Retrato íntimo: Genocidio

La casa familiar se había convertido en el más espléndido zoológico natural. Mi padre ecologista y mi madre de corazón de pollo se habían vuelto incapaces de matar una araña, así que, para empezar, estos artrópodos habitaban los rincones de las viejas estancias. Habían tejido sus telas infinitas y sedosas, unas encima de otra, y habían reptado por las laderas agrestes de la geografía hogareña, dejando nuevas arañitas que en el futuro erigirían las nuevas y potentes telarañas de la supervivencia.

Retrato íntimo: Genocidio

Las golondrinas aterrizaban en nuestros aleros un día, como quien no quiere las cosas, rebuscaban bajo las cornisas de los pasillos interiores y en los balcones. Más tarde lo harían allí donde las arañas habitaban, porque ¡resultaron ser un magnífico alimento! Pajita tras pajita, con toda  paciencia, iban armando unos nidos desbordantes de pelusas y musarañas, donde depositaban huevos moteados que en poco más de una docena de días romperían en piantes y hambrientos golondrinitos.

De la invasión de golondrinas fuimos responsables mi padre, mi hermano y yo, que tras los huracanes de las temporadas tempestuosas salíamos a la calle a rescatar pajaritos accidentados, que casi siempre eran golondrinas accidentadas. Entonces los cubríamos con un trapito hasta que se les secaran las tripas y las plumas escarchadas de tormenta, y los alimentábamos con cundiamor que recogíamos en el parque de La Normal, que riendo llamábamos: del anormal. Era lógico pensar que tras la recuperación, las golondrinas regresaran a una casa que se había convertido en refugio, paraíso olímpico, porque ya en casi ningún lugar del mundo los pájaros y los hombres podíamos vivir en fraternidad.

Como nada es perfecto, las golondrinas tenían que cuidarse mucho de los gatos, que brincaban las rejas de las azoteas aledañas y llegaban a casa a exigir un plato de leche cuando la caza no había sido buena. Irse a la cama con el estómago vacío les sienta mal a los felinos, y peor a las golondrinas si se acercan demasiado. Los gatos del barrio conocían a las familias de aves que vivían bajo el mismo techo que nosotros y de vez en cuando lograban hacerse de un desayuno que los dejaba chupándose las pezuñas. Aunque nos daba pena, entendíamos que el drama de las aves y los gatos era anterior a nosotros, nos sobrepasaba en el tiempo y no había nada que hacer, más que enterrar las plumas vacías cuando la calamidad tenía lugar.

Así, la casa de ocho habitaciones, una cocina gigante, dos baños, dos pasillos y un inmenso balcón volado, que la bordeaba, se iba convirtiendo en una selva tropical donde reventaban canteros y macetas de helechos, suculentas que resistían el clima tórrido de unos veranos de doce meses, cintas y flores silvestres y muchas especies desconocidas que eran traídas en los picos de los pájaros y las alas de los insectos. A veces, entre las paredes mohosas brotaban madreselvas, alimentadas por los escupitajos de la abuela Maíta, que se había hecho centenaria y andaba caminando y escupiendo tabaco por los rincones desde hacía un tiempo ya incalculable. Casi nunca decía nada, pero cuando decía, invocaba a Dios por haberse olvidado que ella todavía estaba acá abajo, en la Tierra, como una ovejita descarriada.

Los gatos también proliferaron cuando descubrieron que aquella guarida inmensa donde la convivencia tenía lugar en armonía, y donde aún no se habían roto los equilibrios ecológicos, guardaba un montón de refugios activos para el acto provocador de la vida. Las gatas asustadas comenzaron a parir detrás de los sofás y los muebles de caoba que escondían todo tipo de alimañas. Para mi hermano y para mí era una fiesta cada vez que aparecía una camada de gatitos hambrientos. Entonces, cedíamos gustosos la leche del desayuno para gotearla en sus bocas ávidas y bigotudas.

Retrato íntimo: Genocidio

No siempre dejábamos en feliz estancia a los animales. Las cucarachas, que en aquel clima intenso y despiadado se daban como plaga, casi nunca caminaban, volaban estilo cazabombarderos a punto del ataque, y me dejaban a mí al borde de un ataque de nervios. En una travesía aérea eran perseguidas por toda la casa por el espray mata insectos rastreros que tenía mi madre en la cocina. Yo permanecía encerrada en el baño hasta que la matanza terminaba. A los dos años uno de esos aviones de guerra se había metido a mi boca mientras dormía, y después de masticarla y casi entrar en paro cardiaco, me quedó un terror que a la fecha no supero.

También cuando las ratas trepaban por las paredes desde la ventana de la casa de abajo, donde vivía una mujer muy sucia, decía mi mamá, era una aventura. Nos situábamos en posiciones estratégicas, un batallón con escobas en las manos, y nos dejábamos llevar a una escena irreparable, porque jamás se nos escapó una. Nos habíamos hecho buenos cazadores, y eso le otorgaba a nuestro habitáculo un carácter de campo de batalla en el que solíamos resultar vencedores.

En las noches de verano nos dedicábamos en exclusiva a la tarea de ubicar palanganas de agua cristalina cerca de las luces para que las plagas de comején fueran perdiendo esplendor, hasta desaparecer ahogadas en el espejo al que vanidosas iban a posarse. Así, creíamos nosotros, nuestros muebles de madera estarían a salvo. Pero en el invierno, cuando nos quedaba tiempo libre hasta el delirio, repasábamos todas las traviesas dejando una traza de queroseno sobre la traza de madera carcomida, que los comejenes de todas formas habían dejado en aparadores, escaparates y repisas. Solo los buenos trastos de caoba sobrevivían a sus dientes diminutos y feroces.

¡Cuántos recuerdos agolpados de una infancia feliz! Una infancia que no estuvo, no obstante, exenta de catástrofe. Sucedió una mañana de julio cuando al despertar fuimos a alimentar a la mancha de peces que iba reproduciéndose a diario, sin pedir permiso, y encontramos la desoladora escena. Un genocidio.

El cardumen de yupis con colas de colores iba cayendo moribundo hacia los fondos gravados, en un acto inconcluso de vida abrían y cerraban los ojos y, en el descenso, parecían vernos. Nos culpaban de la masacre que estaba aconteciendo. Los escalares yacían derrotados en el fondo, uno sobre el otro, en señal postrera de amor. El limpia peceras había soltado la boca babosa de los vidrios y se hallaba en una esquina atragantado. Golfish, cebritas y colizables habían quedado varados en las ramas de un coral gigante y rojo que se había vuelto negro de la noche a la mañana. Las muchas crías de diferentes especies permanecían escondidas entre las piedras, exterminadas. La palidez de sus branquias mostraba que llevaban varias horas muertas.

Retrato íntimo: Genocidio

Nuestros ojos miraban atónitos el cristal y se buscaban unos a otros, interrogantes, sin poder entender cómo había sucedido aquello. Después de un largo peritaje de varios días, terribles días, en los que tuvimos que hacer espacios en los jardines para decenas de cadáveres vencidos, llegamos a la conclusión de que el último cambio de agua lo habíamos hecho con la manguera de lavar y partículas de detergente habían exterminado a toda la población de peces. A nadie se le ocurrió enjuagarla antes. Éramos culpables, nosotros, los defensores de la naturaleza.

En esos días Maíta pareció menos distraída en sus tinieblas, y se encargó de la sepultura de nuestra fauna acuática. El peso de la justicia y la derrota, de la crueldad, pendía sobre nuestros cuellos encorvados. El habitual barullo de muchachos y bichos por toda la casa se había tornado en un silencio ácido que nos obligaba a esconder las miradas. La vergüenza sin perdón nos inundaba. Esperábamos, sin decirlo, el castigo divino. El viejo intentó darnos la absolución con explicaciones difíciles de asimilar. Hablaba de accidentes y exculpamientos. Lo escuchábamos sin decir nada, por disciplina, y luego rompíamos a llorar. La maldición estaba echada sobre nuestras cabezas abatidas.

Ese año cayeron nevadas en varios rincones habitualmente cálidos del planeta y comenzó el indetenible derretimiento de los glaciales del mundo. Tornados y huracanes arrasaron islas y más de un maremoto hizo desaparecer las tierras bajas. La Madre Tierra se vengaba de nuestra estupidez. No podíamos ni contar cuántos miles o millones de pajaritos se estarían desplomando de sus nidos rotos, y cuántas ballenas asesinas perderían la oportunidad de sobrevivir en los inviernos del sur.

Ese año en que la justicia divina tocó la puerta de nuestra casa, un huracán arrancó el techo con vientos de categoría cinco, y nos dejó devastados y a la intemperie. Las paredes violáceas, tan antiguas como la abuela, comenzaron a resquebrajarse con la humedad y el sol. Ese año por fin murió la abuela.

Para el verano siguiente no hubo vacaciones. La furia de Dios se desplomaba sobre mi familia con toda la fuerza de las grandes pasiones. Nos fuimos a hacer penitencia a un departamentico de sesenta metros cuadrados en medio de una urbe escandalosa y contaminada de la cual los gatos y las golondrinas habían huido hacía siglos. También la felicidad había sido masacrada.

 
Por Gabriela Guerra Rey
 

Escrito por Gabriela Guerra Rey

Escritora y periodista cubano-mexicana. Reside en México desde 2010. Autora de 'Bahía de Sal', premio Juan Rulfo a Primera Novela 2016 (Huso, España, 2017 y Huso-Hiperlibro, México, 2018). Recientemente publicó 'Luz en la piel. Cinco voces de mujer' (Huso, España).

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