La casa

Y es que el hombre, aunque no lo sepa,

unido está a su casa poco menos

que el molusco a su concha.

No se quiebra esta unión sin que algo muera

en la casa, en el hombre… O en los dos.

 

“Últimos días de una casa”, Dulce María Loynaz

 

Una gelidez inverosímil me levantó de la cama. Todo frío, casi glacial. Me salí de las sábanas como un lince, a ponerme medias y abrigos. ¿Qué estaba pasando? Agosto, media mañana. Debería haber unos veinticinco grados. Presentí el advenimiento de una desgracia. Pero la desgracia ya había sucedido cuando Antonio tiró la puerta el día anterior sin decir ni adiós, apurado por abandonar la que había sido nuestra vida, y que él tanto se empeñaba en resaltar como una buena vida.

Encendí la luz. Nada. Hice lo mismo en la sala, en el baño, la cocina. No había electricidad. Fui a lavarme el rostro. Necesitaba desperezarme y entender qué sucedía. Abrí la llave; el agua no salió. Las tuberías emitieron un sonido ronco, perforado, como si llevaran años de no funcionar.

Los intentos de hacerme un café o llamar por teléfono fueron igual de fracasados. Nada en casa andaba. En las esquinas, de la noche a la mañana, el moho había invadido los rodapiés y las losas del piso. Aquel jardín que él había construido, de raíz a flor, en nuestra entrada, parecía haber languidecido hacía siglos. La orugas quedaron disecadas sobre los tallos quebrados. Solo un tenue olor a verde flotaba en el ambiente junto a la frialdad que se metía por las fosas nasales.

El aire, además de helado, estaba enrarecido. Abrí las puertas que daban a los balcones. El sol entró como un flashazo, pero solo la luz cambió en algo el aspecto ciego de la estancia. Afuera el ruido de la ciudad retumbaba iracundo y contrastaba con el silencio demoledor de mi casa, la casa. El olor a goma quemada de los camiones trepaba por lo que una vez fueron nuestras madreselvas. De un vistazo al exterior comprobé que la Tierra seguía moviéndose con la misma cadencia y velocidad de siempre. Solo en mis aposentos el tiempo parecía detenido. La tristeza me inundó como un tsunami.

Sobre el piano, su foto, ahora casi sepia, junto a María, que estudiaba música, como nosotros, en un país lejano. ¿Cómo le trasmitiría las noticias a la niña? ¿Cómo atosigar la soledad de su extranjerismo con los problemas domésticos que parecían devenir cataclismo?

Volví a verlo, a recordar esa hondonada de palabras sin rastro: “El amor a veces se acaba”; “te voy a querer siempre”; “estaré cuando me necesites”; “la vida continúa”; “siempre hay por qué vivir, por qué luchar, por quién sufrir y a quien amar”. Frases repetidas en cursis canciones que él mismo aborrecía, y que se caían de su boca al piso en cuanto eran pronunciadas, y rebotaban toscas, como las pelotas de plástico huecas con las que jugábamos ping pong cuando María era pequeña y nosotros nos amábamos a nosotros.

En esta casa soñamos la vida entera. Compuse mis mejores obras. También él. Aquí vivieron mis viejos sus últimos años y nació María. Aquí nos hicimos amigos de las hormigas, los colibríes y los gatos. Fue el mejor hogar que pude imaginar; pero nada dura para siempre.

—Está muerta la casa —me dijo Julia casi con más tristeza que la mía. Ella era el único ser humano que seguía siendo parte de mi vida en las verdes y en las maduras.

—¿Cómo muerta? —dirigí una mirada atónita a esa mujer tan conocida, que había mantenido un pacto con el diablo: no envejecía y entendía el lenguaje de las cosas.

—Murió. Como todo en el mundo, la casa murió.

—Jamás se me ocurrió pensar que moriría antes que yo, todavía soy joven, sabes…

—A veces sucede, si ella no es capaz de soportar sus pérdidas. Tendrías que investigar su historia antes de que ustedes la compraran. —Julia se detuvo como quien se arrepiente de haber dicho algo indebido, sospeché que por el “ustedes”. Por esos días ningún amigo mencionaba la separación con Antonio, que andaba siendo feliz con una bailarina de segunda, miembro de la compañía con la que su orquesta trabajaba hacía seis meses.

“Siempre nos querremos”, “nos tendremos el uno al otro”, me repetía en los últimos días, tal vez buscando la seguridad de que yo estaría ahí cuando la bailarina partiera. Él sabía que eso iba a suceder, pero fue incapaz de mantener la doble vida. Nos conocíamos demasiado bien. Y yo era intolerante a una traición de ese calibre, sin importar las dos décadas. Antonio y yo habíamos pertenecido por tres lustros a la misma orquesta. Yo al piano, él en el violonchelo. Y me había puesto en ridículo delante de nuestro círculo virtuoso de gente. El dolor de perderlo era casi tan agudo como el del ego herido.

—¿Habrá que sepultarla? —Le pregunté a Julia—. ¿El seguro cubrirá el entierro? —Ella me echó una mirada compasiva y yo la corrí de la casa muerta. Nunca soporté la lástima.

Varios de aquellos amigos que chocaban copas con él y lo felicitaban por su nueva adquisición amorosa, avisados por Julia de la catástrofe, pasaron a animarme. Pero a todos les urgía irse sin haber dejado una sola frase que valiera la pena, una solución. Era frío, penoso. Una casa muerta es como un bosque talado. No hay razón para estar allí.

A las pocas horas de la defunción, las paredes comenzaron a agrietarse. Los cuadros se descolgaron, sobre todo las fotos de una familia que había dejado de existir. Nuestras flores moradas, naranjas y rojas eran ahora ocres y secas. El techo parecía empujarme la cabeza, ansioso por hundirse junto a mis penurias en el mismo barro. De las puertas se levantaron las capas de pintura que habíamos repartido durante veinte años.

Yo no tenía idea de cómo enterrar una casa, y siempre le tuve miedo a los fantasmas. Quedarme no parecía una opción, pero cómo partir y abandonar lo único que me quedaba, lo que había sido yo…

Me llevó todo el día, pero estaba obligada a salir de allí donde la vida se había esfumado. Me tomé el tiempo de la despedida, de llorar los espacios vacíos, y de agradecer los años felices que mi casa me había regalado. Olores, sabores, instantes, melodías, sensaciones, recorrieron cada una de mis células en un apresurado secuestro de nostalgias. Y cuando estuve lista, cargué mis miserias al hombro y salí.

¿Aparecería en el Teatro Nacional a hacerle un merecido escándalo a Antonio, acción que sufriría más yo que él? Tal vez hasta le divirtiera. Al final, siempre, casi siempre, te das cuenta de que no lo conocías. ¿Me iría con Julia, mi única amiga? ¿Y soportar el morbo de rapiña de nuestras amistades que como esas aves rodean a la presa aunque ya esté muerta? ¿Buscaría a María en Atenas, tan distante de los postreros vestigios y tan cerca del amor más puro? ¿Me iría al bosque como una sintierra a vivir la suerte del desdichado? ¿Vagaría hasta encontrarle un nuevo sentido a la existencia?

Le di un abrazo de hielo a las paredes sobre las que un día tendí nuestra felicidad, y tiré la puerta en señal de aviso universal. ¡Ya no había casa, no había nada! Todavía afuera volví a extender mis brazos y dejé que un par de lágrimas corrieran por sus viejos ductos. Y caminé, en sentido contrario a su dirección, 225 del Paseo de los Sauces, obligada a un adiós que destrozaba los pocos pedazos que me quedaban íntegros.

Y a punto de voltear la calle, giré la cabeza, inevitable, para verla por última vez. La casa me hizo un gesto, imperceptible, leve, tenue, pero un gesto de vida. De sus rígidas profundidades me llegó un bramido, un llamado de auxilio, y supe entonces que la resurrección era posible.

Tambaleante, regresé sobre mis pasos…

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de "Bahía de Sal", premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó "Luz en la piel. Cinco voces de mujer" (Huso, España).

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