La piedra

No hay respuesta. Su silencio es una X. Sale otra vez el sol. Voy a llegar más tarde al hospital por hacer un trámite. En el trajín olvido que en un rato voy a verlo. Me apremia verlo y lo olvido. Quisiera desaparecer y salir indemne del vientre de la ballena azul. Camino las calles hasta la estación del tren. Estoy cruzando las vías. Me freno ahí. Las piernas de plomo. Me vuelvo náusea. Un impulso que no puedo combatir. Me agacho y levanto una piedra de entre muchas otras, incontables otras. Una piedra gris común y corriente de las que llaman balasto. En mi mano pierde tosquedad. Me quema. Palpita como si estuviera viva. Me tiembla. Aprieto mi puño firme para que no se escape, como si se fuera a volar. La guardo. Ahora sus palabras rugen en mi cabeza. No me reconozco. No soy yo la que esconde una piedra ordinaria en su cartera y la custodia como a un diamante. ¿Y quién va a arrojar la primera piedra? Se repite. La misma pregunta. La tengo en la mano. Recién nacida, sin ornamentos. No hay otra piedra como ésta en todo el mundo. Tiene la mordida de su nombre en el lomo. Quiero arrojársela con todas mis fuerzas aunque acabe siendo lapidada. La arrojo contra él, contra mí. No hay diferencia. Necesito soltarla.

Al mediodía llego al hospital. No tengo puesto el ambo rojo. Camisa y jeans ajustados. Le pasé pomada a los zapatos como cien veces me recomendó mamá. No más entrar al office me lo encuentro. Es un tipo de altura media aunque quisiera medir un poco más. Se lo ve seguro y relajado en su trabajo. Le encanta hablar, se las sabe todas (incluso lo que no sabe). Tiene una mirada penetrante. Para explicar algo entrecierra los ojos como si tuviera el sol de frente. Dos pasos. Cruzo la puerta. Sus ojos sobre mí. Me inspecciona como si nunca antes me hubiera visto (al menos nunca con ropa de calle). Él tiene puesto el ambo blanco, destaca su piel trigueña. Tiene el brazo izquierdo más bronceado por manejar. Hace calor. Saludo a todos pero estamos solos, el resto es ruido de fondo.

—¿Qué horas de llegar son éstas, Licenciada? ¿Venís de una cita así vestida, te encontraste con alguien?

—Vengo de hacer un trámite.

—Cambiaste de rouge, labios carmesí.

—Siempre uso rojo.

—Ése no es el rojo que usás siempre, es otro.

—Tenés razón —admito divertida—. Este es nuevo, rojo rubí.

—Cuidado a quién andás enamorando con esa boquita pintada.

No se le escapa nada pero esto es demasiado. Lo miro con la ceja levantada. No puede dejar de seducir, es su naturaleza, y yo siento el pulso vivo de la piedra en mi cartera. Es como el corazón delator, pienso. La piedra me quema. Es un nudo en el nudo del estómago. Me apuro para salir del office y dejar mis cosas en la sala de descanso pero él me sigue e intercepta en el pasillo.

—Yo nunca vi una piedra que salga volando pero si tengo que esperar a que le crezcan alas, esperaré. Total el tiempo está de mi lado —dice.

No puedo evitar sonreír. Estoy nerviosa, trato de disimular. Yo tengo la piedra, yo tengo el control; me digo para ganar confianza. Intento convencerme de que puedo manejar la situación, sabiendo que él podría ponerme en jaque en cualquier momento. Me inquieta su voz grave y categórica. Su mirada que no me suelta, me desnuda. Quiero que lo haga, que me desnude. Es amenazante, jodidamente hermoso. Junto todo el coraje del que soy capaz. Así de chiquitita, como un insecto insignificante que desafía a su depredador natural, asignado deliberadamente por el destino.

—¿Vos querés tu piedra? —le pregunto.

—Sí, la quiero —responde en voz baja.

—Vení, acercate…

Cierra la puerta del office y se acerca un tanto suspicaz. Saco la piedra de mi cartera. Late cada vez más fuerte, en mi mano. Tengo que manejarla con cuidado para no quemarme las agallas.

—Dame tu mano —le pido también en voz baja.

Con suavidad extiendo mi mano hacia la suya que también viene hacia mí. Agarro su mano. Es la primera vez que lo toco. La abro hasta dejar su palma al desnudo. Dejo la piedra caliente encima. La cierro y recubro su puño con mis dos manos como si formaran una cáscara de nuez. Adentro la piedra, fruto dulce. Me tiemblan las rodillas. Él me mira sorprendido. Se le iluminan los ojos detrás de los cristales de sus anteojos. Sonríen. Los ojos, la cara. Se le arruga la frente. También sonrío, siento alivio (como si me hubiera sacado un peso de encima). Me apuro para alejarme lo antes posible de ahí. Me desconozco, actúo. Me gusto. Cuando me estoy yendo veo que palpa la piedra entre la palma y los dedos mientras sonríe y sentencia:

—Después no vayas a decir que no te avisé.

 
Por Melisa Mauriño
 

de Nínfula. La trilogía de lo perdido I

 

Escrito por La Mascarada

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