vivir cerca de mí. Según puedo ver, y aquí no hace falta confesión alguna, el barrio es tranquilo, calles asfaltadas recientemente, poco tránsito. Estoy seguro de que esas que en la ciudad no pudieron volar a tiempo, allí no tendrían problemas. Es tan largo el viaje que tuve tiempo de recordar al hombre que bajo la autopista cuida de las mismas que arrasó el Wolks, les pone alimento y mientras ellas comen las rodea con un cerco de alambre. Una tarea tan noble e inútil al mismo tiempo. Él vive en un rancho de cartón, tiene más problemas que mi mujer o yo, pero no le importa pasar horas procurando enseñarles a ellas cómo sobrevivir en la ciudad.

Mi hija tampoco tiene problemas serios, al menos  que yo sepa. No es amante de vivir conmigo, quizá por mi mal humor o por la  pequeñez de los tres ambientes de mi departamento. Viene algunos fines de semana y desde que ha crecido cada vez lo hace con menos frecuencia. Lo único que ama de la ciudad es poder salir por las noches y con sus quince años volver a cualquier hora. Yo no pregunto nada ni exijo, le pido igual respeto sobre mis cosas. No pienso como mi mujer, creo que si algo debe pasar, pasará.

Puedo ofrecerle a mi hija comida y un cuarto confortable. Yo, a su edad, ni siquiera tenía vida propia. Cuando me casé con su madre tampoco la tuve, al poco tiempo quedó embarazada y, al tercer año, como no podía ser de otra manera, nos separamos. A mi mujer le llevó algún tiempo llegar al barrio donde las casas tienen jardines amplios y las calles ignoran lo que es el verdadero tránsito.

Mi hija, de quien estoy seguro también quiere el título de ex, suele decirme que todo mi departamento cabe en la heladera de su madre. No soy de llevarle la atención a ese tipo de comentarios, prefiero ignorarlos aunque por algún tiempo queden dando vueltas en mi cabeza. He soñado varias veces cómo meter mi departamento dentro de una heladera, dándole un orden lógico a los ambientes y logrando ventilarlo para que al llegar mi hija no perciba el olor a porro. Prefiero callar todos los resultados.

Aquella mañana de las plumas en la avenida, mi ex suegra me había dado un sobre con papeles para entregar a su hija. Ellas no se hablan desde ya no sé cuantos años, ni recuerdo el motivo, pero las mujeres tienen esa capacidad de memorizar cada palabra, cada pelea y el momento en que ocurrieron. Cuando nos hablábamos, mi mujer me recordaba discusiones de las que yo no tenía el menor registro de haber protagonizado, ofreciéndome detalles de horarios y lugares.

Mi ex suegra y mi mujer se pelearon y ninguna quiere oír hablar de la otra, yo soy el hilo que las une. Están pendientes de sus vidas a través de mí. Suelen preguntar “¿cómo está ella?” y supongo que no oyen mi respuesta, pero necesitan hacer esa pregunta. Por suerte carezco de este tipo de problemas. Según conozco, mi madre murió el día que nací. Eso lo contó mi padre, que falleció cuando cumplí los dieciocho. El alcohol lo llevó a un límite que no lo dejó regresar y se llevó a la tumba cualquier secreto de mi niñez.

Volviendo al día de las plumas, llevaba documentos en el sobre que me había dado mi ex suegra. Bajé del colectivo sobre la ruta, caminé las dos cuadras hasta la casa salmón con tejas verdes oscuras No debía preocuparme por los semáforos ni los coches. Toqué el timbre y mi mujer vino hasta la reja. La monotonía fue algo que siempre dominó nuestra vida. Le extendí los papeles y ella hizo la pregunta de costumbre. Dije que bien, con sus dolencias, como siempre. Luego referí la historia de las tres que no pudieron levantar vuelo a tiempo. Mi mujer me observó igual que si aún fuera mi mujer y dio las órdenes para que el sábado pasara a buscar a mi hija; recalcó que fuera puntual, que llevara dinero para el remís y otras cosas imposibles de recordar porque yo pensaba en cómo logró seguir viviendo una y sonreí, comencé a comprender lo sucedido en aquella avenida.

 

Por Marcelo Rubio

Escrito por Marcelo Rubio

Escritor argentino nacido en 1966. Autor del libro "Bajo el signo de Eva" (Textos Intrusos) y de la novela "Lo que trae la niebla" (Indómita Luz).

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