El Relámpago Rojo

Vivíamos en la calle de los autos muertos, así era conocida, aunque el cartel indicador dijera “Lafinur”. Cada mañana aparecía allí un coche agonizante, y en cuestión de horas se volvía cadáver al perder cubiertas, faros, patentes, llantas. Cuando llegaba la tarde solo quedaba la carcasa, que algunos muchachos depositaban con desgano en el baldío, a merced del clima, los años y nuestros juegos.

Para cada parte del auto había un especialista. Los hermanos Toño eran capaces de extirpar parabrisas sin resquebrajarlos, Betito era experto en espejos retrovisores. Quizá por ser menudo y poder moverme con agilidad en lugares pequeños, me concentré en relojes: cuenta vueltas, presión de aceite, kilometrajes. Hacía mi tarea con precisión, era hábil para separarlos del tablero sin provocarles daño. A veces descartaba ciertos modelos por no ser de buena calidad. Priorizaba los Orlan Rober, Schinca o Autogauge. Jamás vendí uno de ellos, aunque es verdad que cuando encontraba ejemplares repetidos o de calidad muy inferior, se los entregaba a Chulo o Fabi para que los colocaran, por algunos pesos, en el mercado de los usados.

Existía un respeto total por la tarea de cada uno, sin importar edad o tamaño. Yo, que era de los más chicos, aprendí allí —despanzurrando autos muertos— que todo y todos merecen ser considerados iguales. Nadie se metía con los relojes, del mismo modo que no cruzaba por mi cabeza intentar quitar un espejo o una cubierta.

Durante la primavera en que cumplí doce años, llegó hasta la calle de los autos muertos Francis el Corredor, un tipo joven con sonrisa de Mastroianni y jopo de época. No recuerdo el día exacto, pero mientras jugábamos a indios y vaqueros lo observé caminando entre las montañas de carrocerías.

En el taller del vasco Urrutia comenzaron a armar el coche del Corredor. Como muchos, por la tarde después del colegio, me acercaba para ver la paciente construcción. La carrocería era de un Ford que había elegido especialmente Francis en su recorrida por el baldío. El ingeniero Remas se sumó al proyecto, aportó un motor Audi y una importante cantidad de planos e ideas sobre aerodinámica. La noche que vinieron a casa buscando mi colaboración, serían cerca de las once de la noche. Escuché a mi madre negar una y otra vez la posibilidad de sacarme de la cama.

— ¿Qué necesita? —dije desafiando la autoridad maternal.

—Relojes de precisión —respondió Francis.

Canjeé dos Orlan Rober medidores de presión de aceite y vueltas del motor, sumando un velocímetro Schinca a cambio de poder ser parte del proyecto. Desde aquel momento no falté ni un día al taller. Y me hubiese ido a vivir allí de no ser por mi vieja, que venía a buscarme a las once para ir a dormir.

Pocos apostábamos al proyecto. Éramos Francis; el ingeniero; el vasco y Ricky —mecánicos de alma—; yo, que completaba el equipo, y Paula, la hija de Iturria, que cebaba mate, y nos preparaba jugo y sándwiches. Se movía con elegancia en medio de tuercas, tornillos y grasa, llevaba la bandeja y siempre una sonrisa o un guiño al convidar. Sus dieciséis años le daban alegría a tanto fierro tosco.

Por orden del ingeniero se modificó la cola del Ford, alargándola y sumando un alerón que personalmente extraje solicitando permiso a Rueca, ya que ese era su trabajo. Mientras me encargaba de la remoción soporté la burla de los chicos tan apasionados de indios y vaqueros, hasta fingí estar herido en mitad de un tiroteo; después de todo, aquel juego había sido lo más divertido por años.

Al auto lo bautizamos Relámpago Rojo. Entre miradas y risas del barrio Francis salió a probarlo la tarde en que a Gatti le rompieron la mandíbula. Faltaba una semana para el Gran Premio “Las 4 horas de Buenos Aires”. El vasco no terminaba de acertar con la puesta a punto del motor, el ingeniero se mostraba preocupado por la resistencia aerodinámica. El test no fue bueno, y además, se rompió la bomba de nafta.

Por esos días regresaba a casa cada vez más sucio y comencé a contemplar con orgullo que la grasa en los pliegues de mis dedos no se iba con jabón alguno. Si bien mi vieja estaba fastidiosa por el tema de la suciedad, esa misma mugre —como ella la llamaba— me otorgó cierto prestigio en el colegio. Durante los recreos se formaba ronda para escuchar mis relatos sobre los avances del Relámpago Rojo y de cómo Paula nos cebaba mate luciendo su sonrisa.

Dos días antes de llevarlo al autódromo municipal, le dimos color a la carrocería. La pintura fue donación del ferretero del barrio, y a fin de ser sinceros, el rojo obtenido estaba lejos del soñado.

A las pruebas clasificatorias del viernes no pude ir. Fue imposible convencer a mi vieja para que me dejara faltar a la escuela. Recién cuando Francis y los otros volvieron al taller, bien entrada la noche, supe las novedades: el Relámpago se había comportado a la altura de los mejores. Francis lo había acomodado entre los veinte primeros, claro que no todos habían dado lo mejor de sí. Además, teníamos que seguir trabajando, los frenos no respondían tal como se esperaba, y el ingeniero —de copiloto— había notado que el auto no se mantenía estable en las curvas. Según Remas, sus dudas estaban sobre la cola y el alerón, ya que las vibraciones por la velocidad podrían desprenderlos.

El sábado, muy temprano, marchamos al autódromo. Paula nos entregó nuestros mamelucos blancos, con el bordado Relámpago Rojo en las espaldas. Los había hecho junto con su mamá. El mío decía en el bolsillo delantero “Mecánico aprendiz”. Al mostrarle a Paula cómo me quedaba, alcancé a ver en sus ojos un brillo especial.

Orgullosos entramos a los boxes del circuito; vimos a los Pairetti, Copello, Mouras. Algunos nos observaban con indiferencia. Berta, “el mago de Altagracia”, nos envió un mecánico para ayudarnos a corregir el detalle de los frenos. El hombre puso voluntad, pero el material no era de lo mejor. No sabíamos cómo agradecer el gesto, Paula le regaló una bolsa con bizcochos caseros, y el hombre nos invitó a visitar el box de la CGT (Copello, Gradasi, Ternengo)

A pesar del optimismo que intentó transmitir Francis, la clasificación oficial no fue buena.

—Clasificamos entre los diez últimos, petiso —me dijo sonriente. Luego recalcó la importancia de poder largar y estar compitiendo con verdaderos talentos.

Nos preparamos para pasar la noche en el box. Me acomodé entre unas cubiertas y me dormí. Sobre una reposera descansaba Paula. Pasada la medianoche desperté. Vi la silueta de Francis sentado sobre la trompa del Relámpago, más allá estaban el ingeniero y el vasco, de pie, mirando el cielo. Me acerqué.

— ¿Vos tampoco podés dormir? —preguntó Francis.

— ¿Estás nervioso?

— Un poco. —Encendió un cigarrillo—. No quiero fallarle a ninguno. Andá. Descansá.

En silencio volví a la precaria cama, me acomodé y la voz de Paula susurró:

— Te mintió.

— ¿Qué?

— Papá y Francis saben que el auto no aguanta más de dos o tres vueltas, el ingeniero piensa que ni llegan a dar la primera.

— ¿Vos qué sabés?

— ¿Querés apostar algo?

— Dale.

—¿Qué apostamos?

Me tomé un par de minutos, iba a jugar mi mejor carta.

—Si el Relámpago termina la carrera, no importa si último, vos me das un beso en la boca. —La oí reír —. Si se rompe, nunca más vuelvo a hablarte  —dije.

—Eso es demasiado. Hagamos de esta manera: si se rompe antes de la segunda vuelta, vos no volvés más al taller; si pasa la segunda, yo te doy un beso en la boca.

El trato era bueno. Me tenía fe, y además, iba a poder contarles a los chicos del colegio cómo besaba Paula. A las ocho de la mañana pegamos el número 52 en las puertas. Por los parlantes anunciaron a los pilotos. Sentí un nudo en la garganta y miré a Paula. Ella no me observó, lanzó un beso con la mano a Francis y éste agradeció. Empujamos el auto hasta la línea de largada, luego volvimos al box, tomamos mate y después subimos a las tarimas para aguardar la carrera.

En la primera vuelta terminó muy lejos del pelotón final. En la segunda el motor sonaba ahogado. Lo observé venir en la tercera, lento, muy lento. Paula me sonrió, se la veía nerviosa apretando el mate, aguardando cada giro y gritando “vamos, vamos”. Yo no era traidor, jamás jugaría sucio con Francis. Después de la quinta no volvió a pasar. Según contó el ingeniero, la cola se desprendió en un curvón, y no hicieron más de veinte metros cuando el motor se pinchó.

Volvimos al taller. Estaba apenado, sabía que no íbamos a ganar la carrera, pero quería llegar, mostrarles a todos que el trabajo de semanas había sido bueno. Guardé mis cosas en el bolso. Francis abrazaba a Paula por la cintura y hablaba con el ingeniero. Iturria estaba metido de cabeza en el motor. Me acerqué, saludé al corredor.

—Buen trabajo —le dije—, ya la tenés —. Sin dar tiempo a una respuesta me fui.

Paula se me acercó corriendo, estaba agitada.

— Hoy a la noche en la esquina, ¿sí?

Sonreí.

Del Relámpago Rojo me queda una foto en blanco y negro donde se sospecha mi cara, un reloj Autogauge, los fragmentos de esta historia y mi ausencia voluntaria en aquella esquina.

 

Por Marcelo Rubio

 

Escrito por Marcelo Rubio

Escritor argentino nacido en 1966. Autor del libro "Bajo el signo de Eva" (Textos Intrusos) y de la novela "Lo que trae la niebla" (Indómita Luz).

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